Navidad Jeruriva

Seis familias de esta comunidad indígena fueron desplazadas de la Amazonia por el conflicto armado. Realizaron la ceremonia del chontaduro en el Jardín Botánico.

La ceremonia del chontaduro dura tres días. Con bailes y representaciones agradecen la llegada de un nuevo ciclo. / Luis Ángel - El Espectador

Seis indígenas jerurivas, desplazados por la guerrilla y el Ejército del corregimiento de La Pedrera, en el Amazonas, habitan en Bogotá, donde son confundidos con yukunas. Están sentados en la maloca indígena del Jardín Botánico de Bogotá. Es martes, 23 de noviembre. “Antes de que llegaran los blancos nosotros sabíamos lo que iba a pasar: la lucha. Por eso somos un pueblo guerrero, no nos gusta que nos confundan con otras tribus”, dice Eduardo Rodríguez Makuna, mayor de la comunidad.

La maloca del Jardín Botánico fue construida por la comunidad huitoto en 1997. Es la representación de su universo, un lugar sagrado en donde suceden las ceremonias más importantes. Los jerurivas no tienen maloca, ni casa, ni lugar dónde cultivar. Es más, no han sido reconocidos por el Ministerio del Interior y no tienen resguardo.

Isaías Román, uno de los líderes de la comunidad huitoto en Bogotá, está sentado en el occidente de la maloca, en el lugar reservado para los miembros más respetados. Observa a los jerurivas, que desde temprano están preparando el lugar para la ceremonia del chontaduro, también conocida como ‘muñeco’.

Eduardo Rodríguez expone la situación de su comunidad ante dos forasteros: “Somos 31 familias en el país, vivimos en cinco departamentos. Hablamos la lengua makuna, pero somos jerurivas y queremos que nos reconozcan como tal. Por eso vamos a hacer nuestra ceremonia, para ser escuchados. Queremos una reubicación en alguna zona rural”.

La Alcaldía de Bogotá ha acompañado a estas seis familias, que llegaron el año pasado a Bogotá, después de vivir una época en Villavicencio. Han sido valorados por la Secretaría de Salud e Integración Social.

La maloca, esa casa circular construida con madera de eucalipto, bejucos y palma real, parece deshabitada. En el fondo se puede entrever, detrás del humo que sale de la fogata, a los seis indígenas bailando, pidiendo abundancia, agradeciendo una nueva temporada que comienza en 2015.

Usualmente, en el Amazonas, la ceremonia de chontaduro se realiza en febrero. Dura tres días seguidos. Todos usan máscaras y una indumentaria ancestral, con faldas, similares a tapa rabos, y collares en el cuello. César Rodríguez, el hijo de Eduardo, explica que su padre y otros tres miembros de la comunidad están representando “a los espíritus y a los animales. Uno es un mico, otro, un perro. Luego serán murciélagos. Son varias canciones que se bailan entre 18 a 20 personas, pero hoy sólo son cuatro. Y no son tres días, sino seis horas”.

Los testigos de la ceremonia son tres indígenas huitotos, dos funcionarias de la Alcaldía y uno que otro visitante del Jardín Botánico que entra, toma fotos y quizá deja una moneda en una canasta. Canasta para las ofrendas, que deberían ser llenadas con ñame o almidón. “En Bogotá, quieras o no, cambian las condiciones”, dice uno de los jerurivas.

La ceremonia está dividida en diferentes momentos. Hay una representación del amanecer, otra de la fertilidad y una que no se puede olvidar: la del Yurupary, arquetipo fundacional para diferentes tribus de la Amazonia. Marcan el compás con el pie izquierdo, hacen chistes ante una audiencia mínima que no los alcanza a comprender, pero que ríe. Uno de ellos habla español, y entre los collares que usa aparece un rosario católico.

La chicha de chontaduro y las ofrendas son para Isaías Román y sus dos compañeros huitotos. Don Eduardo está disfrazado con una piel que parece de oso. Cierra los ojos para emitir los sonidos de la selva. “Es la Navidad indígena en Bogotá”, le explica a una madre su hijo, que mira de reojo la maloca.

 

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