En la ciudad hay más de 1.800 sitios, de varias religiones

Reabrir los sitios de culto: una esperanza que se aplaza hasta septiembre en Bogotá

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Con luz verde del Gobierno, las iglesias se preparan para el regreso de sus fieles. La noticia las obliga a preparar estrictos protocolos de bioseguridad.

Para muchos hay un lado de la pandemia que no se ve, que es invisible y que solo puede entenderse desde una perspectiva espiritual, es decir, desde la fe de miles de creyentes que enfrentan en Colombia las consecuencias del coronavirus. Para Nicolás Francisco Garzón, párroco de la iglesia de Santa Lucía (localidad de Rafel Uribe Uribe), el cierre de un templo encarna una crisis espiritual porque, según dicta su credo, “Dios se manifiesta en la comunidad reunida”.

En un artículo de The New York Times del 10 de marzo, el periodista italiano Mattia Ferraresi escribió que “el agua bendita no es un gel antibacterial y la oración no es una vacuna. Pero para los creyentes la religión es una fuente esencial de sanidad espiritual y esperanza. Es un remedio en contra de la desesperación, pues provee una ayuda psicológica y emocional que es parte integral del bienestar”.

Por eso, junto con la contundente noticia de la muerte, el coronavirus trajo a su vez varios retos para los fieles y sus guías: aunque el Gobierno dio vía libre a la reapertura de los templos en todo el país desde el 1° de agosto (siempre y cuando las autoridades locales lo autoricen), el pico de la pandemia en Bogotá aleja esta posibilidad y los estrictos protocolos requieren, más que fe, una importante inversión económica que, en medio de la crisis que ya enfrenta el sector, pocos están dispuestos a realizar.

Catedrales en ruinas

Si bien las iglesias trasladaron el culto presencial a los hogares de los feligreses, a través de transmisiones virtuales, tras 128 días de confinamiento estas organizaciones han visto reducir hasta un 65 % los aportes voluntarios de sus asistentes. El párroco Garzón explica que hay iglesias que tienen ahorros, pero el desafío es mayor para aquellas ubicadas en zonas vulnerables, pues de las 1.800 que hay registradas en Bogotá, al menos 297 iglesias católicas se sostienen, en 90 %, con aportes de los fieles.

Según Édgar Castaño, presidente de la Confederación Evangélica de Colombia (Cedecol), la situación de este tipo de congregaciones es preocupante. “Si no pueden ni siquiera pagar un arriendo de $1,5 millones, imagínese el tema alimentario y el salario del pastor”, dice. Aunque Castaño reconoce que la reapertura de las iglesias es esencial para el desarrollo emocional y espiritual de los bogotanos, y que el sector está preparado para abrir los templos, explica que lo más importante es “cuidar la vida”.

Y es que, con más de 95 mil casos confirmados de COVID-19 en Bogotá, abrir los templos supone un riesgo. Según Claudia López, “en julio y agosto estamos pasando las semanas más difíciles de la ciudad, razón por la cual los templos y otros sitios que son cerrados y poco ventilados no se podrán reabrir por ahora”. Por eso, después de septiembre, el Distrito aseguró que “encontrará la forma de aplicar el mejor piloto que nos permita volver a orar juntos, no solo virtualmente”.

Pero no es tan sencillo como se lee. El párroco Garzón es enfático en que, en septiembre, la crisis económica será peor. “Nosotros como cristianos vamos a batallar hasta más no poder. Pero físicamente hablando va a ser difícil. La alcaldesa habla de paciencia, pero con paciencia no pagas servicios públicos al nivel que están cobrando”.

Otro reto que enfrentan los más de 1.800 lugares de culto de la capital es garantizar los protocolos de bioseguridad, que indica la Resolución 1120 del Ministerio de Salud. Si se dejan a un lado medidas como el distanciamiento de dos metros entre personas, el uso de tapabocas, el aforo de máximo 50 personas o la ubicación de las sillas en zigzag, el costo económico para hacer realidad la medida es alto.

Una cotización de caretas faciales, tapabocas, guantes, trajes antifluidos, equipos para medir la temperatura, dispensadores de gel, elementos de señalización, toallas desechables para los baños, detergentes y desinfectantes, puede ser cercana a los $2,5 millones mensuales. A su vez, desinfectar el templo, como lo exige la norma, cuesta en promedio $300.000, es decir, $1,2 millones mensuales.

Diego Martínez, pastor de la Iglesia Dios es Amor en Bogotá, cuyo promedio de asistencia en un día normal no supera las 160 personas, dice con sinceridad: “¿De dónde va a sacar la iglesia esto? Realmente son protocolos costosos y naturalmente se va a ver afectada, porque no hay plata. Eso nos obligaría a adoptar otras medidas”.

Sin embargo, los expertos en salud concuerdan en que uno de los retos más significativos es garantizar que estos espacios estén libres de COVID-19. Ivonne Ordóñez Monak, magíster y PhD (c) en salud pública de la Universidad Nacional, señala que en las iglesias hay muchas actividades que aumentan el riesgo de contagio. “Una de ellas es el canto, pues por sus características de proyección de la voz y el manejo de la respiración se convierte en una actividad que aumenta el riesgo de contagio y que genera la necesidad de que el distanciamiento sea mayor al habitual de dos metros”.

Ordóñez señala que la configuración arquitectónica de muchos de estos lugares no facilita la ventilación en un sentido que favorezca que el virus no permanezca en el aire por mucho tiempo. No en vano, según Erin Bromage, epidemiólogo e investigador de la Universidad de Massachusetts Dartmouth, de los 20 lugares con más probabilidades de contraer coronavirus, los eventos religiosos lideran la lista, junto con los hospitales.

A pesar de los desafíos, la esperanza de la iglesia ante una reapertura se mantiene firme, pues la otra cara de la pandemia que están dispuestos a enfrentar es el sufrimiento y el estrés de aquellos que se encuentran confinados en casa.

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