Machete y antorcha, las armas del descontento popular

Hace 66 años, el 9 de abril de 1948, tuvo lugar el asesinato del líder liberal que revolucionó la política colombiana. Sobre su muerte siguen rondando hechos que oscurecen su esclarecimiento.</br><a href="http://www.elespectador.com/noticias/infografia/bogotazo-65-anos-despues... src="http://static.elespectador.com/especiales/1404-bogotazo/volver-bogotazo....

De manera estrepitosa, Juan Roa Sierra saltó de la penumbra y le propinó a Jorge Eliécer Gaitán tres disparos que cambiaron el rumbo de la historia de Colombia. Aunque el “tribuno del pueblo” como lo llamaban sus seguidores, se giró para evitar ser impactado, la desgracia ya estaba conjurada.

Así terminaba una carrera, una apuesta, que fue producto de diversos procesos claves dentro de su vida, y que iniciaron en el seno de su casa ya que no había conversación entre sus padres, Manuela Ayala de Gaitán y Eliécer Gaitán, en las que no estuvieran presentes las gestas de Rafael Uribe Uribe, Murillo Toro, Salvador Camacho Roldán y Aquileo Parra.

La segunda clave de este proceso que convertiría a Gaitán en uno de los líderes políticos más connotados del siglo XX, fue su ingreso al colegio Araújo, su primer día de clases cuando tenía 12 años.
Ni el frío que calaba en los huesos bajo sus rodillas en la Bogotá de 1915, ni la mogolla tiesa que era su desayuno, lo desanimo. Se acomodó el traje que le había comprado su madre luego de vender algunos de los cubiertos de plata que le habían regalado sus padrinos al nacer, se peinó con gomina mirándose en un pequeño trozo de espejo roto en el patio de la casa en el barrio obrero Egipto. Apresuró el paso esquivando el barro y la penuria para llegar al colegio que se ubicaba en la calle 13 con carrera 15, en pleno sector tradicional de la ciudad.

El colegio Araújo fue una base fundamental para su formación política. Allí conoció a las grandes figuras de la fugaz Unión Republicana y del Liberalismo como su propio maestro y director del colegio, Simón Araújo, así como a sus amigos, Carlos E. Restrepo, Enrique Olaya Herrera, Eduardo Santos, además de sus profesores Eduardo Rodríguez Piñeres y Roberto Mac-Douall , entre otros. Por el mismo colegio pasó la mayoría de quienes en un futuro serían sus compañeros de partido; Alfonso Araújo Gaviria (hijo del director), German Zea, Jorge Soto del Corral, Agustín Nieto Caballero, Luis Eduardo Nieto Caballero, serían algunos de los nombres. Relaciones que se extenderían el resto de su vida política en sus roles de concejal, congresista, ministro de Educación, alcalde de Bogotá, jefe único del Partido Liberal y candidato presidencial.

A ello hay que sumarle sus años de activismo político como estudiante de derecho de la Universidad Nacional, su tesis “Las ideas socialistas en Colombia” que causó tanto revuelo en la época, y con la que obtuvo el título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas en 1924. Su viaje a Italia dos años después, las enseñanzas de su maestro Enrico Ferri, todas las exaltaciones posibles a un estudiante entre ellas el calificativo “Cum Laude” que recibió su tesis ‘El Criterio Positivo de la Premeditación’.

Lo que le robaba el aliento

No podríamos dejar de hablar de sus pasiones, los amores de su vida: su esposa y su hija. La primera vez que Gaitán vio a quien fue la única mujer que robó su corazón, Amparo Jaramillo, fue durante un baile en Medellín en un evento político. De un tumulto de personas, apareció aquella mujer que llevaba un vestido verde y de inmediato su belleza impactó su corazón. Ella, por su parte, guardaba celosamente un álbum con los recortes de prensa donde aparecía Gaitán, demostrando la tremenda admiración que sentía por él. Su otro amor fue su única hija Gloria, que llegaría a sus brazos el 20 de septiembre de 1937.

Otro hecho clave que se suma al cumulo de experiencias que construyeron la personalidad, de Gaitán fue el día de la destitución de su cargo como alcalde en 1937, por el entonces gobernador de Cundinamarca, aunque en un principio los diarios de la época resaltaron las renovadoras y novedosas medidas que emprendió y que le valieron el apoyo de todas las clases sociales, sus políticas de higiene, de eliminar la ruana y unificar las tarifas de los taxistas lo llevaron a su destitución, como afirma la historiadora Ruth Ann.

Algunos de los voceadores del periódico “Unirismo” afirman que Gaitán siempre les comentaba su preocupación por los rostros demacrados y cuerpos famélicos de los obreros de los muchos lugares que visitaba durante sus recorridos a nivel nacional, los cuerpos de los niños enfermos y desnutridos, los horrores de la masacre de las bananeras, las imágenes de la tierra árida y el abandono de los campesinos, la violencia partidista (con V mayúscula) que recorría los campos, todos estos males que el mismo denunció.

Muchos otros sucesos construyeron la férrea personalidad de Gaitán; los apodos que sus enemigos políticos le endilgaron: ‘el panelo’, ‘el negro’. La primera vez que tuvo en sus manos un ejemplar de los miserables, de Víctor Hugo, los juegos con sus amigos del barrio obrero Egipto, sus calles destapadas, llenas de fango y lodo donde Gaitán vivió toda su infancia. Nunca olvidó las promesas de una vida mejor a su madre, y lo que significaba acostarse con hambre.

La hora de la tragedia

Todos estos hechos, quedaron en vilo exactamente a la 1:05 de la tarde, ese viernes, cuando salía de su oficina en el edificio Agustín Nieto. El hombre que era un roble e invencible como orador, caía con la fuerza de las armas. Todo fueron gritos y confusión mientras, tendido en el suelo, dejaba ver una mirada de desconsuelo, Cuántas cosas se le atravesaron por su mente, ¡cuántas ganas de levantarse de nuevo para seguir en la contienda que había iniciado desde niño!, fue allí en ese preciso momento, que Gaitán estuvo ante Gaitán, un último auto examen de una vida con un propósito que no alcanzó a culminar. Aunque todos a su alrededor se afanaron por auxiliarlo, ya era tarde, los fierros habían cumplido su papel.

Roa, fue acorralado en una droguería y su cuerpo arrastrado hasta el palacio de San Carlos. El grito ¡mataron a Gaitán! se extendió como pólvora en cada calle, de boca en boca, por las radiodifusoras, en especial por la que se tomarón Zalamea, Diego Montaña y Antonio García, no hubo rincón de Colombia que no se enterara.

La ciudad ardió; la carrera séptima, el Palacio de la Gobernación, el Palacio de Justicia, la Casa del Libertador, el Palacio de Comunicaciones, el Palacio Arzobispal, el Palacio de la Nunciatura, el Ministerio de Educación, el de Gobierno", el de Trabajo, la Jefatura de Rentas, como lo cuenta Alfonso Araújo en sus cartas tituladas “Seis días más largos que un siglo”.

Ráfagas de tiros salían por las ventanas, cruzaban las esquinas, de todos los lugares. El machete y la antorcha fueron las armas del descontento popular que al final del día se convirtió en caos. En toda Colombia el asesinato de Gaitán se sintió como un huracán, no hubo departamento o ciudad que no viviera aquel fatídico 9 de abril. Tolima, Valle del Cauca, Cundinamarca, así como en la mayoría de los municipios del país, reportaron numerosos desmanes y asesinatos, como en el resto del país. El hecho quedó consignado para siempre en la memoria de los sobrevivientes que narran de generación en generación , el día que marcó para siempre la historia colombiana, y del que aún se tienen heridas flagelantes que aún no se han podido cerrar.