La lucha de las comunidades en los cerros

La historia de la desaparición de los barrios populares para abrirles paso a los proyectos de estrato seis.

En este lote se construirán los edificios de Monte Rosales. / Gustavo Torrijos - El Espectador

Juan Pérez* vive en uno de los barrios populares que aún sobrevive junto a los cerros Orientales en la localidad de Chapinero. Llegó allí en los años 70, cuando se vivía una intensa movilización de los habitantes contra el megaproyecto urbano de la avenida de Los Cerros, que amenazaba con desalojarlos. Ahora que los cerros han vuelto a generar debate por la posible reactivación de dos proyectos de construcción en la zona de reserva forestal, está empeñado en recordar la historia de resistencia que han vivido los pobladores de este territorio y las presiones que han soportado.

“Acá la mayoría de pobladores eran iletrados, obreros, campesinos que habían traído para trabajar en las canteras. Los constructores se aprovechaban del desconocimiento para decirle a la gente cosas. ‘Que ustedes que están en zona de reserva, que no van a poder mejorar su vivienda ni hacer nada, que van a estar afectados y los van a sacar’”, recuerda Juan a propósito de la desaparición de los barrios Santo Domingo (donde hoy se planea construir el conjunto de viviendas Cerro Verde), Luis A. Vega y Bosque Calderón II Sector (donde se levantarían los edificios de Monte Rosales).

La semana pasada, El Espectador contó cómo la abogada Piedad Gómez de Castro llegó a los barrios Santo Domingo, Luis A. Vega y Bosque Calderón II y resolvió el lío jurídico que había por la propiedad de estos terrenos. Cuando consiguió los títulos de propiedad para los habitantes, su esposo, Edmundo Castro, hizo las gestiones para que un par de inversionistas les compraran las tierras a estas personas y el proceso se hizo por medio de fiduciarias. Aseguran que no hubo interés en un negocio sino un proceso social, que las ofertas de compra se hicieron porque la misma comunidad quería vender y así pudieron irse a otras zonas de la ciudad y mejorar su vida. También ha insistido en que no hubo presiones.

Pero del lado de la comunidad la historia es otra. “Pueden decir que no ha habido presión, pero sí la ha habido. Eso sigue pasando. Allí en el barrio Los Olivos más del 80% de los habitantes ya se fueron. A la gente la empezaron a presionar con el tema de que había una ronda de quebrada o recordándoles los edificios estrato 5 y 6 que estaban a su lado, construidos o en proyecto. El señor Edmundo (que también ha sido el gestor allí) llegaba con recibos de luz de los del conjunto de Sierras del Este y decía: ‘Miren cuánto pagan de impuestos, ustedes no van a poder sostener esa vida’. La gente empezó a vender y les daban $180 millones o más”, relata Juan.

Cuando este diario reveló la historia de los Castro en los tres barrios, varios antiguos habitantes se comunicaron para contar su parte del relato. Uno de ellos, cuya identidad reservamos por protección, dijo: “A mí me gustaba vivir allí. Crecí con mis hermanos en el Bosque Calderón II, en un espacio propio, y lo extraño. Pero los ricos no quieren que los pobres vivan al lado de ellos. No había agua, pero la conseguíamos de la quebrada. La luz ya no era de contrabando; pagábamos el servicio y en los últimos años ya teníamos gas natural y teléfono fijo, y a algunos no les gustó eso porque sabían que iban perdiendo la gallina de los huevos de oro”.

¿Qué significan para una ciudad estos procesos? Uno de los principales efectos es la ruptura y el perjuicio en términos de tejido social para las comunidades que llevan un largo tiempo viviendo en un lugar. “Eso es valioso, eso no es fácil de construir, tiene importancia en el sentido de que esa articulación es uno de los elementos más valiosos para el funcionamiento de la ciudad y evitar fenómenos de violencia, por ejemplo”, explica el profesor Samuel Jaramillo, Ph.D. en urbanismo e investigador de la Universidad de los Andes.

Para Jaramillo, estos barrios eran una ventaja y su desaparición le hace mal a la ciudad porque la vuelve más segregada, por eso valdría la pena que el Estado hiciera algo para mantener esos grupos allí. Y esa misma inquietud la tiene Juan, que sin ser urbanista está convencido de que deben buscarse formas para blindar a las comunidades de la presión urbanística. Un instrumento es que la administración distrital señale que en estos sectores no pueda haber mucha densidad constructiva.

 

* Nombre ficticio

 

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