La exposición irá hasta el 23 de agosto

Sabias montañeras: guardianas de la identidad cundinamarquesa

Las fotógrafas Tatiana Medina y Angie Franco retrataron las historias de seis mujeres campesinas de Guasca, para resaltar sus conocimientos ancestrales y tradicionales.

Teresa Rodríguez, llamada en Guasca “La abuela de todos”, es reconocida en la región por la chicha que prepara. / Fotos: Cortesía Sabias Montañeras

La abuela de todos. Así conocen a doña Teresa Rodríguez en el municipio de Guasca (Cundinamarca). Esta campesina es reconocida entre la población por dedicarse a dos cosas: hacer chicha y arepas de trigo. De cabello corto y contextura grande, conserva los conocimientos de su familia sobre la preparación de estos alimentos, que elabora para ocasiones especiales y para vender en el mercado campesino del pueblo. En su casa, una finca cercana al municipio, prepara la bebida ancestral, mientras trilla en una piedra el maíz y el trigo para hacer sus arepas.

No muy lejos de allí está Teresa González, conocida por cultivar fresas. Ella se levanta muy temprano todos los días para atender los cultivos a los que se ha dedicado desde hace 27 años. Con un temperamento fuerte y firme ha enfrentado el cáncer, que le dio como consecuencia de la constante exposición al sol, y dos heladas que acabaron con todos sus cultivos y casi la dejan en la quiebra.

Por su parte, Carmen Peña se dedica con paciencia y rigor a trabajar la lana. Ella, que se encarga de esquilar las ovejas, hilar manualmente cada hebra y, finalmente, en un gran telar en la sala de su casa, tejer como lo hacían sus abuelos, considera que esta es una costumbre que no se debe perder en la región.

“Cada una tiene una historia de mujer independiente, que representa el poder femenino dentro de su familia y de su región”, asegura Angie Franco, una de las dos fotógrafas que lideran el proyecto “Sabias Montañeras”, una serie de imágenes con las que se pretende retratar su empoderamiento en el campo y reconocer los saberes ancestrales y familiares que conservan. Junto a Tatiana Medina, Franco se dedicó un mes a encontrar campesinas destacadas en el municipio de Guasca (Cundinamarca).

En esa búsqueda conocieron a seis mujeres que realizan sus labores diarias en el campo bajo los mismos principios que heredaron de sus antepasados, pero que, además, llevan a cuesta anécdotas de valor y reconocimiento. Como lo aseguran las dos fotógrafas: “conservan saberes que no se encuentran en los libros ni en internet, porque pasan de familia en familia y parten de una tradición ancestral”.

No fue una tarea fácil, porque ganar la confianza de estas campesinas fue cuestión de tiempo. Algunas se mostraron reacias a las cámaras, a revelar sus historias de vida o los secretos de sus labores diarias. “En el caso de doña Teresa, la de las fresas, ella dejó claro desde el principio que no le gustaba que le tomaran fotos. No obstante, luego de compartir algunos días, comenzó a contarnos que una vez viajó a Panamá, nos mostró fotos antiguas de su familia y, finalmente, aceptó ser fotografiada”, dice Franco.

Desde el principio estaba claro que las fotos iban a ser a color, porque su fin principal era reconocer que esas mujeres hacían parte de otras décadas, pero que están más que vivas. Tenían claro que su interés era “resaltar sus arrugas, las marcas de su piel, la naturalidad de su ropa, así como su esmalte desgastado, la casa de adobe y que son mujeres reales”.

Es precisamente este último punto lo que más preocupa a las mujeres campesinas. Cada una reconoce el valor que tiene su trabajo en el campo, pero les preocupa que sus saberes se puedan perder con ellas. A Teresa, la de la chicha, la buscan extranjeros para pedirle que les enseñe su receta, pero son pocos los locales que se preocupan por la preparación de esta bebida ancestral. Hace poco, uno de sus nietos asumió la tarea de adelantar un festival de la chicha en la región.

Carmen hace parte de la Asociación Manos Tejedoras de Guasca, en la que enseñan a los más jóvenes sus conocimientos sobre el hilado, mientras que Clementina Barajas, una de las seis mujeres fotografiadas, trabaja con cultivos orgánicos y hace talleres a estudiantes para que aprendan a producir lo que consumen. “No hay que intoxicar nuestra tierra. Hay que tratar de alimentarla como hacemos nosotros, siempre con cosas saludables”, asegura.

Son montañeras, porque han nacido y crecido en el campo, y sabias, porque más allá de sus trabajos diarios, buscan preservar sus conocimientos ancestrales. “No nos queda nada grande y somos echadas pa’lante”, cree Teresa, la de las fresas. “Somos guardianas”, dice Clementina. “Nuestra labor es conservar la identidad y la cultura”, manifiesta Carmen. Todas están convencidas de algo: con lo que hacen a diario, realmente son unas sabias montañeras.