Mujeres transgénero: la vida en cuatro cuadras

Del desplazamiento de la Colombia rural a vivir acorraladas en un rincón de Bogotá. Retrato de una población vulnerada.

Eran siete amigas trans y sólo quedaron vivas tres. Sin embargo, ellas también estuvieron a punto de ser asesinadas. Todas fueron víctimas de persecución y de violencia por su identidad de género. De las sobrevivientes, Olimpo recibió ocho navajazos y quedó en silla de ruedas. La atacaron por lanzar un piropo: “¡Tan lindo ese pollo!”. Otra de ellas fue apuñalada en la calle por un grupo homofóbico. Quedó coja de por vida.

La última es Piola, quien cuenta esta historia. A ella los paramilitares la desplazaron: le dieron ocho días para abandonar su casa, en Chinchiná (Caldas), por “maricón”. Su madre, a la madrugada siguiente, la llevó a la terminal y viajó a Medellín, la ciudad donde más mujeres transgénero asesinan en Colombia. “Nos ven como hombres disfrazados de mujeres, por eso se tornan más violentos con nosotras”, dice Piola.

De la capital antioqueña finalmente tuvo que huir rumbo a Bogotá, la ciudad donde, dicen, se puede ser gay o puta con libertad. Ella es sólo una de las mujeres trans víctimas del conflicto, que luego de ser perseguidas, amenazadas y desplazadas de varias ciudades del país terminan en Bogotá.

Al menos 800 personas LGBTI fueron asesinadas en Colombia entre 2006 y 2014. La mayoría de crímenes de odio (es decir, por prejuicio) a esa comunidad corresponde a las mujeres trans. Entre 2013 y 2014 fueron 30 en el país.La mayoría de ellas eran prostitutas y ejercían en la capital. Según el Observatorio de Trabajo Sexual de Parces ONG, el 90 % de las trabajadoras sexuales que viven en Bogotá provienen de otras ciudades. Buena parte se concentran en la localidad de Santa Fe, en el centro de la ciudad.

 Acorraladas

A fuerza de estar, las trans se han ganado un espacio y comenzaron a ser reconocidas como mujeres. ¿Qué se le ofrece, señora?, les dice con naturalidad cualquier tendero de la zona. Así y con todo, mujeres como Piola están acorraladas en cuatro cuadras de la capital, donde tampoco escapan de la violencia.

Eso es lo que muestra uno de los estudios del proyecto Mobilities at Gun Point, realizado por la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes y Parces ONG, que hace un diagnóstico sobre la situación de las mujeres trans víctimas del conflicto que viven en Bogotá. En total, 14 mujeres participaron en la investigación y todas tienen algo en común: luego de ser desplazadas por diferentes pueblos, hoy están confinadas en un rincón de la ciudad.

La vida de estas mujeres ha transcurrido por años entre las calles 19 y 24, con avenida Caracas y carrera 18. En esa zona, de la localidad de Santa Fe, las trans no son fisgoneadas como caricaturas, pero son perseguidas tanto por la Policía como por grupos de limpieza social. Una de las prácticas recurrentes de los uniformados, según el informe, es obligarlas a desnudarse y correr por las calles ante la risotada de los agentes.

El 47 % de las trans encuestadas aseguran que en alguna ocasión un policía les ha pedido favores sexuales para no conducirlas a una UPJ y un 73 % de ellas fueron golpeadas por ellos al menos una vez.La calle 24, además, es un paso prohibido por la presencia de paramilitares. La única forma que tienen para repeler los ataques es cortarse los antebrazos para sangrar y amenazar a los agresores con el contagio de sida.

Una de las actividades del proyecto para hacerlas visibles en otras zonas muchas no conocían otra cara de la ciudad— fue recorrer la Zona T, al norte de Bogotá. Allí soportaron algo más fuerte que la inseguridad: la discriminación.

Las trans caminaron de su barrio hasta la estación de Transmilenio más cercana, en plena hora pico. Llevaban velos y pancartas con mensajes como: “Yo soy más que Santa Fe”. En el bus encontraron miradas repulsivas. Llegaron hasta la estación de la calle 85 y caminaron hasta el centro comercial Andino. Allí se quitaron los velos y alzaron los carteles. Para terminar la visita decidieron comer en un restaurante. Una vez encontraron mesa, la plaza de comidas se desoló.

Por episodios como estos, ellas prefieren la inseguridad de las cuatro cuadras de siempre, que enfrentarse al rechazo que encuentran en el resto de la ciudad. Por eso siguen acorraladas en Santa Fe. Piola y el resto de mujeres trans que trabajan en el sector ya aceptaron que el miedo siempre circulará en el cuerpo como una segunda sangre.

Sin censo

Las cifras sobre mujeres trans víctimas del conflicto son escasas. No hay un censo en Bogotá. Colombia Diversa sostiene que, en términos metodológicos y éticos, no es sencilla la tarea. Una parte de ellas prefiere mantener en el anonimato su identidad de género por miedo a retaliaciones personales y para preservar su trabajo. Otro de los problemas, por ejemplo, es que muchas no se han inscrito en el Registro Único de Víctimas (RUV).

Las que trabajan en la localidad de Santa Fe, como saben que salir de su zona y atravesar la avenida Caracas para ir a alguna oficina distrital es un paseo entre miradas y frases incómodas, prefieren no hacerlo.

Sebastián León, investigador del proyecto, dice que el plazo para registrarse venció el año pasado, pero que le pidieron a la Defensoría del Pueblo que fuera a su sector para inscribirlas. Quedar por fuera del RUV implica no recibir apoyo jurídico, ayuda humanitaria y asistencia en salud. En lo que va del año, ocho personas han sido incluidas.

Temas relacionados

 

últimas noticias