A reverdecer la Bogotá urbana

A propósito del “1er Encuentro de Agroecología en Bogotá Región”, organizado por el Jardín Botánico.

La agroecología es el pensamiento orgánico de todo un movimiento, en el que sin duda los pueblos (territorios campesinos, indígenas y afrodescendientes) nos han guiado con su sabiduría, pero en el cual todas y todos tenemos mucho en juego, dado que la agroecología se refiere en última instancia a las condiciones necesarias para que persevere la vida. Los movimientos en defensa de las semillas son uno de los ejemplos más claros de esta lucha por las condiciones para el florecimiento continuo de la vida.

Este movimiento surge como respuesta a las situaciones reales de tantas comunidades que a diario luchan por la viabilidad de sus modelos de vida y en contra de la devastación causada por la agricultura comercial capitalista. La defensa de los páramos como el de Sumapaz, que garantizan el agua y, por tanto, la agricultura y la vida; la defensa de la agrobiodiversidad, incluyendo la de tubérculos andinos ancestrales; la lucha contra la megaminería y el “‘desarrollo” urbano que cada vez más reducen las zonas agrícolas de la región.

Ellas iluminan caminos para pensar aspectos tales como la soberanía alimentaria urbano-rural de Bogotá; la re-localización de la economía y la agricultura urbanas; la creación de espacios para poblaciones desplazadas y el fortalecimiento y re-creación en esos espacios de los saberes agrícolas y prácticas de las comunidades de origen, así como el intercambio de semillas y conocimientos. Todas estas son metas importantes para un proyecto de Bogotá como Territorio-Región.

Pero la agroecología también se nutre de pensar en la utopía. Imaginemos que el Territorio-Región de Bogotá se circunde de hermosos paisajes salpicados de parcelas y fincas agroecológicas, y que desde allí se extiendan las redes de semillas, suelos y especies que no solo permeen la ciudad con sus múltiples productos sino que soterradamente “infiltren” de verde-vida balcones, techos, parques y lotes abandonados por toda la ciudad, como quien teje entramados para que los urbanos también podamos ser planta, hierba, fruta, hortaliza, sabores y olores de terruños que aún muchos urbanos añoramos, así hayan sido desterrado por el ladrillo y el concreto.

Reverdecer la Bogotá urbana (como nos cuentan que ha pasado en las ciudades cubanas con la agroecología urbana), ayudaría a disminuir la contaminación y contribuiría a mitigar el cambio climático global. Más allá de estos importantes fines, esta estrategia de “verdesear” la ciudad nos ayudaría a re-aprender, a existir como seres plenamente vivos y a que el pensamiento agroecológico latinoamericano esté a la vanguardia de las luchas por otras formas de pensar lo que es el campo y de producir el sustento. Esto es así, porque aunque incorpora los conocimientos académicos, se surte primordialmente de los cocimientos de las comunidades campesinas, indígenas, y Afrodescendientes.

De este modo, para utilizar una de las palabrejas que los académicos nos inventamos, la agroecología contribuye a “descolonizar” el conocimiento, es decir, a crear condiciones para que los conocimientos de los pueblos sean tomados en serio, y que no solo se busque a los llamados “expertos” cuando se trata de analizar la realidad del país, sus problemas y las posibles soluciones.

Me atrevería también a aseverar que la agroecología demuestra con creces que los conocimientos generados por las comunidades y los movimientos sociales no son ni “románticos” ni irreales, sino todo lo contrario: están anclados en un entendimiento profundo de la vida; reflejan una aguda conciencia de la coyuntura planetaria cada vez más amenazante (el cambio climático global, la destrucción acelerada de la biodiversidad, etc.) y ofrecen propuestas concretas, como lo hace por ejemplo La Vía Campesina y cada vez más grupos campesinos y étnicos en el país, para la implementación de modelos diferentes de economía y desarrollo.

Los movimientos campesinos nos demuestran que “otra agricultura es posible” y que esta es la mejor forma de promover las transiciones a ‘un mundo donde quepan muchos mundos’, para usar el término de los compañeros y compañeras zapatistas, que soy muy sabios en estos temas. Este, podríamos decir, es otro de los significados posibles del concepto organizador del congreso, Cocinar el cambio. Más bien diría que los verdaderos románticos son aquellos académicos y expertos que continúan con su creencia anacrónica en un ilusorio “desarrollo” que, como las locomotoras santistas, nunca acabará de llegar.

 

 

 

* Profesor de Antropología, Universidad de Carolina del Norte, Chapel Hill, USA e Investigador Asociado, Grupo Nación/Cultura/Memoria, Universidad del Valle, Cali.

 

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