La mala densidad, la mala expansión

Mientras el reto para Bogotá en cuanto al crecimiento en altura es mejorar los espacios públicos, en expansión es organizar un plan regional que evite que sea desmedida.

La densidad bogotana es similar a la de las ciudades asiáticas, se genera por la ausencia de espacio público y espacio verde para la recreación, por la falta de equipamientos e infraestructura de transporte.

 El tema del patrón de desarrollo que debe seguir la ciudad es complejo y cómo lo explica Eduardo Behrentz en recientes columnas en el diario El Tiempo, debe consultar la realidad y características propias en el caso de Bogotá. Una ciudad como la nuestra que está dentro de las más densas del mundo occidental, debería buscar otro paradigma de crecimiento. En contravía de la recomendación generalizada a nivel internacional, sobre la necesidad de planificar hacia ciudades densas, se plantea la opción de una expansión urbana, seguramente fuera de los límites del Distrito Capital. El camino de la mala expansión, es aún peor que el de la mala densidad.

Para algunos expertos internacionales que visitan nuestra ciudad, es difícil entender a primera vista porqué Bogotá es tan densa, ya que se ven pocos rascacielos, a diferencia de ciudades como Sao Paulo o Santiago. La densidad bogotana es similar a la de las ciudades asiáticas, se genera por la ausencia de espacio público y espacio verde para la recreación, por la falta de equipamientos e infraestructura de transporte. Es lo que podríamos llamar una mala densidad. A nivel internacional, ciudades que se han convertido en modelo de calidad de vida como Vancouver, proponen una densidad en altura, utilizando buena parte del suelo para espacio público y parques, sitios de encuentro social.

Un reciente análisis del grupo SUR de la Universidad de Los Andes publicado en la revista Research in Transport Economics, muestra que Transmilenio contribuyó a densificar la ciudad, haciendo que las zonas alimentadas por el transporte masivo crecieran más rápido que aquellas que no tuvieron mejoras de accesibilidad. Se destaca especialmente el crecimiento de los barrios de estratos bajos a los cuáles llegaron los buses alimentadores. De alguna manera, en sus 15 años Transmilenio frenó el proceso de expansión, que no ha sido tan fuerte como en otras ciudades de la región. Un adecuado desarrollo en densidad genera un círculo virtuoso con el transporte masivo. Así, se ha popularizado el concepto de Desarrollo Orientado al Transporte Sostenible (DOTS) que propone desarrollar zonas con uso del suelo mixto, alta densidad, buen espacio público, promoción del transporte público y los modos no motorizados, y un desestímulo al uso indiscriminado del automóvil.

Probablemente, la meta en Bogotá no deba ser aumentar los altísimos índices de densidad actuales, pero tampoco debería ser lanzarse hacia una expansión desmedida y desorganizada. Mantener altas densidades, con un aumento del espacio púbico y parques es una opción más sostenible. Esto implica crecer en altura, a niveles aceptables, en algunas zonas de la ciudad. Sin embargo, el stock de suelo del Distrito Capital se agota; el futuro de Bogotá está en la región.

La expansión requiere de un plan de región, de un acuerdo de voluntades, del compromiso de recursos y de una nueva institucionalidad. El futuro de Bogotá en los próximos 20 años está en la región. Desafortunadamente el tema regional no es una prioridad para los alcaldes y candidatos de Bogotá y los municipios vecinos. La desbandada desordenada de industrias y empresas, el desarrollo de vivienda de interés social en municipios con baja accesibilidad, el crecimiento de ghettos de estrato alto que dependen del automóvil aún para salir a comprar el pan, harán aún más insostenible la situación actual.

*PhD en Transporte e investigador del Grupo SUR de la Universidad de los Andes.

 

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