Lucha de los muiscas para sobrevivir en la ciudad

En los tribunales siguen librando batallas por su territorio ancestral. Dicen que no se niegan al desarrollo, pero piden que los consulten para decidir el futuro de su asentamiento.

Hoy, 750 familias pertenecen al cabildo indígena de Bosa, ubicado en el sector de San Bernardino. / Archivo

Siglos de lucha, de persecuciones, de desplazamientos, de injusticias. Y a pesar de las adversidades, en el sur de la ciudad hay una comunidad indígena que se resiste a desaparecer. Es el cabildo de la localidad de Bosa, que libra una batalla por proteger las tierras que ocuparon sus ancestros, que están a punto de ser devoradas por el crecimiento de la ciudad. Dos planes parciales de vivienda, que el Distrito pretende desarrollar en sus asentamientos, El Edén-El Descanso y Campo Verde, los tiene de nuevo peleando. Esta vez en el terreno judicial.

Buscan que las autoridades les reconozcan los derechos que tienen sobre el territorio. Sin embargo, sus líderes aclaran que no quieren que la ciudad los vea como una comunidad que rechaza el desarrollo. Lo que quieren es que entiendan sus tradiciones y, que si la urbe los va a envolver (como saben que ocurrirá), al menos les reconozcan el derecho de participar en las decisiones que cambiarán el futuro de su asentamiento, para lograr un crecimiento armónico, sin poner en riesgo su cultura.

Las adversidades no son nuevas. Su historia se remonta a la época precolombina, cuando Bosa fue un importante poblado muisca, hasta que llegaron los colonizadores españoles con su barbarie. Los antecedentes cuentan cómo Gonzalo Jiménez de Quesada asesinó a sus caciques; que una ley de 1850 disolvió su resguardo, en medio del plan de desindigenización de la capital; que a mediados del siglo XX su pequeño pueblo fue anexado a Bogotá, y que tuvieron que esperar casi 150 años para que el Ministerio del Interior los volviera a reconocer como cabildo, en 1999. A pesar de todo, esta comunidad resiste. Hoy son 750 familias arraigadas en el sector de San Bernardino, que, debido a su historia, están llenas de razones para seguir luchando por su territorio ancestral.

La lucha reciente

El enfrentamiento que hoy libran los muiscas con el Distrito comenzó en 2006, cuando la administración aprobó dos planes para urbanizar los terrenos donde habitan: El Edén-El Descanso y Campo Verde. Desde un comienzo, los miembros del cabildo han discutido que las obras representan un riesgo para su identidad, sus costumbres y sus ritos. Según José Rigoberto Neuta Tunjo, el alguacil del cabildo, por años “muchos han engañado a los abuelos y nos han despojado de nuestra cultura”.

Desde un comienzo se opusieron a la construcción. Pero no por el simple hecho de frenar las obras, sino para exigir una consulta previa, es decir, que respeten su derecho a decidir sobre el futuro de su territorio. A pesar del reclamo, en 2009 el Distrito inició los trabajos en su territorio, lo que llevó a la comunidad a entablar una tutela en abril de 2015, pidiendo la protección de sus derechos.

Aunque el cabildo indígena perdió en primera instancia, magistrados del Consejo de Estado le dieron en parte la razón en la segunda y ordenaron suspender el plan El Edén hasta que se adelante una consulta previa. En el caso de Campo Verde, la orden fue suspender trabajos de manera provisional mientras la Dirección de Consulta Previa del Ministerio del Interior determina si esa urbanización afecta terrenos indígenas.

La gobernadora del cabildo, Sandra Cobos, observó: “Esperamos que se reconozca que nuestro territorio es ancestral, que tiene una memoria y una historia y que no es un territorio particular (…). Nos preocupa cómo otros puedan ver este asunto. La comunidad muisca de Bosa nunca se ha opuesto al desarrollo de la ciudad”.

Ante el fallo del Consejo de Estado, el Ministerio del Interior anunció que cumplirá la orden, pero recordó que ese proceso ya lo había hecho y que en el sector no hay evidencia de la presencia de comunidades étnicas. Los indígenas insisten, sin embargo, en que justo en ese territorio hay un humedal sagrado donde hacen rituales.

Otras luchas

La defensa de su territorio no es la única. Vienen trabajando con las nuevas generaciones para rescatar sus costumbres. Por eso propenden por que los niños reciban educación que integre sus conocimientos ancestrales con los convencionales.

En 2010 fundaron, con ayuda del Distrito, el jardín infantil Uba Rhua, que en su dialecto significa “Espíritu de la Semilla” y tiene unos 80 niños, de los cuales 65 son muiscas. Una o dos veces por semana, una abuela les enseña a escribir y hablar el dialecto ancestral. Esta institución está ubicada a unos pasos del cabildo y cerca de las chagras o huertas de plantas ancestrales, que cosecha la comunidad, a pesar de la extinción de esta flora debido a la expansión urbana. La abuela Cecilia explica que “sus familias, Chiguasuque, Tunjo y Neuta, siempre han estado en el territorio y que cada una tiene su razón de ser, su linaje y su misión”.

Este pueblo también es reconocido por su medicina, desarrollada por taitas y abuelos, personas de edad consideradas las más sabias del cabildo. En 2007 lograron administrar parte de sus recursos de salud gracias a convenios con la Secretaría de Salud, a través de la Asociación de Cabildos Indígenas de Bogotá (Ascai).

De esta manera han podido capacitar a los miembros de la comunidad en salud ancestral y en desarrollo de plantas milenarias, para lo cual han acudido a las reservas de las comunidades de la Sierra Nevada de Santa Marta. El borrachero, por ejemplo, una de sus plantas sagradas, lo usan para calmar dolores. “Es parte del desarrollo armónico, concertado, que nos permite seguir en nuestro territorio”, recalcó la mandataria Sandra Cobos.

La comunidad muisca de San Bernardino busca, por ahora, que los esfuerzos por preservar sus costumbres y territorio no se vean abruptamente interrumpidos por los proyectos de vivienda de interés social. O, al menos, que en desarrollo de sus derechos a la consulta previa, sean tenidos en cuenta para que las decisiones no se adopten sin que su opinión y su cultura reciban la importancia que tienen.