Aumentan las agresiones en Bogotá

Mujer habitante de calle: dos veces vulnerable

Con 11 hijos y un pasado cargado de violencia, consumo de droga y un homicidio a cuestas, Lucy Maryerly Velásquez habla de los riesgos a los que se exponen las mujeres en las calles.

Lucy Maryerly Velásquez Castillo, de 55 años, reside en el hogar El Camino de Integración Social, en donde se rehabilita de un pasado violento y de drogodependencia. Cristian Garavito-El Espectador

Antes de vivir en la calle, Lucy Maryerly Velásquez Castillo conoció los extremos de la violencia y el inevitable sufrimiento del desamor. Recuerda episodios en los que fue golpeada con cables, alambres de púas y bofetadas con ollas que aún no aprendía a usar. Su infancia discurrió entre cuidar de sus siete hermanos en una habitación y en esquivar los roces de los hombres que se asomaban por su vida. Hechos determinantes -dice- para llegar al extremo de matar.

Tiene 55 años, aunque no está segura de su edad. Su madrina de bautizo la adoptó a los pocos meses de nacida, según le dijo, porque su mamá la abandonó en una pieza. Tiene la piel cuarteada por las cicatrices y el paso inexorable de la edad. “Cuando era niña, mi madrina me quemaba la boca con una cuchara caliente cuando cometía alguna falta y me hacía un peinado tan templado que me dejaba unas ojeras enormes”. Las agresiones se prolongaron durante toda su vida. La diferencia es que en la calle no se dejó de nadie. A pocos les tenía miedo.

Su madrina le recordaba todo el tiempo que la rescató del desamparo y que por eso debía agradecérselo alimentando a quienes conoció como sus hermanos, viendo por su salud y alistando y planchando su ropa. La quemaban si cometía un error y le daban una trilla si se comía un bocadillo adicional al que le habían servido. “Por garosa y grosera”, le decía su madrina. Por eso, intentó escaparse incesantemente de manera infructuosa. Pero reconoce que ella la alimentó, le celebró sus cumpleaños y le compró ropa, aunque supo de juguetes por los que les veía a los niños del barrio Las Cruces.

Un día, mientras caminaba por el vecindario en compañía de su madrastra, ella le señaló el lugar en donde vivía su madre. Lucy Maryerly se grabó esa fachada y apareció después en esa puerta para identificarse y pedirle que la recibiera. Su mamá lo pensó un instante y la recibió. Pero el panorama empeoró: su padrastro le pegaba a ella y a su mamá. Bastó con que cumpliera los 10 años para despertar el deseo de su padrastro, un tipo joven que se le acercó cada vez que pudo. Cuando cumplió 14, un vecino le dio escopolamina, se la llevó a una residencia y abusó sexualmente de ella. Al regresar a casa, su mamá le dijo que había sido su culpa, “por mostrarse”.

Empezó a consumir licor, a fumar marihuana y pasó muy poco tiempo para coger un bus y salir en busca de una nueva vida en la calle. Le ofrecieron vender droga y la prostitución como única opción para ganar dinero. Se resistió, aunque sucumbió ante el deseo de robar, pasar tiempo en la carrera décima y verse atraída por El cartucho. Siguió viviendo en casa de su madre. Tuvo tres parejas que le dejaron 11 hijos: con el primero tuvo cuatro, mientras vivía con su madre; con el segundo, el único que no la golpeó, cinco; con el último, a quien le quitó la vida, tuvo dos niñas. “Repetí lo mismo que hizo mi mamá conmigo. Aunque traté de velar por ellos, la calle, la droga y el licor me alejaron. Ojalá algún día me perdonen, porque creo que lo que me pasó fue por falta de amor”, insiste.

Mientras deambulaba por las calles, en donde conoció a otras mujeres que la motivaron a robar, se dedicó a “tomasear” (robar con escopolamina a sus clientes). Se hizo de dinero en efectivo, joyas y electrodomésticos. Iba a fiestas, seguía consumiendo marihuana y compraba ropa nueva. En la calle, sin embargo, enfrentaba sus problemas con un arma blanca que guardaba bajo su manga. Entre tanto, su primera relación trascendió en medio de los golpes, la segunda culminó luego de que su pareja le fue infiel, y la tercera la llevó a tocar el abismo que ya había creído conocer. “Era un hombre vicioso, consumidor de bazuco”.

Cuenta que la golpeó peor que como lo hacía su madrina cuando era niña y que la obligó a hacerse un tatuaje en su mano con las iniciales de él. Un día, incluso, la encerró, la amarró y la accedió sexualmente. Él se fue, pero se llevó sus electrodomésticos y su dinero. Desde entonces le tuvo pavor e intentó huir de él. Lo dejó, pero él siempre la encontraba. Las piernas le temblaban cuando le decían que la estaba buscando y que estaba cerca. “Eso nunca me había pasado”.

Un día, cerca de El cartucho, se encontró con una amiga, quien días antes le dio un arma blanca que portaba a todas partes. Entraron a un bar, se tomaron tres cervezas y fumaron tres cigarrillos de marihuana. Antes de brindar y decir “va pa’ esa”, la amiga le había propuesto que entre las dos se iban a apoyar para enfrentarlo.

Necesitó salir del bar para sentir que alguien la abordó por la espalda y la agarró del cuello. Al voltear la mirada, se encontró con el rostro de su pareja, el mismo que la hizo caer en la trampa del miedo. Logró zafarse y se le enfrentó. Él tenía un arma blanca con la que la amenazó y ella sacó la suya. Todo terminó cuando él se desgonzó con una herida en el pecho. Ella le penetró el corazón, huyó, pero a los pocos minutos fue capturada. Aceptó los cargos por homicidio y estuvo en El Buen Pastor durante seis años.

A pesar de que conquistó los privilegios de la libertad condicional, el sufrimiento y la miseria de la soledad la arrojaron de nuevo al vicio de las calles, en donde se volvió a encontrar con jíbaros que querían abusarla o golpearla. Volvió a consumir droga, licor, pegante, buscaba problemas para acabar con su vida. Cree que el punto inflexión llegó cuando se lanzó a un vehículo en el centro y tuvo una alucinación que la hizo ver la imagen de Jesús. Ese fue el primer paso para dejar atrás su pasado. Pasó por una fundación en las afueras de la ciudad que, según dice, aprovechó su imagen para recibir donaciones de distintas partes del mundo, recursos que ella nunca vio. Hoy está en el hogar El Camino, de la Secretaría de Integración Social, le espanta el deseo de consumo con la oportunidad de tener un lugar seguro para descansar, asearse, comer y participar en actividades lúdicas. “Cuando cumpla mi tiempo acá quisiera tener un quiosco como los que ofrece el Ipes para economías alternativas. Y mejor aún si es en el barrio Chicalá, de Bosa, cerca de donde vive una de mis hijas, la única que por el momento sigue a mi lado”.

Crecieron 50 % las lesiones contra habitantes de calle

Las dos mujeres habitantes de calle que fueron agredidas en las últimas semanas continúan bajo observación médica. La primera, quien fue atacada con piedras y puntapiés en el parque Cayetano Cañizares, de Kennedy, fue identificada y la semana pasada salió de la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital de la localidad y permanece en una habitación, en donde recibe atención psicológica para ella y su hija, según indicó la secretaria de la Mujer, Cristina Vélez. El estado de la segunda sigue siendo grave.

Esos son apenas dos de los 137 casos que, según Medicina Legal, se registraron entre enero y agosto de este año en contra de habitantes de calle, siendo Kennedy (con siete episodios) la zona con el índice más alto. Al observar los datos de lesiones no fatales contra habitantes de calle (hombres y mujeres), se tiene que mensualmente, en promedio, se han registrado este año 15 casos, mientras en 2016 fueron 11.

La administración distrital asegura que la atención de las mujeres habitantes de calle es prioritaria, por lo que cuenta con 12 centros que incluyen servicios a menores de edad y adultos. “Además, este año se pondrá en funcionamiento un nuevo centro, solo para mujeres, que tendrá un cupo para 50 mujeres en el día y 50 en la noche”, indicó la secretaria de Integración Social, María Consuelo Araújo, que aseguró que al ser un proceso voluntario, son ellos y ellas, los habitantes de calle, quienes deben decidir recuperarse.