Repensar la luz en la ciudad

Diseñadores de iluminación visitaron la ciudad para contar sobre proyectos que han liderado para mejorar los entornos urbanos y discutir la necesidad de una cultura de la noche.

Una de las críticas de los diseñadores de iluminación es que las luces amarillas que predominan en las calles del mundo distorsionan la percepción de los colores. / Fotos: Cristian Garavito - El Espectador

¿Por qué hemos condenado las calles, plazas y parques a lugares que sólo se disfrutan en el día? ¿Cómo se ha impuesto la idea de que sin muchas luces en los espacios públicos sólo hay peligro? ¿Acaso la única forma de pensar en mejorar la iluminación en la ciudad es aumentar y aumentar el número de bombillos? ¿Por qué no transformar espacios abandonados, sucios, inseguros o solitarios, como los puentes vehiculares, en lugares que inviten a la gente a caminarlos con amigos y, por qué no, solos o con extraños? ¿Por qué no repensar otras formas de iluminar las ciudades e incluirlas como parte del diseño urbano y la planeación?

Quizá parte de la respuesta a estas preguntas pueda estar en que el alumbrado público ha sido pensado meramente como un servicio para iluminar vías y espacios. Un enfoque que ha olvidado que detrás de la luz hay toda una ciencia con capacidad de transformar espacios hostiles en lugares para frecuentar en la noche sin temores por la inseguridad. Tal es la capacidad de la luz para darles una cara distinta a las ciudades que desde hace algunas décadas hay arquitectos, urbanistas y hasta sociólogos que decidieron dedicarse al diseño de la iluminación. Y hace tres días en Bogotá estuvieron de visita un grupo de estos expertos hablando sobre sus proyectos y cómo en nuestra ciudad se puede mejorar el entorno con la luz.

La estadounidense y diseñadora de iluminación Leni Schwendinger, invitada al foro “Imaginemos la luz”, recorrió el centro histórico de Bogotá y lugares como la Plaza de Bolívar. Su impresión se resume en un contraste: la alegría de notar una arquitectura encantadora y distintiva que vale la pena preservar, y la tristeza de notar un descuido en la iluminación en una zona tan importante para la ciudad. Paulina Villalobos, también especialista en iluminación, cuenta que vio en esta ciudad lo que se ve en el resto de ciudades, una luz que encandelilla los ojos de los caminantes, que no considera la sombra como un recurso ni tiene mayores criterios de planificación.

El problema de la capital, que se repite especialmente en Latinoamérica, es que hay una percepción muy superficial de la iluminación. Esto es lo que dice Alfredo García, arquitecto de la Universidad de los Andes y miembro del grupo ClarOscuro cuando intenta explicar qué pasa con el alumbrado de la ciudad. “La luz artificial es igual de importante en interiores como en exteriores. No es un milagro, sino un elemento que tiene que venir con el espacio público. Además, hay un color naranja que es un tipo de luz que no te deja ver colores y no se puede disfrutar una plaza o un edificio”.

Escuchar a estos expertos diseñadores hace que uno perciba mucho qué tanto impacto tiene en nuestras vidas la luz de la calle y que se pregunte por más detalles sobre cómo funciona la iluminación de la ciudad, quién se encarga de prenderla, qué planes hay y si es que acaso la administración está en sintonía con una tendencia que ya tiene unos 20 o 25 años en otras ciudades del mundo.

La entidad responsable de este servicio público en Bogotá es la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (Uaesp) y desde finales de la década del 90 la empresa elegida para proveer los bombillos de las vías y espacios públicos es Codensa. Hasta 1999 las luces de la ciudad eran blancas. Se trataba de una tecnología compuesta por mercurio, que aunque era de larga duración resultaba tóxica, y por esta razón se dio el salto a unas bombillas hechas de sodio, que son las que tenemos actualmente. En total hay 337.000 luminarias, como explica Juan Carlos Oquendo, funcionario de la entidad en el área de alumbrado público. En ciudades como Los Ángeles la cantidad es de 250.000, y en Buenos Aires, con un área metropolitana similar a la de Bogotá, hay 145.000.

Para que en la ciudad cada noche empiecen a encenderse las 337.000 bombillas del alumbrado, cada una de ellas tiene un dispositivo llamado fotocelda, que percibe el momento en que la intensidad de luz solar va disminuyendo y controla el encendido de las luminarias. Cualquier falla que se genere en una zona de la ciudad es atendida por el centro de control de Codensa, donde se hace el seguimiento no sólo de la luz pública, sino también de la que llega a los hogares de unos 10 millones de habitantes de Bogotá y Cundinamarca.

Carlos Jaimes, quien trabaja en la Uaesp, cuenta que desde 2012 quedó contemplado en el plan de gobierno de la administración el cambio del 10% de las luminarias de la capital a la tecnología led, que se está imponiendo en otras ciudades. Codensa es quien tiene a cargo este proyecto para la compra de 11.000 luces para grandes corredores viales y otras 22.000 para calles del sector residencial.

Aunque quizá los bogotanos no lo han percibido, el cambio a las luces led ya ha dado los primeros pasos con proyectos piloto que se realizaron probándolas en zonas como el parque de Bosa, el parque de Fontibón, la Zona T, el CAI Rosario (ubicado en el Eje Ambiental del centro de Bogotá), en la Plaza de Bolívar, en la carrera 7ª (en el segmento peatonalizado entre las calles 11 y 13) y la fachada de la iglesia San Francisco (en el Eje Ambiental). La universidad encargada de la asesoría técnica en este proyecto fue la Nacional.

En los próximos días Codensa entregará la licitación para los nuevos 33.000 bombillos led que tendrá la ciudad. La inversión no tiene una cifra exacta aún, pero el valor estimado actualmente por cada luminaria está entre US$350 y US$500. Hoy la Uaesp le paga a Codensa unos $11 mil millones mensuales por el funcionamiento del alumbrado público de la ciudad.

La Uaesp es consciente de la necesidad de estructurar proyectos integrales que optimicen el consumo de luz, integren componentes estéticos y logren espacios públicos seguros y confortables. “Lo que hemos visto con los pilotos de iluminación led es que sí es posible obtener mejores niveles de iluminación reduciendo el consumo de energía. En la prueba de la iglesia San Francisco vimos que la gente se toma fotos, disfruta más el espacio”, reconoció Jaimes en el foro, encuentro organizado por la Cámara de Comercio de Bogotá, AsdLuz y Despacio.

Pero no todo será simplemente cambiar los bombillos actuales por luminarias led. “Es buena la luz blanca porque ahorra energía y dura más. Pero por sí sola no mejora la visión en la ciudad”, enfatiza Jaime García, de ClarOscuro. Un tema en el que coinciden los diseñadores de iluminación invitados al evento es que se deben analizar las cantidades de luz necesarias para diferentes espacios de la ciudad, pues no en todos se desarrollan las mismas actividades y se pueden utilizar distintas intensidades.

“Lo que recalcamos es que no es que la luz signifique seguridad. Obviamente si no vemos nada en la calle es peligroso para cosas básicas como caminar o por la delincuencia. Pero la solución no es reventar con luz los espacios públicos. La luz de la ciudad está hecha para el auto, no para las personas y ese es el criterio que se sigue. Las luces led tienen la posibilidad de elegir la tonalidad que se quiere”, anota la chilena Paulina Villalobos. En su país, esta arquitecta ha promovido una iniciativa llamada Noche Zero, bajo el cual han discutido el tema de iluminación con expertos que incluso han hablado acerca de los efectos de la sobreiluminación nocturna en la salud, que van desde estrés hasta envejecimiento prematuro y cáncer.

Leni Schwendinger, la diseñadora estadounidense, destaca en su trabajo la idea de hacer proyectos sencillos que cambien la percepción de la gente sobre un espacios como los puentes vehiculares. “En Nueva York hice un diseño en un paso elevado de buses que era muy oscuro. Allí se unieron la comunidad y la autoridad de transporte, y fue posible transformarlo. Era una zona donde dormían los habitantes de la calle, estaba lleno de palomas, era solitario, pero la gente ahora usa ese espacio público”. Si en los lugares públicos se pone una adecuada iluminación y se crean entornos agradables, la gente puede salir más de noche y apropiarse de una manera distinta de las plazas y alamedas, dice Plinio Bernal, director de gestión urbana de la Cámara de Comercio de Bogotá.

Dos lecciones importantes para la ciudad que resaltó Schwendinger es que se mejore la calidad de los andenes y caminos con iluminación orientada a los peatones, y que se creen pequeños ambientes de luz agradables. Ese es un comienzo.

 

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@VeronicaTellez