La metamorfosis de la votación bogotana

El comportamiento electoral de los bogotanos para elegir a los alcaldes ha variado entre 1988 y 2011 en sus dimensiones partidistas y de participación.

Si bien en los primeros procesos hubo supremacía de los partidos Conservador y Liberal, a partir de 1994 se dio un cambio significativo con la elección de Antanas Mockus, un outsider que demostró que no se requerían maquinarias o estructuras políticas para llegar al Palacio Liévano. Las dos elecciones siguientes, 1997 y 2000, permitieron creer que la ausencia de dichas maquinarias era innecesaria para ganar en Bogotá.

Las gestiones de Mockus y Peñalosa (este en 1997) en cultura ciudadana, desarrollo urbano y transporte público fueron premiadas por los electores. Sin embargo, no construyeron bases orgánicas y electorales que aseguraran la continuidad de sus políticas ni tuvieron candidatos exitosos que las representaran. Aunado a esto, la polarización de la política nacional permeó la política capitalina. Así, en las elecciones de 2003 se enfrentaron la centro-derecha y la centro-izquierda. El uribismo se hizo presente en la capital, aunque sin buenos resultados.

De ahí en adelante la centro-izquierda ha ganado las elecciones en Bogotá (2007 y 2011), aunque en 2011 lo hizo en medio de la ruptura entre el Polo Democrático Alternativo y Progresistas, movimiento que surgió como parte de la crisis por el carrusel de la contratación y que involucró al alcalde del Polo Samuel Moreno (posteriormente destituido).

A pesar de estas divisiones, los triunfos consecutivos de la centro-izquierda en Bogotá se pueden entender por lo siguiente: ha fortalecido y ampliado las bases electorales a partir de la ejecución de políticas sociales incluyentes, ha entrelazado estructuras partidistas que se organizan a partir de cálculos electorales y cohesión programática, y ha contado con la división de la centro-derecha, que en cada elección reparte sus votos entre diversos candidatos. Sin embargo, a la izquierda, elección tras elección, se le ha notado el desgaste propio de las administraciones. Su votación pasó del 46,2% en 2003, al 32,2% en 2011.

Desde 2011, por otra parte, la contienda por la Alcaldía se convirtió en un fiel de la balanza de cara a las presidenciales de 2018. No en vano, el actual alcalde ha dejado ver esas aspiraciones desde que ganó. Por tal motivo, las elecciones de hoy servirán como partidor de las ambiciones presidenciales del vargasllerismo, el petrismo, el uribismo, el liberalismo, el santismo y otros “ismos” que no quisieron o no pudieron asomar cabeza. No olvidemos que Bogotá representa el 16% del potencial electoral del país.

Este panorama también tiene como marco de referencia la baja participación electoral de los bogotanos. Pese a que desde 1992 se ha incrementado hasta llegar a un 47% en 2007 y 2011, la abstención de Bogotá entre 1988 y 2011 promedia cerca de un 59%. Esta alta tasa de abstención obedece a diversas razones (personales o políticas) aún por precisar. lo que sí es claro es que esta abstención afecta el capital social bogotano y pone en entredicho la legitimidad y gobernabilidad de las autoridades elegidas. Toda esta desidia e indolencia del electorado capitalino debe invitarnos a una reflexión ciudadana sobre los responsables del desarrollo de Bogotá. Es hora de pensar en una corresponsabilidad electoral que involucra al ciudadano y no sólo al alcalde de turno. Abstenernos de votar no significa que no podamos quejarnos, pero si asistimos a las urnas, tendremos un argumento más de peso para hacerlo.

* Catedrático de la Universidad Externado de Colombia.

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Fredy A. Barrero

Bogotá

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