La mujer que ha vivido tres meses en el aeropuerto El Dorado

Tinya Lynn Lewis es estadounidense y desde hace cuatro años viaja por del mundo huyendo de su país. Estuvo en la cárcel por un delito que, según ella, no cometió. Ahora está en Colombia, vive en el aeropuerto de Bogotá desde hace cuatro meses, mientras busca la manera de salir a su próximo destino: Jordania.

Tanya Lewis llegó a Bogotá el 22 de octubre del año pasado. Mauricio Alvarado

Los aeropuertos son lugares de paso. Allí nada permanece. Son testigos de despedidas, de bienvenidas, de torpezas, de añoranzas. Todas ellas pasajeras. Por eso resulta inverosímil la historia de Tinya Lynn Lewis, una estadounidense de 46 años que vive desde hace casi tres meses en el aeropuerto El Dorado, en Bogotá, sin que nadie, hasta ahora, se haya dado cuenta. 

Siempre se sienta en las bancas aledañas a la capilla del aeropuerto. Desde ahí mira la ventana y puede durar horas detallando el movimiento de la ciudad. No tiene nada más que hacer. “Veo la gente pasar, a los carros andar, mirar el tiempo correr”, me cuenta mientras aprieta su cobija azul y una maleta que algún día fue café. (Lea: Mujer que lleva tres meses viviendo en el aeropuerto El Dorado será expulsada del país)

Tinya Lewis llegó a Colombia porque no tenía otra opción. Huye de Estados Unidos desde 2012, según ella, por problemas judiciales. Ha estado en la cárcel múltiples veces, tantas que no puede enumerarlas. No habla de su pasado. Es como si se echara cemento en la boca cuando le preguntan sobre los delitos que cometió. Solo interrumpe el cuestionario para asegurar que ella no hizo nada malo y que son cargos que las autoridades “fabricaron en su contra”. Insisto, pero de nuevo echa otro paletazo imaginario para sellar sus labios.

El primer país que visitó fue Canadá, donde pidió asilo inútilmente. Allí tardó un par de meses mientras estudiaban su caso. Después del rechazo la deportaron a Estados Unidos. Cuando llegó al aeropuerto compró un tiquete a Inglaterra buscando otras posibilidades. Escogió a los ingleses para ahorrarse el problema del idioma.

En Inglaterra pasó lo mismo. Volvió a hacer los trámites, contó su caso, pero de nuevo le negaron el asilo. Ya había cumplido los meses de estadía permitidos en el país, así que tuvo que escoger otro lugar. Alzó la mirada en la pantalla de vuelos y halló Ecuador. Latinoamérica sonaba bien para ella.

Allí se repitió la historia, con el agravante de un arresto por una noche sin explicación alguna, según su testimonio. Volvió a empacar maleta. Para escapar, esta vez escogió un bus que la llevara de Quito a Cali. Colombia era el territorio más cercano. Hizo las averiguaciones y encontró que solo desde Bogotá sale la mayoría de vuelos internacionales. Ya no tenía dinero, pero contó con suerte porque se encontró con un colombiano generoso que le regaló el tiquete.

Así lleva cuatro años: viajando por destinos insospechados, “buscando un lugar donde pueda vivir en paz”. Pero Colombia tampoco pudo ser ese lugar. Inmigración le recomendó explicar su caso en la Embajada de Estados Unidos y como esa es una posibilidad que no contempla, decidió fugarse otra vez.

Tanya es una mujer tranquila, más bien introvertida. Es negra, no tiene casi pelo y en su cara sobresale una cicatriz que va desde la frente hasta la mitad de la cabeza. Los pocos datos que revela los suelta con cautela: estudió ciencia política, trabajó en instituciones del estado norteamericano, no tiene hijos y, al parecer, tampoco familia, por decisión propia.

“Cuando dejé Estados Unidos juré jamás volver y borrar todo lo que me recordara mis problemas. Tengo papá, mamá y un hermano, pero nunca volví a hablar con ellos porque no quiero que los molesten con mis problemas. No tengo a quien llamar y aquí estoy estancada. Ahora busco ayuda porque quiero ir a Jordania”.

Una vida de aeropuerto

Cuando llegó a Bogotá no tenía dinero, así que no pudo salir del aeropuerto. Eso fue el sábado 22 de octubre y desde entonces duerme en las bancas de los pasajeros. Se levanta todos los días a las 5:00 de la mañana “porque la cama improvisada es muy incómoda”. No se baña y utiliza las instalaciones de El Dorado como si fueran su casa.

Solo ha pasado una noche en un hotel: el 31 de diciembre. Un turista le regaló dinero para que se bañara y lavara su ropa: “Pasé el año durmiendo en una cama”. Sonríe recordando el momento.

Sabe dónde queda inmigración, los restaurantes, los baños y cada aerolínea. Ni siquiera el arquitecto de El Dorado lo conoce tan bien como ella. Lo más curioso, o preocupante, es que ninguna autoridad ha notado su presencia. Ha vivido 74 días en el aeropuerto y solo los empleados de las aerolíneas se dieron cuenta de su situación.

Hay días en los que no come, otros en los que prueba bocados gracias a los viajeros que se enteran y se conmueven con su historia. No hace nada en todo el día más allá de caminar de un lado a otro, mirar las pantallas, sentarse a ver la vida que pasa por la ventana o escribir en un cuaderno que usa como diario y que, según ella, la mantiene cuerda.

Mientras me cuenta su rutina pienso que hay algo de su historia muy doloroso que no le permite volver, más allá de sentir miedo de pagar una condena. Estar encerrada en un aeropuerto de otro país, con un idioma diferente, es como estar en una cárcel. No dimensiono las diferencias.

A veces, cuando está muy aburrida y agobiada decide caminar hasta el centro comercial Gran Estación. Sabe dónde queda porque hace un mes llevó una carta a las instalaciones de Avianca, pidiéndole a la compañía que le ayudara a viajar hasta Jordania. “Investigué por internet y descubrí que en Jordania podrían darme asilo. Llamé y me dijeron que podían darme la ciudadanía. Por eso me quiero ir y empezar una vida”.

Avianca le negó la solicitud porque su caso es complicado y porque tampoco tienen vuelos hasta ese país árabe que alberga una de las ocho maravillas del mundo, Petra. De todas formas le sirvió porque recordó el camino de dos horas que de vez en cuando recorre para tomar aire.

Su situación ahora es muy complicada: no tiene dinero, no comenta sobre su pasado judicial (por lo menos no a mí) y no tienen plan B. En realidad tampoco un plan A, solo una vaga idea. Tampoco quiere dialogar con las autoridades porque teme ser deportada. En medio de nuestra conversación, la Policía se acercó para ofrecer su ayuda, pero ella agilizó el paso y solo les respondía: “no”.

¿Qué vas hacer entonces?  le pregunté.

—Esperar.

 ¿Esperar a qué?

A que algo pase. A que alguien me ayude a salir de Colombia.

¿Y si no?

Me quedaré en el aeropuerto.

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