La Carrera Séptima en los caminos de la historia

Considerada un eje vital de Bogotá, la Séptima guarda incontables secretos de la historia, muchos asociados a la violencia o la tragedia, pero otros a la construcción de país. Breve viaje por sus memorias y recuerdos.

En febrero de 2003, el atentado terrorista contra el club El Nogal marcó la historia de la carrera séptima. / El Espectador

La historia de Bogotá pasa por la carrera Séptima. Se dice que esta vía que atraviesa de norte a sur la ciudad comenzó a construirse en el siglo XVI sobre un viejo camino indígena que llevaba hasta el poblado de Usaquén. Con el paso del tiempo se convirtió en la avenida representativa de la ciudad, a tal punto que múltiples acontecimientos llevan su sello, sin que existan suficientes referentes de memoria para exaltarlos o simplemente recordar hechos y personas que dejaron impronta en su largo trazado.

El grito de independencia del viernes 20 de julio de 1810 se dio en la Casa del Florero, situada en una de las esquinas de la Plaza de Bolívar. Hoy es un museo, pero paradójicamente, durante los sucesos del holocausto del Palacio de Justicia en noviembre de 1985 fue también puesto de mando del Ejército para coordinar la aparatosa recuperación del Palacio. En ese mismo entorno, en el Capitolio Nacional, la Catedral Primada, la Casa de Nariño o el Colegio de San Bartolomé, se desenvolvió la historia.

Unas cuadras hacia el norte, en el cruce de la carrera Séptima con la calle 16, está el parque Santander. Inicialmente se llamaba la plaza de las Hierbas porque allí estaba ubicado el mercado regional. Luego pasó a ser la plaza de San Francisco, y allí fueron fusilados algunos de los patriotas durante la Reconquista española en 1816. Después del Bogotazo, en 1948, su entorno fue renovado, y muchos hechos quedaron en su legado. Por ejemplo, el incendio del edificio de Avianca el 23 de julio de 1973, con saldo de cuatro muertos y 60 heridos.

Entre el pasado y el presente, de sur a norte o viceversa, la Séptima guarda muchos secretos. Por ejemplo, en la iglesia de San Diego, a la altura de la calle 26, la prédica sacerdotal del sacerdote franciscano Rafael Almanza desde finales del siglo XIX hasta 1927. Hoy Almanza está en camino a la beatificación, pero sus pasos comienzan en el templo sobre la Séptima. No muy lejos está el Museo Nacional, que durante 72 años fue la prisión más importante de Colombia. En 1946 comenzó su misión como depositario de la historia.

Ya en el siglo XX, cómo no referir el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán en abril de 1948, perpetrado cuando salía del edificio Agustín Nieto, sobre la carrera Séptima, a escasa distancia de la avenida Jiménez. Seis años después, en junio de 1954, en la misma zona, en medio de una protesta de estudiantes contra el Gobierno de Rojas Pinilla, un destacamento del Batallón Colombia que había regresado de la guerra de Corea abrió fuego y dejó como saldo nueve muertos y 23 heridos.

Es claro que también sobre la Séptima han tenido lugar muchos sucesos de grata recordación, pero como los recuerdos dolorosos golpean más en la memoria, tampoco han faltado las tragedias. Por ejemplo, la del martes 16 de diciembre de 1958, a una semana de la Navidad, cuando a causa de un corto circuito se desató un incendio en el almacén Vida, entre las calles 12 y 13, dejando 88 personas muertas, la mayoría mujeres y empleadas del almacén. Tres días de duelo decretó el alcalde mayor de Bogotá en aquella época.

Veinte años después, cuando la carrera Séptima ya llegaba hasta Usaquén, la historia dejó de nuevo su huella. Esta vez en el Cantón Norte del Ejército Nacional, donde se encontraba el principal depósito de armas de las Fuerzas Militares de Colombia. Hasta que, en la noche del 31 de diciembre de 1978, un comando guerrillero del M-19, a través de un túnel de 80 metros desde una casa vecina, sustrajo un lote de armas. Era la época del Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala y esa zona estuvo buen tiempo en el foco de las noticias.

En los años 80, mientras el país afrontaba los rigores de la violencia desatada por guerrillas, paramilitarismo o narcotráfico, la carrera Séptima fue testigo de varios sucesos. El ya referido holocausto del Palacio de Justicia, y al menos dos graves hechos de triste recordación. El asesinato del exgobernador de Boyacá Álvaro González Santana, el 4 de mayo de 1989, en la Séptima con 39, a la altura del Parque Nacional. La razón: una retaliación contra su hija, la jueza Marta Lucía González, que combatía con coraje a Pablo Escobar.

De igual modo, tres semanas después, en la Séptima con calle 56, el 30 de mayo de 1989, cuatro personas perdieron la vida en un atentado terrorista contra el entonces director del DAS, general Miguel Maza Márquez. Ese fue el comienzo de una oleada de violencia que entre otras ciudades golpeó duramente a Bogotá. La misma época en la que la emblemática Plaza de Bolívar se transformó en epicentro de incontables sepelios por crímenes políticos, con romería de transeúntes para el último adiós.

En el siglo XXI, desafortunadamente este recuento de graves sucesos en la carrera Séptima sumó uno que las nuevas generaciones recuerdan con horror. El atentado contra el club El Nogal, el 7 de febrero de 2003. Situado en la calle 74, el ataque terrorista, atribuido a las Farc, dejó como saldo 36 personas muertas y más de 200 heridas. Como la mayoría de los acontecimientos tristes antes referidos, no hay monumentos o placas que rindan suficiente memoria a los ausentes.

En síntesis, en la carrera Séptima de Bogotá hay muchos registros de la historia. Los pasos del general Tomás Cipriano de Mosquera cuando se tomó la ciudad en julio de 1861 en desarrollo de su guerra contra el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez; el asesinato de dirigente liberal Rafael Uribe Uribe en la Guerra de los Mil Días, ocurrido el 15 de octubre de 1914, cuando caminaba hacia el Congreso; y hasta las manifestaciones políticas de ayer y hoy, desde la trágica revuelta de los sastres en 1919, hasta las protestas de estos días.

En cada cuadra hay un sitio referencial o una historia. El edificio Murillo Toro, que rinde homenaje al pionero de las comunicaciones en Colombia; el hotel Tequendama, con largo trajinar atendiendo huéspedes ilustres; la Universidad Javeriana, que recoge memorias de miles de estudiantes; el parque Julio Flórez, que en los años 60 fue epicentro de los hippies; la casa de Carlos Lleras, atacada por la turba en 1952, o el restaurante Pozzetto, donde un alucinado excombatiente de Vietnam asesinó a casi 30 personas en 1986.

De todo ha pasado en la Séptima, aunque hagan falta más de un monumento, para que el olvido no siga haciendo de las suyas. Ahora se discute la construcción de una nueva fase de Transmilenio a lo largo de esta emblemática avenida capitalina y, de concretarse, las nuevas generaciones comenzarán a delinear para esta avenida una nueva historia. La misma que plantea el reto de conservar la paz, para que en 2038, cuando Bogotá cumpla 500 años, allí se puedan reseñar muchos hechos de concordia.