Ojo a las ventas de animales

Alerta por mercado de mascotas enfermas en Bogotá. Denuncian ausencia de regulación.

Sulay Cortés acompaña a ‘Luna’, su cachorra labrador, horas antes de que la sacrificaran por padecer moquillo.  / Luis Ángel
Sulay Cortés acompaña a ‘Luna’, su cachorra labrador, horas antes de que la sacrificaran por padecer moquillo. / Luis Ángel

Primero fueron los mocos verdes. Luego, un constante y visible ahogamiento. Se llamaba Luna, tenía tres meses, llevaba apenas dos días en la casa de su nueva dueña, Sulay Cortés. Y en cuestión de un par de semanas moriría en una clínica veterinaria, tras recibir la eutanasia.

En ese corto período, la cachorrita labrador se convirtió en la nieta de una familia sin nietos, en la sobrina de una familia sin sobrinos y en la hija de Sulay, quien la había recibido como regalo de un buen amigo para ayudarla a superar una decepción amorosa que la había devastado emocionalmente.

Bogotá está viviendo un drama silencioso, que afecta tanto a las mascotas como a sus incautos compradores. Semana a semana, decenas de perros son comprados en almacenes —mal llamados “veterinarias”— ubicados en su mayoría sobre la avenida Caracas o en plazas de mercado.

Los futuros propietarios llegan allí a adquirir cachorros de todas las razas, sin ningún tipo de certificado —más allá de una simple vacuna—, para luego tener que invertir cuantiosos recursos económicos y emocionales por cuenta de las complicadas enfermedades que las mascotas padecen.

Las denuncias abundan —ante la Asociación Defensora de Animales (ADA), AnimaNaturalis Internacional y la Policía Ambiental— sin que nada se pueda hacer.

Según Milton Acosta, médico veterinario de ADA, el mal manejo que estas tiendas le están dando a la fauna doméstica las está convirtiendo en un caldo de cultivo para enfermedades parasitarias y virales, como el moquillo y la parvovirosis, ambas agresivas y letales.

“En estas tiendas estamos evidenciando el hacinamiento de animales. Además, no cuentan con especialistas veterinarios y su único afán es comercializar y ganar dinero”, asegura Acosta.

Sulay Cortés evidenció esta situación de primera mano. Cuando Luna comenzó a presentar una intensa tembladera en las patas, su ama la llevó a la Caracas con 53, donde su amigo la había comprado. Allí le dijeron que la tratarían. Luna pasó tres noches en ese lugar.

A esas alturas, es probable que la perrita ya tuviera moquillo, según le explicaron días después los veterinarios. Sin embargo, “los señores de la tienda pusieron a Luna a dormir con el resto de perros que estaban en venta”.

“Lo principal es que los lugares de ventas (de fauna doméstica) deberían separar a los animales en venta de aquellos a los que atienden, pues se contamina a los cachorros”, asegura Juan Guillermo Rubio, veterinario adscrito a la Secretaría de Salud y empleado del centro Zoonosis, único centro de manejo animal que tiene el Distrito y que ha sido duramente cuestionado en el pasado por el trato que allí les dan a los animales.

La regulación de la venta de estas mascotas está en pañales en el país y en la ciudad. Los almacenes están obligados a mantener ciertos estándares de salubridad —controlados por el Hospital de Chapinero, en el caso de la Caracas—, pero si los incumplen, no existe un lugar en la ciudad a donde llevar a los animales incautados. Adicionalmente, las autoridades han identificado que muchos de estos animales provienen de criaderos piratas —está prohibido criar animales en el perímetro urbano—, sin embargo, no hay normas que permitan a la policía realizar allanamientos.

El Espectador intentó averiguar en varios establecimientos el lugar de origen de los cachorros, pero la información fue negada. “Si le decimos de dónde vienen, mataríamos la gallinita de los huevos de oro”, declaró un vendedor.

“El problema es que la comercialización y cría de estos animales no es un delito, es una contravención. Eso nos tiene con las manos atadas”, asegura la capitán Julie Paola Reyes, de la Policía Ambiental.

El resto de entidades asegura lo mismo. En Bogotá, nadie sabe quién se debe hacer cargo de estos establecimientos. Tampoco hay mecanismos para velar por el cumplimiento de la Declaración Universal de Naciones Unidas sobre Bienestar Animal, firmada en 2008 por el Estado colombiano. Según esta declaración, los animales no deben sufrir hambre, sed, incomodidad, enfermedad, angustia ni miedo, y deben ser libres de expresar sus comportamientos naturales.

Basta con una pasada por estas tiendas o plazas de mercado, donde al año se comercializan 12.000 animales, según Andrea Padilla, de AnimaNaturalis, para darse cuenta de que esta convención es un saludo a la bandera.

El alcalde Gustavo Petro ha anunciado que transformará las políticas de bienestar animal en Bogotá, pero, a la fecha, la Secretaría de Ambiente sigue sin firmar el sonado decreto que formalizaría esta política y crearía un Centro de Bienestar Animal, para el cual ya hay aprobados $4.800 millones.

Entre tanto, decenas de bogotanos están teniendo que enterrar, sin alternativas, a sus pequeñas mascotas (salvar a Luna, por ejemplo, le costaba a Sulay Cortés más de dos millones de pesos).

Como Cortés, ahora muchos bogotanos comprenden que son parte de un problema al alimentar un mercado irregular que comercializa la vida de los animales. Y muchos eligen hoy por otra opción: adoptar a uno de los más de 4.000 perros y gatos que son abandonados cada año en Bogotá.