Este mes se conmemora un año más de su muerte

Por el rescate de la obra del artista Enrique Grau desde Bogotá

Henry Laguado y Benedetta Salbati, amigos cercanos del artista, denuncian el olvido y la aparente desaparición de la obra de este maestro colombiano. Reclaman que se cumplan su sueño en vida: tener su museo en Cartagena.

Estado actual de la escultura “Rita 5:30” del artista Enrique Grau, en Bogotá. / Fotos: Cristian Garavito

El deterioro de la escultura Rita 5:30, ubicada en la carrera Séptima con la Av. 39 en Bogotá; que el papa no hubiera visitado la estatua de san Pedro Claver, en la plazoleta de la iglesia en Cartagena, y la venta indiscriminada de réplicas de la obra del artista Enrique Grau, quien falleció en 2004, son episodios que, para sus amigos, ponen en evidencia cómo el país ha olvidado la obra de este maestro. Su legado incluye piezas tan preciadas como la pintura en el plafón del teatro Heredia de Cartagena, llamada El triunfo de las musas, que data de 1998.

“Me preocupa ver cómo está la obra Rita. Fue puesta hace 15 años en Bogotá y la tienen abandonada. No tiene ni una lucecita.La gente va y pinta y hace lo que quiere. Por eso mi interés, y el de un grupo de amigos, es hacer algo. Esa es una obra de un artista reconocido y un ícono de su trabajo”, dice Henry Laguado, director del Festival de Cine de Bogotá.

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Su preocupación la comparte la italiana Benedetta Salbiati, quien sostuvo una entrañable amistad con el artista. Ella califica ese abandono de imperdonable. “Le hice un llamado al alcalde de Bogotá, pero dice que no hay plata, a pesar de que estén reparando otros monumentos de la ciudad. Lo de Rita es una vergüenza, tanto que cogería pintura, una brocha y la arreglaría, pero si lo hago dirían que estoy perturbando una obra colombiana y sería un problema mayor”.

Laguado y Salbiati guardan en sus casas esculturas y pinturas originales que les regaló el maestro. Mirarlas les trae recuerdos de lo que significó Grau en sus vidas y en el arte del país. Entre los dos cuentan con una colección personal que pocos conocen, excepto familiares y amigos. Aunque han querido compartirla con el país, han visto frustrado el sueño que tenía Grau de abrir en su amada Cartagena un museo dedicado a su trabajo.

Desconocen su obra

“A Grau le encantaba visitar casas de artistas reconocidos, que habían fallecido, donde conservaban sus pertenencias como las habían dejado. Mi amigo quería algo así y hoy no sabemos dónde están sus cosas. Resulta que en su estudio había unos armarios llenos de objetos personales y elementos que usó en sus obras. Nada está a la vista y ¡esa era su vida!”, resalta Laguado.

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Mucho antes de morir, el artista hizo gestiones para tener un museo en Cartagena, donde exponer su obra. Incluso, en 2003 anunció la donación a Cartagena de 1.300 obras y 4.000 libros, los cuales hacían parte de sus colecciones privadas y su biblioteca. En principio se planeó ubicar su museo en el Claustro de la Merced, donde hoy funciona la Universidad de Cartagena. Sin embargo, según Laguado, la institución lo impidió: “Pensaban que se iban a robar el patrimonio de la ciudad y el museo Grau sigue en veremos”.

Actualmente, en una casa del barrio Chicó en Bogotá, donde vivió el maestro sus últimos años, funciona la Fundación Enrique Grau. La vivienda fue restaurada en 2007 por el Ministerio de Cultura y en 2008 fue convertida en centro cultural. A pesar de que allí se exponen algunas obras y pertenencias, sus amigos dicen que este espacio no le hace justicia a lo que él fue.

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“Ni su familia ni los que dirigen la fundación saben quién era él como persona ni como artista. Lo han visto con especulación. Además están sacando una serie de copias, que venden como auténticas. Es una vergüenza, es una estafa. Eso nunca lo hubiera hecho Grau. Además están vendiendo vino tinto con su nombre y a él le gustaba el blanco”, recalca Salbiati.

Y agrega: “Lo están tratado de convertir en una marca. Lo que hoy existe, tal vez, es más práctico y moderno, pero no es Grau. Ese no era su gusto. Pintaron la casa de color taxi y lo que él quería era pasar desapercibido, con un color discreto. Las matas que sembró ya no están. A él le fascinaba el fucsia. No era gusto clásico, ¡pero era Grau! Se nota que no saben quién era él ni lo conocen. Lo han visto como un cajero, pero quienes lo conocimos no lo vemos reflejado ahí”.

Salbiati aclara que el olvido no ha sido sólo con Grau, sino también con el colombo-español Alejandro Obregón, el bogotano Antonio Barrera y el neirano David Manzur, que, según ella, conforman la generación de artistas más importantes del país de los últimos años y de los cuales se ha hecho poco eco o, por lo menos, no el que debería hacerse. Dice que el único que se escapa es Fernando Botero. “Me da pesar que el colombiano tiene amnesia, no se acuerda de las cosas, ni de las buenas, ni de las malas, y se olvida de los artistas que tuvieron en esta época”, dijo la italiana.

Entrañable amistad

Después de vivir en Nueva York, donde aprendió pintura y artes gráficas en el Art Students League, Grau se fue a estudiar a la Escuela de Bellas Artes de Florencia (Italia). Él vivía en un apartamento en la plaza Santa Croce. Fue en 1974, en una reunión con su amigo, el actor Salvo Basile, donde Salbiati conoció al artista. “Eso fue una historia de amor. Mi esposo llegó a tener celos de él. Fue un flechazo a primera vista”, recuerda la italiana.

Ver la belleza en un árbol y su contraste con un cielo azul, así como encontrar la novedad en los objetos más simples y curiosos, eran algunos de los gustos que compartía con el artista. Eso les permitió desarrollar una fuerte amistad que parece mantenerse aún después de su muerte. Dice, además, que Grau tenía un gusto particular por los disfraces, debido al ambiente carnavalesco en el que creció.

“Los costeños son alegres, son siempre un baile, no toman nunca las cosas en serio. Su vida era un carnaval”, dice entre risas, pero resalta su rectitud como amigo y como persona.

La perspectiva particular, los fondos, las proporciones en las figuras humanas son para esta mujer características de la grandeza de su obra. Recuerda su asidua lectura sobre la arquitectura griega y romana, así como sus conocimientos sobre la historia de Nueva York, que influyeron en sus creaciones.

No fue un hombre religioso ni místico, cuenta, pero visitaba iglesias por el arte que guardan. Tenía una visión de Dios como la fuerza de la naturaleza que hace florecer los árboles y una misma fuerza que comparten todas las religiones. El amor y la amistad eran, según Salbiati, sus tesoros. “El amor para Grau era algo completo. Sus amigos eran fundamentales. Se daba mucho, pensaba la amistad como un tipo de hermandad”, resalta la italiana.

Por otro lado, Henry Laguado, oriundo de Cúcuta, se acercó a Grau mediante el Festival de Cine de Bogotá, que él mismo fundó hace 35 años, ya que, dice, los artistas plásticos consumen mucho arte visual. Entre sus recuerdos destaca que él no hacía una obra pensando en una élite, aunque hiciera parte de ella.

“Él tenía sus figuras con mezclas del negro, del indio y del blanco, lo que llamó la ‘trietnia’. Hay algo que me parece maravilloso y que refleja esto: a pesar de haber tenido la posibilidad de ubicar en el centro de la plaza de San Pedro Claver de Cartagena la escultura de ese santo, optó por hacerlo en un extremo y sin un pedestal. El esclavo que lo acompaña está de pie y no arrodillado, como se representa comúnmente. Pero viene el papa a ver el templo y, aunque la obra está a seis metros, ¡no lo llevan a verla!”, recriminó.

Para conmemorar un año más de su muerte, los amigos de Grau expondrán el 3 de mayo 21 dibujos del artista en Cero Galería, en Bogotá. Durante el año se realizarán otras muestras para redescubrirlo y acercarlo más a los colombianos, y de esta forma salvarlo del olvido.

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