Héctor Éverson Hernández Beltrán

Samurái: el poeta que, con su muerte, unió al hip hop

El sueño de Samurái era hacer de la música un factor de cambio. Sus allegados lo recuerdan como un ser melancólico y solitario, pero con ganas de comerse el mundo a punta de libros y rap.

El artista se presentó tres veces en la tarima de Hip Hop al Parque. / Cortesía: Cristhian Pérez

La cultura hip hop del país tuvo esta semana una fuerte sacudida, cuando Medicina Legal confirmó que el cadáver que encontró el pasado 4 de enero, en un paraje boscoso del barrio Mochuelo (localidad de Ciudad Bolívar), era el de Héctor Éverson Hernández Beltrán, conocido en el mundo artístico como Samurái. Desde que se reportó su desaparición, el pasado 13 de diciembre, su familia, sus allegados y sus fanáticos no dejaron de buscarlo, esperanzados en su regreso con vida. No obstante, la noticia confirmó los peores presagios. Ahora la tarea de la Fiscalía es saber qué ocurrió, tras descartar que su muerte hubiera sido accidental. (LEA: La muerte de Samurái fue violenta: Medicina Legal)

Samurái nació un 4 de agosto, hace 34 años, en el Hospital de la Samaritana, en el centro de Bogotá. Sus primeros años fueron nómadas: su familia vivió entre Villavicencio y Boyacá, hasta que regresó a la capital. Fue aquí donde dio sus primeros pasos en la música y lo hizo en tres localidades: Ciudad Bolívar, Engativá y Fontibón, en cuyas calles se la pasó haciendo freestyle y compartiendo con la primera ola de raperos que hubo en la ciudad.

A finales de los años 90 formó parte de Octavo Imperio, una de las agrupaciones pioneras de Engativá, donde demostró su habilidad para la música. Aunque el conjunto no duró mucho, Héctor salió de allí a forjar su camino en el hip hop. No tuvo la oportunidad de asistir a una universidad, así que todo lo que construyó en su carrera artística lo hizo de manera empírica.

Pese a esa adolescencia callejera, quienes lo conocieron aseguran que fue una persona tímida. De carácter fuerte, pero noble. Melancólico, pero sonriente. Solitario, de muchos conocidos y pocos amigos. Su vida siempre fue una dualidad, que incluso quedó reflejada en su última producción discográfica, que tiene un título escalofriante: El funeral del tiempo. Fue un disco doble, algo que pocos artistas en el país han logrado. La primera parte la tituló Flores blancas. La segunda, Flores negras. El disco ha sido tomado como una especie de presagio. No obstante, lo cierto es que su música siempre estuvo enmarcada entre lo melancólico y lo oscuro, sin dejar de lado su barrio y a su familia. En sus letras siempre estaban presentes su hija, su madre, la poesía, la Luna, la vida y la muerte. (LEA: Samurái y Canserbero, dos inexplicables muertes que enlutaron el rap)

Fuera del rap, otras de sus pasiones fueron las letras. Era un adicto a la lectura y a la escritura e hizo de este ejercicio la base de su carrera. Según su prima Claudia Galeano, “a pesar de sus amistades y de su vida entre eventos, le encantaba ausentarse para dedicarse a leer y a escribir. Era un gran lector de poesía y novelas. A él le gustaba disfrutar de la soledad y su compañía eran sus libros, de donde salía su inspiración. Por eso, cuando desapareció, la familia creyó que había decidido alejarse. Le gustaba eso”.

Su vida en la música le quitó a Samurái tiempo con su familia. Sin embargo, siempre intentó estar en contacto con ella y no perder sus costumbres. Por ejemplo, algo que nunca dejó fue su gusto por la música “de plancha”, ya que le recordaba su infancia. “Él tenía demasiado amor por su hija, madre, hermana y esposa. Se acostumbró a vivir mucho tiempo solo, porque decía que eso lo inspiraba”, comenta Julián Condiza, responsable de los violines en las pistas de sus canciones.

Su soledad y su interés por hablar de la vida de barrio bajo, sin mencionar los líos de drogas, armas y mafias, no era gratuita. Durante las épocas de exterminio social en el sur de Bogotá tuvo que soportar la muerte de primos y amigos. Por eso, lo último que quería era volver a hablar de los temas que la gente ya conocía. “No era necesario cantar sobre el barrio y sus múltiples problemas. Por eso, sus composiciones fueron magia para quienes querían escapar de estas realidades y encontrar en el rap la mística, que sólo las canciones de Samurái transmitían. El rap de él era esperanza para los barrios”, afirma Andrés Triana, vocalista de la agrupación Afrikan Soul. 

Esta evolución que hizo a la música de los barrios también es, para Kevin Álvarez, miembro de la agrupación Voces Presas, un ejemplo para todos los que desean utilizar el arte para transformar su cotidianidad. “’Samu’ nos dejó un vacío increíble. A los artistas nos dejó una lección de humildad tremenda. De bajar egos. De ser más humanos. De superación, ya que no importa el lugar de donde uno venga. Nadie nos quita el derecho a soñar y él siempre nos invitaba a eso”, sostiene.

Tal vez lo que le faltó lograr a Samurái en vida fue la unión del hip hop. Esa meta se había convertido en una de sus obsesiones. En 2015, junto a 99 raperos, conformó el Crew de Paz, una iniciativa que buscaba hacer pedagogía entre el movimiento, para salvar la imagen del festival Hip Hop al Parque y del rap bogotano en general. El colectivo no logró su objetivo. Paradójicamente, su muerte sí. (LEA: La despedida de Samurái y el clamor por la justicia)

Francisco Mateus, quien hace 10 años oficiaba como su DJ, asegura que él “siempre quiso llevar el hip hop colombiano a otro nivel y pensaba que el movimiento no podía seguir con la imagen que estaba proyectando en la ciudad. Él quería que lo vieran como un movimiento culto y de respeto. Andaba con ese sentimiento de un ‘poeta maldito’”.

Por su parte, John Sierra, periodista, mánager y promotor de hip hop, asegura que “Samurái tuvo que ser un mártir en la cultura para demostrar que podemos respetar nuestras diferencias y estar en un mismo espacio sin necesidad de agredirnos. Demostró que el hip hop sí puede ser una familia, disfuncional como muchas, pero una familia”.

Héctor Éverson Hernández Beltrán o Samurái, al final, logró lo que se propuso. Logró hacer de la literatura la base de su música. Logró transformar su realidad a partir del rap. Logró calar en la mente de miles de niños y jóvenes, cuya realidad es más que difícil. Logró compartir tarima con gigantes del movimiento, como Canserbero, quien murió hace tres años. Logró pintar en la cara de sus familiares, amigos y gente del barrio una sonrisa de orgullo. Y ahora, con su muerte, logró unir todo un movimiento, como siempre lo soñó, no sólo para darle el último adiós, sino para elevar un clamor de justicia.