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hace 30 mins

La travesía del conocimiento

195 tutores recorren a diario trochas, puentes artesanales y corrientes de río para llevarles su saber en matemáticas y lenguaje a los profesores que imparten clase en los salones más alejados de Cundinamarca.

Con un manojo de cartillas y un lapicero, 195 profesores llegan a diario a los municipios y veredas más alejadas de Cundinamarca. Su labor, después de atravesar trochas y ríos, no es darles clase a los niños que allí viven, sino orientar a otros docentes para que en sus clases logren que esos pequeños se encariñen con las matemáticas y el lenguaje.

Son tutores capacitados por el Ministerio de Educación en estrategias para transformar las prácticas tradicionales de enseñanza, como parte del programa Todos a Aprender, que beneficia a 90.000 niños y cerca de 4.300 profesores en zonas apartadas del departamento. Llevar su conocimiento a las veredas no ha sido fácil. Los tutores tienen que recorrer carreteras destapadas y puentes artesanales, pasar por corrientes de río y hasta montar a caballo para llegar a las escuelas. Cuatro de ellos narran su travesía diaria.

STELLA MORENO
Institución Talauta (El Peñón) Desde 2015 soy docente tutora en El Peñón (Cundinamarca), en el colegio Talauta, al que pertenecen 16 sedes ubicadas en zonas de difícil acceso. La sede El Valle es a la que más se me complica llegar. Debo ir en mototaxi y queda a unos 45 minutos de El Peñón. En ese recorrido, uso casco y botas para la lluvia. La zona tiene montañas empinadas a las que no puede ingresar la moto, así que camino algunos trayectos y atravieso charcos de lodo. El acceso a la sede Surcha también es difícil porque me toca pasar por un puente colgante de guadua que elaboró la comunidad. Sin embargo, saber que al final del camino me encontraré a los docentes que oriento para mejorar sus prácticas y que eso influirá en la educación de los niños, hace que las complicaciones del trayecto queden en el pasado.
 
NELSON ENRIQUE RINCÓN
Institución Limoncitos (Pacho) Cada semana salgo de mi casa antes de las 5:00 a.m. con la ilusión de llegar a la sede de Limoncitos, en Pacho (Cundinamarca), y ver el progreso de los docentes. El trayecto no es fácil. Debo coger una flota desde Supatá. El recorrido es extenuante porque las carreteras son muy malas; me demoro una hora. Al llegar, cojo un camino rural empedrado y enlodado, cuando impera el mal tiempo, y polvoroso, cuando arrecia el verano. Llego un poco cansado tras la caminata de media hora, pero, cuando me encuentro con esos chicos alegres y ansiosos de conocimiento, olvido lo complicado del recorrido. Enseñarles matemáticas me hace recobrar la energía. Oriento al profesor sobre la importancia de planear sus clases. Observo y recolecto evidencias de aprendizaje. Luego visito 16 sedes anexas de la institución Limoncitos, cada una a distancias que oscilan entre una y dos horas para hacer lo mismo que hice en la primera.
 
ANGÉLICA YULIETH PARRA
Instituto Rural Luis Carlos Galán (Yacopí) Llegar a las cuatro escuelitas que visito diariamente en Yacopí (Cundinamarca) es toda una travesía que demanda tiempo, estado físico y amor por la enseñanza. A las 6:00 a.m. empieza mi recorrido. Primero cojo un vehículo Carpati, el único medio de transporte que va hasta la vereda Terán por las condiciones de la carretera. Cuando llego, le explico al profesor las estrategias que puede usar para organizar los temas de su clase. Luego camino más de dos horas a cada una de las tres sedes del Instituto Rural Luis Carlos Galán, ubicadas en los caseríos Patevaca, Castillo y Guayabales.
El acceso allí es más difícil porque no hay carreteras sino monte. Así que me toca caminar o ir a caballo; cuando el río está crecido no puedo entrar a algunas zonas. La fuerza de la corriente no tiene piedad; arrastra todo lo que se mueve. En esos casos aplazo las visitas. Aunque no niego que el mal estado de las carreteras y las extensas caminatas me dejan sin energía, ver los avances de los profesores a los que capacito en lenguas y su disposición para seguir aprendiendo me hacen olvidar los avatares que pasé para encontrarme con ellos.
 
SONIA STELLA MELO
Institución El Hato (Choachí) Cada lunes, a las 5:00 a.m., tomo el Transmilenio hasta el Tercer Milenio. A dos cuadras de esa estación encuentro las flotas que me llevan a Choachí (Cundinamarca), municipio donde presto mis servicios de tutora. Después de un recorrido de dos horas, veo enclavado en una meseta ese pequeño pueblo de calles que no han cambiado mucho desde su fundación. A las 7:40 a.m., dejo mi equipaje en un hotel y tomo una chiva hacia la sede de la Institución Departamental El Hato.
 
Tras una hora y media entre caminos destapados que en época de lluvia se convierten en pistas de patinaje, llego a una construcción sencilla en la falda de un cerro que bordea los extensos paisajes de esas tierras. Desde que llego, hasta la hora de salida, los saludos y abrazos de los niños son constantes. Una vez en el aula, analizo la planeación que hace el profesor. Observo qué tanto se ha apropiado de los conocimientos en matemáticas y lenguas que hemos repasado y la forma como se los transmite a los niños. Al finalizar, hago una retroalimentación de lo visto y me marcho feliz de haber realizado mi labor. Así, de camino en camino, de trocha en trocha, pasan cinco días de trabajo, cada día con un docente, un nuevo reto y el cariño de los niños.