Transmilenio, en su adolescencia

Tiene 13 años y los problemas propios de esta edad de transición. Puede crecer como un adulto responsable o seguir ensayando uno que otro camino sin sentar cabeza.

Transmilenio hoy es el modo de transporte mas utilizado en la ciudad. / Archivo

Fue un bebé hermoso. Recibido con mucho amor por sus padres (el Distrito y la Nación). Fue presentado como la nueva generación de transporte sostenible: bajo costo, alta capacidad y velocidad, alto impacto positivo, confiable, seguro, distinto. Sus usuarios lo calificaron con altas notas de satisfacción. A la Nación le gustó tanto que quiso tenerlo en todas las ciudades grandes del país. Incluso promovió el desarrollo de primitos: sistemas estratégicos que reemplazarían la guerra del centavo en ciudades más pequeñas. Los otros niños han tenido algunos problemas, pero esa es otra historia.

Por su éxito inicial vinieron a visitarlo de muchos lados. Se antojaron de tener niños parecidos en México, India, Sudáfrica, Indonesia, Perú, Turquía, China y hasta EE.UU.: 140 ciudades lo adoptaron. Volvió a Brasil, su inspirador, y ahora es la novedad en Río de Janeiro, Belo Horizonte, Porto Alegre, Brasilia, además de la original Curitiba.

Tuvo una infancia feliz. Creció con nuevos cuidadores en las siguientes administraciones. Pero los últimos encargados descuidaron su sano desarrollo. Querían tener niños distintos, más modernos y costosos. Le quitaron la mesada y lo dejaron para que se defendiera sólo. No le ayudaron a crecer, a pesar de que más y más usuarios lo necesitaban para llegar a tiempo a su destino. Hoy sólo es el 27% de lo que debe ser (108 de 388 km). Pero es el modo de transporte más usado en la ciudad, con 30% de los viajes (los carros mueven 12%).

Por el descuido, en su adolescencia protestó. Dijo “no más: no me aguanto esta ropa en la que ya no quepo. Necesito estaciones más grandes para sitios críticos, nuevos corredores, más buses, más control, más cultura”. Pero la protesta no fue entendida, ni atendida. Sus cuidadores estaban más preocupados en discusiones sobre la propiedad de los medios de producción. Pero el problema era (es) de capacidad en corto plazo. Lo único que recibió el muchacho fue anuncios: te voy a renegociar la mesada, te voy a cambiar de tecnología, te voy a reemplazar por otro (más caro, por allá en el 2020). Además, se bajó el costo de usarlo para ciertos grupos y en ciertas horas. Medida bienintencionada, pero sin recursos sostenibles a futuro, porque aún está pendiente cobrarles a los carros la congestión.

Y el muchacho siguió protestando, a veces con rabietas terribles e inaceptables, de la mano de “amigos” poco deseables que querían aprovecharse de su visibilidad para no sé qué agendas. Le tocó al cuidador tomar medidas de emergencia, tal vez a la carrera, pero útiles para aliviar un poco los líos del descuido de varios años. Además de despertarse más temprano a trabajar, contar con unos carriles adicionales (quitados de un plumazo a la minoría privilegiada que se sintió abusada), llenarse de más policías y “gestores de convivencia” y asignar vagones para damas, el muchacho necesita crecer en buses e infraestructura, necesita reorganización, buena dirección y cariño.

¿Será que sí le ayudan o lo dejan echarse a perder como el tranvía municipal y los troles de la vieja Empresa Distrital de buses? La vida sigue. Por el bien de la ciudad, es mejor que el cuidador de turno le dedique un esfuercito adicional. Más vale tarde que nunca. Digo, para no repetir la historia.

 

* Exsubgerente de Transmilenio S.A.

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