Peñalosa, el igualitario

Querido y odiado, Enrique Peñalosa es una de las figuras emblemáticas de la Bogotá de los últimos años. Este retrato hablado abre una serie de perfiles que publicará El Espectador sobre los candidatos a la Alcaldía de Bogotá.

Hace pocas semanas, luego del choque —sin saldo grave— de tres buses de Transmilenio (TM), Clara López, quien como alcaldesa no puede participar en política, fue sutil al culpar de este accidente al gran lunar de la administración de Enrique Peñalosa (EP). “TM ha venido perdiendo prestigio —afirmó—. El 75% de las losas se han venido deteriorando de manera progresiva y aleatoria”. Una semana después, la revista Kienyke publicó repetidas veces fotos de los acordeones rojos de TM absolutamente atiborrados, como si fueran embutidos bogotanos, omitiendo contar que hay metros más atestados que TM, como el de São Paulo, que los paulistas deben tomar cinco o seis estaciones en la dirección contraria para poder subirse.

Hace cuatro años, cuando EP enfrentó a Samuel Moreno buscando esta misma alcaldía, sucedió igual cosa: las quejas por el mal servicio de TM se desbordaron. El asunto se ha vuelto tan rutinario, que ya ni siquiera preocupa a la policía, que ha dicho en varias ocasiones: “los saboteadores de TM son activistas políticos que se mueven en épocas de campaña cuando EP es candidato”. Lo curioso es que TM es la única empresa pública en el mundo —o de las pocas— que cobra por atender visitantes extranjeros. De hecho, cientos de misiones extranjeras actualmente hacen filas para conocer —y replicar— su funcionamiento. Ello, sin contar nuestras propias ciudades que han copiado sus pasos. “Sé que hay mucho por mejorarle —acepta EP—, pero me siento muy orgulloso de ese hijo, así como de saber que cualquier estudiante de ingeniería, en cualquier parte del mundo, igual en Chechenia que en Shanghái, sabe qué es TM”.

¿Por qué este hombre, cuya experiencia es valorada en el resto del mundo, es —de algún modo— despreciado por la masa de votantes bogotana? En el imaginario popular crece la idea de que hace trece años (fue alcalde de Bogotá entre 1998 y 2000), antes que votar por él, se votó en contra de Moreno de Caro, su contrincante en aquel momento. Hace cuatro años, repite el coro, sucedió lo contrario: los bogotanos votaron no tanto por las promesas de Samuel Moreno (con el saldo que hoy se conoce), sino por evitar que él repitiera gobierno. ¿Por qué no lo quiere el grueso capitalino? ¿Incomprensión o la ingratitud aquella de la que habló Churchill cuando advirtió que “los grandes pueblos son siempre desagradecidos”?

EP vive en cercanías del parque El Virrey, el mismo que él recuperó —junto con un centenar más— durante su administración, y en el que lo esperé para esta entrevista, sentado en una banca viendo a decenas de personas trotar y caminar antes de iniciar las labores de su cotidianidad, mientras recordaba una anécdota que alguna vez él me había contado: cierto día, recién llegado de NYC, caminaba por la ciudad cuando un hombre en bicicleta, acompañado de un menor, le lanzó un insulto culpándolo de los males de Bogotá en tiempos cuando era otro quien gobernaba. Lo curioso es que ese hombre disfrutaba de una de sus grandes obras: la ciclorruta, cuyo nombre él mismo se inventó. “Sentí una extraña sensación: de tristeza por el insulto, pero de alegría por el uso que daban ese señor y su pequeño hijo a la ciclorruta”.

EP es un hombre muy alto (mide 1,94) y con unas manos tan grandes que se le dificulta escribir en su bb. Casi a sus 60, se conserva jovial. Con antelación, su hija Renata, de 24 años, me había contado de él que ama la naturaleza; se divierte subiendo a la montaña o a La Calera en bicicleta; no es noctámbulo, sino más bien madrugador; lo que más le gusta comer es queso, bien sea campesino, o brie o azul; su restaurante preferido es Di Lucca, el italiano de la 85, pero le encantan el pandebono y las mantecadas; es superactivo, nunca se cansa: quizás por cuenta de la energía con la que sale a hacer deporte cada mañana; y que en su ipod hay toda clase de música pero lo que él más escucha son rancheras (“se las sabe todas”), vallenatos (“su preferido es Alicia adorada”) y caribeña.

Luego de su paso por la Alcaldía se dedicó a dar conferencias, asesorando en temas urbanos y medioambientales. En 2009 recibió el Premio Göteborg de Desarrollo Sostenible, el equivalente al Nobel del Medio Ambiente, el mismo que años antes ganó también el exvicepresidente norteamericano Al Gore, líder mundial de esta causa. Sus charlas son apreciadas en medio mundo, lo que de entrada deja claro que, si pierde esta contienda, ya tiene su futuro laboral resuelto.

Este hombre, que lleva más de treinta años patoneándose a Bogotá de un extremo a otro, habla de ella con la pasión de los taxidermistas, de los orfebres, de los artesanos. De quienes buscan la perfección con las manos. Esta pasión que pone a todo lo que hace quizás es legado de su mamá, doña Cecilia Londoño, quien de joven tuvo un vivero que a su hijo le gustaba visitar. Ella le inculcó la necesidad de conservarse conectado a la tierra, y él aprovechó para memorizar los nombres de todas las plantas que conoce.

De su papá, en cambio, heredó —según él mismo advierte— “el afán por lo correcto, por hacer sólo lo honesto”. De él también aprendió a hacer coraza ante las críticas luego de vivir en carne propia los insultos de sus compañeros de pupitre, hijos, a su vez, de terratenientes con quienes su papá se dio la pela por la reforma agraria de Carlos Lleras. “Aprendí que cuando se lucha por la igualdad —o contra la politiquería— hay conflictos que son inevitables”. Tenía trece años cuando su familia afrontó lo que se conoce como el escándalo Vives-Peñalosa. “Siendo ministro de Agricultura, papá denunció a un congresista corrupto y éste se devolvió a atacarlo con documentos falsos. Fue un típico caso de politiquería. Se demostró de dónde el senador había sacado las firmas. Se logró por un error patológico de ortografía que este señor tenía, que era tildar la palabra no. En las cartas que había falsificado tildó los no. Fue un escándalo importante para el país y, para mí, una experiencia traumática”. De quien habla no es de otro que de Nacho Vives.

Además de aprender a blindarse de los ataques actuando como en sordina, ambos temas calaron tan fuerte en su personalidad que lo llevaron por el camino del idealismo, el mismo que en su juventud idolatró en el personaje cinematográfico Dr. Zhivago. “Como dijo el maestro Hinestrosa cuando la masacre del Palacio —afirma equiparando al rector del Externado con Zhivago—: Uno tiene que vivir como los héroes de las sagas nórdicas, siempre luchando por el bien aun a sabiendas de que el mal siempre va a triunfar”.

Otro punto que marcó su carácter fue su aterrizaje, a los catorce años, en Estados Unidos. “En mi formación —le contó a Ángel Beccassino en una extensa entrevista publicada bajo el título “Peñalosa y una ciudad 2.600 metros más cerca de las estrellas”— tuvo un impacto muy grande la época en que papá fue subsecretario de la ONU en el tema de asentamientos humanos y secretario general de la Conferencia Mundial del Hábitat”. Conocer tan de cerca esta problemática le dio la claridad, antes de los veinte, de que para Colombia, mucho más importante que la reforma agraria, era la reforma urbana.

Pero, quizás más importante que lo anterior, fue lo que esa mudanza significó en su encuentro consigo mismo: “Aprendí el valor de la constancia; que lo que produce buenos resultados, mucho más que la genialidad, es la disciplina, el esfuerzo y la persistencia”.

Luego de terminar el bachillerato, quiso seguir la Ruta de Caravanas —Turquía, Irán, Afganistán, Paquistán, India, Nepal—, pero desembarcó en París como puerta de entrada y le gustó tanto la ciudad que decidió quedarse a vivir allí. Aprendió a subsistir: trabajó en McDonalds, fue obrero de la construcción y recepcionista de un hotel en el que también lavaba platos en las noches. Tenía 22 cuando se presentó para estudiar, al tiempo, cine (en el Instituto de Estudios Cinematográficos, IDHEC) y administración pública.

A su regreso al país se metió de lleno en el cuento de la televisión libreteando una novela de su propia cosecha emitida luego por Punch. Amándote. Pero no fue su única incursión en el medio. Siendo alcalde de Bogotá, EP pensó que la mejor manera de mandar un mensaje en contra de la droga y del embarazo juvenil, dignificando al tiempo la profesión del maestro, era a través de una serie televisiva. Habló con algunos libretistas y, un par de meses después, salió al aire uno de los programas de mayor impacto juvenil de todos los tiempos: Francisco el matemático.

Pocos recuerdan que la Bogotá del siglo pasado era espantosa, aburrida, oscura, clasista. “Peñalosa fue una bocanada de aire fresco que sacó más de veinte años a Bogotá del atraso”, afirmó José Luis del Valle, taxista que recorre la ciudad en el vehículo de placas SHF 313. En todo caso, Bogotá hoy es una sociedad más colorida, de más música, más alegría, más sol, más aire libre, más vida, más educada. Una ciudad de más cosas por hacer, más abierta al resto del mundo.

“Yo nunca he conocido una ciudad con una autoestima tan baja como la de los bogotanos hace más de 15 años —asegura EP—. Gente que vivía acá desde hace una o dos generaciones, pero se avergonzaba y decía que era caldense, costeña, etc. Nadie se movilizaba en bicicleta, y hoy tenemos a 300.000 que lo hacen a diario”. Durante su gobierno se invirtieron cuarenta mil millones de pesos en arborización, haciendo una ciudad más bella y amable, tal cual se refleja en una encuesta adelantada por el semiólogo Armando Silva, donde se establece que, según la percepción popular, Bogotá ya no es una ciudad gris, sino naranja, un color sinónimo de calidez. De hecho, el 31% de los 692.000 turistas que visitaron la ciudad el año pasado afirmaron que Bogotá es “Buena, bonita y positiva, y su gente es agradable y encantadora”.

Amén de TM y la recuperación de los parques, su administración también se recuerda por las megabibliotecas y los grandes colegios públicos construidos en los barrios más populares y apartados de la ciudad; por el gran proyecto Metrovivienda; por la apertura de más de 190.000 cupos escolares; la recuperación de San Victorino, convertido hoy en la gran plaza de encuentro de Bogotá; de la zona de El Cartucho, que pasó a ser el Parque Tercer Milenio; y del centro de la ciudad. Este es uno de sus puntos claves: el espacio público como lugar de encuentro igualitario, el ágora democrática. “Por cuenta del deterioro y la inseguridad, los centros comerciales se han convertido en el lugar de encuentro de los ciudadanos. La gente no va a ellos a comprar sino a encontrarse, y eso es un síntoma de enfermedad de una ciudad”, afirma EP. Es cierto: en las grandes ciudades las mejores tiendas siempre están sobre la calle: la gente camina y se encuentra es en la calle. Sucede en la Quinta Avenida, en Vía Veneto, en calle Serrano, en Rue Saint-Honoré.

EP no es el mismo en privado que en plaza pública. “Cuando uno está con él es un hombre muy cálido”, señala Andrea Lawson, quien fue su secretaria privada en la alcaldía. “Él está tratando de hacer una ciudad con elementos viables y esenciales, como recuperar los andenes. Su concepto de espacio público es lo más equitativo y asequible”, son palabras de Patricia Castaño, directora de Bibliored, quien ha trabajado a su lado estos últimos años.

En la calle, en cambio, se escucha lo contrario: que EP es el hombre más pedante del mundo. Durante su gobierno fue llamado dictador y faraón. Su manera de ser y de actuar rompe el esquema nacional: no es ciclónico, ni de andar campechano, ni peleador, ni populista. Si bien es amable y de buenas maneras, para el común carece de eso de lo que las reinas de belleza presumen: carisma. Por eso no encaja. Como la canción de Facundo Cabral, no es ni de aquí ni de allá. Los ricos lo ven como un traidor de clase, mientras para los pobres es un gomelito estrato veinte.

Su estilo de gobierno es aristocrático, pero su discurso sobre la igualdad es moderno y democrático: es incluyente en un país caracterizado por la exclusión. “La igualdad no es que los ricos vayan con regalitos a las casas de los pobres. Es que todos se encuentren en el mismo espacio público”, sus palabras las confirman sus obras. TM, por ejemplo, o el intento por hacer de las canchas del Country un parque público, sin duda una tremenda acción de justicia social a la que los alcaldes de izquierda fueron incapaces de meterle el diente. Al tiempo, luego de esa alianza sin agresiones con Mockus y Lucho que dio origen a la Ola Verde, quizás el fenómeno político más interesante en el país en estos últimos años, su cercanía con Uribe lo avecina a la derecha. ¿Exceso de pragmatismo?

Esta contradicción confunde, porque no es la única: nadie como él ha hecho más cosas en pro del medio ambiente urbano —¡el Premio Göteburg es prueba fehaciente!—, pero se expresa duro contra los ambientalistas, quienes no lo digieren con facilidad. ¿Incoherencia ideológica? ¿Fallas en la comunicación?

“EP goza de mala imagen básicamente porque comunica arrogancia, lejanía”, afirmó un reconocido analista político, ante lo que él se defiende: “No soy muy bueno para expresarme. Los políticos son muy hábiles para nunca decir que no a nada, y yo creo que es más respetuoso decirle no a una persona y explicarle las razones”. De su pasada administración se repiten chismes convertidos casi en mitos urbanos. Que un hermano suyo se volvió “trillonario” como subcontratista proveedor de bolardos y equipamiento urbano, que su mamá se quedó con el contrato de los moños de Navidad, que otro de sus cuatro hermanos tiene acciones en todos los parqueaderos de la ciudad. De lo único que no se hace eco es que en su contra no se conoce ni un solo proceso por corrupción.

Hay quienes dicen que no tiene formación humanística, “Esto denota falta de militancia política en su juventud, restándole capacidad de retórica”. Pero lo que le falta en el discurso lo compensa con los hechos. “Lo de los bolardos es lo más curioso: la intención al construir estos mojones en las aceras de la ciudad no fue otra que recuperar el espacio público para todos los ciudadanos —recuerda EP—. Los dueños de almacenes se sintieron amenazados porque los carros no volverían a estacionarse al frente de sus locales y se encargaron de convencer a toda la ciudad de que aquello era negativo. Los de a pie terminaron respaldando a quienes les impedían caminar libremente”.

¿Ha contribuido EP a construir su mala imagen, al dejar pasar todo lo negativo que se cocina a su alrededor, al no enfrentar estos chismes y murmuraciones? “No está en su carácter hacerlo —sostiene Patricia Castaño—. Él no tiene contacto con los medios. Es un ser humano demasiado respetuoso, sin mayor relación con los Cano, los Santos, los de Polanco o los Córdoba. Es incapaz de coger un teléfono para pedir un favor”. Curiosamente, para algunos directores de medios, este rasgo no es sinónimo de respeto sino de arrogancia. Me lo dijo uno de ellos cuyo nombre, por supuesto, omito: “Él se cree tan importante que nunca nos invita a alguna reunión para que podamos colaborarle desde nuestro trabajo”. Arrogante es el adjetivo que más se escucha junto a su nombre. La mayoría de las veces se repite unido a aquella frase que advierte que él es un pésimo político pero un excelente administrador. “EP tiene cero inteligencia emocional. Él es nulo para la política —resumió cierto líder gremial antes de enfatizar—: lo que sí tiene son unas condiciones fabulosas para liderar la Alcaldía de Bogotá, pues su inmensa capacidad administrativa lo lleva siempre a rodearse del mejor equipo humano”.

“Él tiene lo más difícil, que es capacidad ejecutiva, y le falta lo más fácil, compenetración política”, asegura, en privado, cierto columnista de El Tiempo. Por su parte, el líder empresarial Mario Hernández escribió recientemente en Portafolio: “¿Queremos políticos o gobernantes? Ni lo uno ni lo otro: en Bogotá lo que necesitamos es un gerente”. Por eso hay que dejar de lado intereses personales, y hasta a los partidos políticos, y votar por ideas. Políticos que hablan bonito y saben venderse ya hemos tenido en exceso, sin ningún resultado más que el enriquecimiento personal de ellos”.

“El mundo no es todas las cosas, sino todos los hechos”, escribió Wittgenstein. EP es toro toreado, y en lugar de bla bla bla tiene una obra para mostrar. Gozó de baja popularidad durante su gobierno, pero al momento de desocupar el Palacio Liévano salió con el más alto índice jamás logrado por alcalde alguno en el país. En la ciclovía nocturna, que él instauró pocos días antes de entregar la Alcaldía, lo acompañaron más de dos millones de bogotanos. Las fotos de los periódicos de entonces muestran a decenas de padres de familia entregándoles a sus niños para que los cargara en sus hombros. Tal era el grado de confianza y orgullo que sentía el pueblo por Enrique Peñalosa. Diez años después, suena increíble que el hombre que sentó las bases para una ciudad más igualitaria esté ad portas de chamuscarse. “La memoria colectiva es tal vez una de las más débiles, de las más flacas memorias que puede existir. Nunca se debe confiar en la memoria colectiva”, escribió Roberto Bolaño, el paradigma de la nueva literatura latinoamericana. ¿Los bogotanos son los desagradecidos que indicaba Churchill o los desmemoriados mencionados por Bolaño?