Mujer trans víctima de violencia sexual: “Lo que me pasó a mí no quiero que se vuelva a repetir con nadie”

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Testimonio de Sara Paola Caicedo Bello, mujer trans oriunda de Granada (Cundinamarca), sobre las violencias en su contra desde que era menor de edad, entre ellas haber sido violada a sus 10 años.

Si Marco Aurelio Caicedo Bello mira hacia atrás, se encontrará con una fría mañana de 1982 en el municipio cundinamarqués de Soacha. Tiene nueve años y acaba de ser recluido, con el consentimiento de su madre, en un “centro de educación especial para niños retrasados” por un particular “diagnóstico” que algunos de sus profesores dieron sobre él: que le gustaban los chicos de su edad, que se besaba con ellos, que era un desequilibrado y que eso no era normal en un niño.

De eso hace ya 39 años y de Marco Aurelio queda poco o nada. Hoy se llama Sara Paola Caicedo. La decisión de darle un cambio extremo a su vida y de ponerse otro nombre la tomó tiempo después de su cumpleaños número 19. Ni siquiera sabe por qué se puso así.

“Siempre me gustó ese nombre. Nada más”, le dijo Sara Paola a la oficina de prensa de la Unidad de Investigación y Acusación de la Jurisdicción Especial para la Paz, el 8 de marzo pasado.

Sara Paola nació el 11 de septiembre de 1972 en el municipio de Granada, Cundinamarca. Ella fue la tercera de la familia. Antes, en su casa, había dos hombres y dos mujeres. Desde hace mucho rato las cifras cambiaron: ahora son tres mujeres y un hombre.

“Mi mamá antes decía que había tenido dos hombres y dos mujeres. Tal vez porque no comprendía lo que pasaba y lo que serían mis cambios físico, mental, psicosocial y sexual”, indicó Sara Paola, quien precisó que a los ocho años se dio cuenta de que todo en su vida estaba cambiando. “Es decir, yo miraba a los niños y no a las niñas. A esa edad yo sentía la atracción que una niña siente por un niño”.

¿Desequilibrado?

Como en Granada no había escuelas, la familia de Marco Aurelio optó por enviarlo todos los días a estudiar a Soacha. Era un recorrido de entre media y una hora por carretera. Era una época de mucha pobreza, de acuerdo con la narración de Sara Paola:

“(En el colegio), en hora de descanso, una de las profesoras me encontró besando a uno de los niños. Tenía nueve años. Inmediatamente llamaron a mi mamá y a la directora de la escuela. Le dijeron que un niño estaba desequilibrado y que había que ubicarlo porque no era la primera vez. No se me olvidan las palabras: que había que enviarlo a un manicomio o a un centro de educación especial para retrasados que porque eso no era normal en un niño.

“Mi mamá lo que dijo fue que, si había que hacerlo, pues se hacía, porque ella no iba a permitir que eso pasara en la familia. Ella firmó un consentimiento para que me trasladaran a un colegio de niños retrasados.

“Allá me llevaron. Eso me dolió mucho porque el tema para ellos era que yo estaba loco, que yo no era un niño normal, que yo era un niño con retraso mental por gustarme las personas del mismo sexo.

“En ese centro sí vi a niños con retraso mental. Hasta niños con síndrome de Down que tampoco tenían por qué estar allá. Eran más pilos que uno. Fue una época muy triste. Yo tuve que lidiar con niños que efectivamente tenían problemas mentales bastante fuertes. De hecho, me daban la bolsa con las once y me jalaban, me arrinconaban, me tocaba meterme en una esquina. Vivía asustado a toda hora.

“Llegó un momento en que le rogué a mi mamá que me sacara de allá, que no aguantaba más, que yo no estaba enfermo, que no tenía problemas mentales. Pero ella me dijo que sí tenía un problema: que me gustaban los hombres.

“Me dijo que no me iba a sacar, aunque yo le rogaba todos los días. A veces me escapaba y me iba a pedir limosna o comida en los restaurantes para no ir a la casa. Tenía 10 años. A los 11 le dije a mi mamá que no quería estudiar más y que no iba a volver (al centro para ‘enfermos mentales’).

“Entonces usted se pone a trabajar’, me dijo mi madre. ‘Está bien, yo me pongo a trabajar, pero por allá no vuelvo’, le respondí con ganas, como si me hubiera quitado un enorme peso de encima”.

La violación

La familia Caicedo Bello, según Sara Paola, empezó a tener problemas con algunos policías de Soacha. Los uniformados le pedían dinero a cambio de dejarlos en paz a todos. Pero ellos nunca accedieron. No les soltaron un solo peso. Tal vez eso provocó la molestia de los agentes del orden.

Sara Paola, en medio del llanto, recordó así los hechos:

“Yo iba a cumplir 10 años. Eran las siete de la noche. Yo iba para mi casa y vi a un hombre uniformado, con botas, que me cogió por la parte de atrás y me dijo: ‘Quédese callado’. Me empujó hacia un potrero y me amenazó con un cuchillo. Me acuerdo como si fuera ayer (las cosas obscenas e impublicables que le dijo).

“Empecé a gritar, a llorar. Le dije que me dejara ir. Pero no accedió. Al ver que yo tampoco accedía a lo que él quería, me volteó duro contra unas piedras que había en el potrero. Me bajó los pantalones (un short pequeño) y me accedió carnalmente.

“Eso duró por ahí 10 minutos. Hasta ahí me acuerdo. Yo sentí que el mundo se había acabado. El uniforme del hombre era totalmente verde, como estilo policía. Yo no le vi la cara nunca. El dijo que no lo volteara a mirar. Yo perdí el conocimiento unas dos horas.

“Llegué a la casa llorando. Le conté a mi prima lo que había pasado, pero le pedí que no le fuera a decir nada a mi mamá. Yo estaba botando sangre porque el tipo me había roto los vasos sanguíneos (…) Yo sentía como si me hubieran abierto todo el cuerpo.

“Vaya báñese porque no demora en llegar su mamá', me dijo mi prima. El tema del sangrado duró por ahí cinco días. Me tocaba cambiarme a escondidas. Lavar mis interiores porque me daba pena con mi mamá. No quería que me viera así. Me sentía culpable. Pensaba que lo que había pasado era culpa mía. Eso se quedó así. Nunca denuncié nada de lo que me pasó, entre otras cosas, porque yo no sabía a quién denunciar”.

Sara Paola

A los 14 años ya era un hecho que Marco Aurelio no era Marco Aurelio, así sus familiares quisieran tapar el sol con las manos. Sara Paola ya era un hecho, así también sus allegados quisieran creer que su decisión de volverse mujer era un arrebato y que ese arrebato se le pasaría. Para ese momento ya se ponía ropa apretada hasta más no poder, como lo hacían las chicas de su edad. Pero para su mamá la situación era un tormento.

“A los 14 años empecé a hormonizarme (o a inyectarse hormonas)”, contó Sara Paola. Por esos mismos días su madre empezó a darse cuenta del cambio en el cuerpo de su hijo. “Mi mamá me rechazó y me dijo unas palabras bastante duras: ‘Qué chimba tan hijueputa. Hoy en día me toca comprarles brasieres a mis hijas y a mis hijos”.

Con su madre las cosas empezaron a cambiar con el tiempo. Hoy, la septuagenaria mujer le dice a Sara Paola que la quiere mucho y que admira cómo ha cambiado su vida para bien. “Nunca me echó de la casa, pero sí me recriminaba todo lo que yo hacía. Claro, ella no tenía estudio y para esa época era de las que pensaba que los hombres tenían que ser hombres y las mujeres tenían que ser mujeres (…) De ahí para adelante, pare de contar”.

Ella continuamente le hacía sugerencias a Sara Paola: “Vístase bien, qué dirán mis patrones. No vaya así, con esos pantalones apretados, a la casa donde yo trabajo porque empiezan a hablar mal”. La respuesta de Sara Paola no se hacía esperar: “Mamá, yo ya trabajo y no me interesa lo que digan ellos”. ¿Por qué? “Porque yo siempre, desde que tengo uso de razón, he tenido mentalidad de mujer”.

Es más –puntualizó Sara Paola–, “mi mamá me decía: ‘La hija de la vecina lo mira. Dese una oportunidad con esa niña’. Como obligándolo a uno a cosas que no son (…) Yo siempre lo he dicho: soy una mujer que nací en el cuerpo de un hombre. A mí me gustaban y me gustan los hombres no por capricho ni por moda”.

Tiempos de cantaleta

Cuando definitivamente Marco Aurelio tomó la decisión de volverse Sara Paola, sus hermanos y sus primos se les vinieron encima. “Oiga, a usted es que no le da pena con la casa, no le da pena con mi mamá, no le da pena que lo vean así”, le decían a manera de cantaleta.

“Todo eso me generó desde esa época, o desde los ocho hasta los 35 años, un impacto bastante duro en mi mentalidad y en mi vida cotidiana”, insistió Sara Paola en su detallada descripción:

“En la adolescencia empecé a estudiar en un colegio de curas, en Soacha. También me rechazaron. El padre Pérez no estaba de acuerdo con la homosexualidad. Pero, según decían, el padre Pérez era homosexual. El decía que la homosexualidad era lago abominable. Solo hice hasta séptimo de bachillerato en ese colegio porque me sacaron. El padre dijo que yo no podía estar allí así. Es decir, por ejemplo, con pantalones apretados.

“En esa época nunca tuve una mano amiga o una persona que me ayudara a salir adelante, que me dijera las cosas como son. De hecho, no estoy en la calle ni caí en el vicio (o las drogas) gracias a mi fortaleza y voluntad para trabajar y salir adelante. Lo que me pasó a mí no quiero que se vuelva a repetir con nadie”.

A pagar Ejército

Cuando estaba próximo a cumplir los 18 años, Marco Aurelio consiguió trabajo en un asadero. Le tocaba limpiar los chuzos en los que se insertaba la carne. Un día lo enviaron con un domicilio a un puesto de la Policía en Soacha. Apenas entregó el paquete, un uniformado le dijo que esperara, que tenía que entrar a determinado salón.

A regañadientes, Marco Aurelio obedeció. Allí se encontró con decenas de hombres jóvenes y desnudos que estaban resolviendo su situación con las Fuerzas Armadas, esto es, para saber si les tocaba o no prestar el servicio militar obligatorio. “Yo no quiero”, les dijo Marco Aurelio, asustado, a los policías. Para ese momento, Marco Aurelio estaba a meses o incluso a días de convertirse en Sara Paola.

“Quítese la ropa para que lo examinen”, le ordenó un uniformado. En ese momento, Marco Aurelio se sintió detenido ilegalmente. Mientras tanto, un oficial de la Policía, con tono burlón, le dijo: “¿Cuál de esos (hombres) le gusta?”.

Marco Aurelio salió apto en el primer examen. Entonces fue enviado a la Escuela de Artillería, en el sur de Bogotá, para una segunda revisión. Su madre le dijo que tenía que ir para que no lo metieran a la cárcel. “Había por lo menos 600 hombres desnudos, blancos y negros, y bastante comunidad gay. Alguno de ellos dijo: ‘Reunámonos y digamos que somos gais”, evocó. Al final, Marco Aurelio se salvó de tener que pagar el servicio militar obligatorio.

Ese día regresó a su casa aburrido, triste y humillado.

¡Activista!

Sara Paola ha tenido tres relaciones sentimentales serias en su vida. La primera a los 27 años. “Solo viví con uno. Los otros eran novios. No me sometí a vivir con ellos. Hace como 10 años que no tengo pareja. La última vez sufrí violencia física por parte de él. Me agredía. Incluso me intentó ahorcar”, relató Sara Paola, quien terminó la entrevista hablando de lo que han sido los últimos años de su vida:

“Vivo en el barrio La Unión, en el centro de Soacha. Mi papá, que está vivo, nos abandonó. Nunca se apersonó de nosotros. Tiene otra mujer con la que tuvo cuatro hijos.

“Estoy viva de milagro, y si estoy viva es por algo. Tal vez para contar lo que he vivido y para que no se vuelva a repetir. Yo les he dicho a otras chicas trans que no callen los maltratos por parte de los hombres.

“Yo les aconsejó a las personas trans que se hagan los tratamientos médicos con todas las de la ley, como está escrito, así se demoren más. Yo no tuve esa oportunidad. Esto (de los senos) fue algo artesanal que se hizo dentro de una casa con una ‘matriarcada’, o como se les dice a las trans más viejas.

“Las ‘matriarcadas’ garantizan la operación. Cobran 35.000 pesos. En cambio, una cirugía con médicos de verdad vale siete u ocho millones de pesos. Hoy en día me arrepiento de haberme sometido a ese tratamiento porque me quedaron unas laceraciones en los pezones. El cuerpo le cobra a uno por la silicona que está adentro. Si me golpeo o algo parecido, el dolor es bastante fuerte. Hace 15 años tengo los senos.

“Un médico de verdad me dijo que la solución era quitarlos definitivamente. Pero yo no me los voy a quitar. Moriré así. No aguantaría una cicatriz más en mi cuerpo.

“Sobre el cambio de sexo, no lo necesito.

“Las compañeras que se han cambiado el sexo me han dicho que el problema psicológico es bastante duro porque hay una mutilación en el cuerpo. Para acostarme con un hombre no necesito ser mujer totalmente o tener una vagina. Me siento bien así.

“Nunca quise tener hijos. Me basta con mis sobrinos (o los tres hijos de una hermana suya que murió de cáncer).

“Por allá, en 2012, me senté en la sala de la casa y empecé a repasar mi vida y a llorar, sin un trago, a palo seco.

“Recordé los momentos duros por los que tuve que pasar. Entonces de un momento a otro me dije: Pare de sufrir y empiece a trabajar con la gente que lo necesita.

“Así fue como hace tres años llegué a la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales (una organización sin ánimo de lucro que reúne a 665 mujeres que fueron víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado).

“Yo vivo de milagro, pero a veces recibo ayudas de organizaciones internacionales, casi todas relacionadas con la comunidad LGTBI. Fui invitada a México en 2018. Era la primera vez que salía de Colombia. En México conté mi historia. Había gais de 32 países. Apenas terminé mi intervención, todos los presentes se pusieron de pie y muchos, derramando lágrimas, me ovacionaron.

“En la Red conocí a Ángela María Escobar (coordinadora nacional de la organización). Le dije que había muchas personas de la comunidad LGTBI que teníamos que hacer denuncias como víctimas en el marco del conflicto armado. ¡Me gusta estar en la Red!

“Una vez, en un Transmilenio, una joven me escuchó hablar por teléfono y antes de bajarse me dejó un papelito: ‘La felicito por ese liderazgo, por esa fortaleza que tiene como mujer trans’, me escribió. Ese tipo de mensajes me encantan, entre otras cosas, porque yo soy amiga de la paz.

“Por eso apoyo el proceso de paz (que sellaron en 2016 el gobierno nacional y la hoy pacificada guerrilla de las FARC), así en el municipio (de Soacha) me tilden de revolucionaria, aunque revolucionaria no es querer la tranquilidad del ser humano.

“Hoy en día no me dejo faltar al respeto de nadie. No soy el burlesco de nadie. No me dejo pisotear de nadie”.

–Una última pregunta, Sara Paola: ¿Le tiene miedo a la vejez?

– Sí, le tengo miedo (afirmó llorando). Me da miedo ser una trans que ya no sea mirada.

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