Las últimas familias del San Juan de Dios

En 2001, antiguos trabajadores del hospital ocuparon las instalaciones, reclamando liquidación y pensiones. Historia de las 11 familias que se resisten a dejar el lugar.

Andrés Torres - El EspectadorCorredor del noveno piso de la torre central, donde vive Álvaro Forero.

Despertó en el noveno piso de un hospital abandonado. Las partículas de luz se filtraron por la ventana, iluminándolo a él. Miró hacia la carrera 10ª frotándose los ojos: “ ¡Cómo ha cambiado todo! Ahora pasa un Transmilenio, el puente peatonal lo quitaron, el túnel que comunicaba al San Juan de Dios con el Materno Infantil lo sellaron. Antes la calle era concurrida por todos los pacientes que llegaban, ahora no pasa casi nadie...”. El horizonte ha dejado de ser el mismo. Solo el horizonte.

Álvaro Forero describió el paisaje cuando repasaba sus 58 años de vida. Hizo una pausa para hablar sobre lo que sucedió en 2001, año en el que se fue a vivir al noveno piso de la torre central del hospital San Juan de Dios. Desde entonces, su vida marcha a un ritmo muy distinto al de la ciudad. Los días han pasado en un lugar que parece detenido en el tiempo; las dos camas de madera, las goteras, el Jesucristo incrustado en la pared, el televisor dañado y la grabadora apagada. Lo único que ha cambiado es el calendario que cuelga en la pared; cada año es más grande por las grietas que crecen en los muros.

Recuerda que fue auxiliar de cirugía, que su último salario lo recibió en 1999, que vivía con sus dos hijos y su esposa. Amanecía con ellos. Desde 2001 la rutina es así: pasa la mañana en el hospital, almuerza en el comedor comunitario del barrio Policarpa, camina por la carrera 7ª y regresa antes del anochecer, subiendo baldes con agua para su habitación: “Voy al centro para distraerme. Es la vida del pobre, como dicen, mirar vitrinas y pasar saliva. Ya cuando llego a mi cuarto me quedo pensando, hasta que me coge el sueño”.

Hace 15 años dio un paso al costado. Sus dos hijos se fueron a Fusagasugá y lo visitan en el hospital esporádicamente. ¿Por qué decidió vivir en una sala de espera? Es lo que algunos se preguntan. La razón la comparte con 11 trabajadores más que habitan con sus familias en las instalaciones del San Juan de Dios: no han recibido liquidación ni pensión. Y si la recibieron, consideran que no fue justa. El sentimiento de descontento fue mucho más grande cuando el gobierno cerró las puertas del hospital. Antes eran 70 familias las que ocuparon el centro médico como protesta.

En octubre de 2004 la revista Cromos publicó un reportaje sobre la vida de los trabajadores que ocuparon el hospital. Los consultorios médicos pasaron a ser dormitorios comunales, los patios, algunos, fueron convertidos en huertas. A lo largo de la manzana, en donde están las 24 edificaciones del hospital, se fueron instalando familias que empezaron a habitar el lugar como una comuna independiente de la ciudad. Algunas montaron lavaderos y parqueaderos, otras simplemente se apropiaron de salas y pabellones. En ese entonces los equipos de diálisis, monitores, ventiladores y rayos X estaban intactos. El valor de las máquinas ascendía a $16.000 millones. También había un resonador magnético, avaluado en $6.000 millones

¿Qué ha sucedido desde entonces? Algunas familias abandonaron la lucha, como cuenta Carlos Guayacán, quien empezó a trabajar como camillero del hospital en 1985. “Vivir aquí es triste. Uno se puede volver neurótico, se enferma mentalmente. Muchos trabajadores prefirieron evitar eso. Antes teníamos luz y agua, pero la liquidadora la quitó y eso ahuyentó a muchas personas. Algunas compañeras murieron esperando”. De Edilmira Arias, la mujer que convirtió los patios en huertos, dicen que se cansó y prefirió vivir con la pensión de su esposo.

De los equipos no se sabe mucho. Los trabajadores dicen que cuando cortaron la luz el resonador dejó de funcionar y quedó obsoleto. El liquidador del hospital, Pablo Leal, tampoco tiene conocimiento sobre el estado de los equipos. Hasta el momento se sabe que planea venderlos en $3.000 millones, pues cuando el Distrito tomó en arriendo el centro médico, los equipos fueron cedidos al liquidador.

Las causas que originaron la ocupación del hospital siguen siendo las mismas: inconformidad por liquidación y pensiones. En la última década han sucedido algunos cambios: la liquidadora nombrada en 2006, Anna Karenina Gauna Palencia, dejó el cargo en 2013, después de que la Contraloría determinara un hallazgo fiscal por $11.579 millones bajo su gestión. El alcalde Gustavo Petro anunció en campaña que recuperaría el San Juan de Dios. Algunos obstáculos le han salido al paso: aunque realizó un acuerdo de compraventa del hospital por $150.000 millones con el liquidador, la venta no ha podido hacerse efectiva por dudas en el certificado de tradición de la edificación; algunos dicen que no le pertenece al liquidador y que, por ende, no puede venderlo. Por eso el Distrito tomó en arriendo el San Juan por $750 millones.

A la sombra de todos los eventos promocionados por la Alcaldía para anunciar la “reapertura” del San Juan está otro factor sin resolver: la situación laboral de los antiguos trabajadores del centro médico. El liquidador le dijo a El Espectador que está “en paz y salvo” con los 3.640 trabajadores en lo que se refiere a prestaciones sociales. Reconoce, sin embargo, que hace falta pagar $113.000 millones por seguridad social y pensiones. Por tutelas y demandas interpuestas por los trabajadores tendría que pagar $352.000 millones.

No será tan fácil convencer a las 11 familias de que abandonen el hospital. Una historia que los mantiene en pie es la de Rigoberto Chávez, residente del pabellón San Lucas. Su esposa, María Marlén Aguirre Serna, falleció en 2011 después de contraer cáncer en el hospital. Era enfermera del centro médico y vivió desde el cierre con su esposo, luchando por una liquidación.

Llegaron al edificio San Lucas, donde los médicos desinfectaban a los heridos y realizaban cirugías. Con dos niños de cuatro y seis años se acomodaron en la parte trasera del edificio. “A Floralba se la llevó el cáncer. A Gloria, la que vivía con Teresa, también. Luego fue mi esposa, que literalmente dio la vida por este hospital. Entró a trabajar en el 87”. Hace dos años y tres meses no tiene luz en el pabellón. Comparado con trabajadores como Álvaro Forero y Carlos Guayacán, que duermen en habitaciones oscuras de un piso 9, Rigoberto tiene dos pisos iluminados, con espacio para cocina, lavandería y cuartos para sus hijos.

En la mesa del comedor tiene una carpeta con fotografías del hospital. En una aparece él, apresado por un policía: “Yo veía que trasteaban equipos y sacaban aparatos y me oponía. La policía me atacó por eso. Cuando han venido de la Alcaldía les he dicho que hasta que no me paguen las acreencias laborales de mi esposa, no me voy de acá. Uno de mis hijos se fue, mi esposa murió, yo no voy a abandonar la lucha tan fácilmente”. Sus hijos estudiaron en el colegio Jaime Pardo Leal, cerca del hospital. Sin luz ni agua, la vida comenzó a dificultarse. Cada día pasan menos tiempo en el pabellón.

El 9 de noviembre de 2009, Rigoberto y su familia estuvieron cerca de la muerte. Cuando descansaban en uno de los cuartos traseros, el techo del pabellón se desplomó. Por fortuna, el que cubre las habitaciones permaneció intacto. La sala central del segundo piso quedó cubierta de escombros: “La muerte de su madre y la caída del techo los afectaron psicológicamente, empezaron a estudiar menos, se sentían desmotivados”, dice Chávez mientras recorre la sala, cubierta con las bases de madera que quedaron después del derrumbe. Por este episodio, la liquidadora argumentó que las familias debían ser desalojadas, pero ellos se resistieron.

Desde hace unos meses, a Rigoberto lo acompaña una enfermera que vive en el hospital Materno Infantil: Mélida. “En total somos cerca de 800 trabajadores del Materno los que todavía reclamamos por nuestros salarios. Viviendo en el hospital, somos 10 familias”. Para las familias del Materno la vida es menos complicada. Como el centro médico está arrendado al hospital La Victoria, cuentan con agua y luz. Rigoberto debe, por el contrario, recoger agua cuando llueve. Para ver televisión, algunos trabajadores utilizan baterías de carros.

En la última década los trabajadores han dejado de compartir espacios. Se cruzan y levantan la mano para saludar cuando salen a trabajar. Rigoberto es cheff, Carlos trabaja instalando cortinas o pintando casas, Mélida es estilista. Cada vez pasan menos tiempo en el hospital, quizá para evadir la depresión o la locura: “Soy Roberto, vivo en el edificio de salud mental con mis dos hijos de 15 y 14 años. Ellos no saben qué es una casa normal, porque nacieron acá. Siempre les he dicho que miren hacia afuera, que se visualicen en otro lugar. Porque sí, yo sé que existe el problema, pero no estoy metido en él. Sé que si me meto, puedo terminar en caminos difíciles. Salgo, vendo frutas, empanadas en la calle…”. Carlos lo interrumpe y cuenta que una de las habitantes del noveno piso ha comenzado a perder lucidez: “Rosalía sale por las noches y grita por el hospital que le paguen, que le den su liquidación. Es una situación que muchas veces da miedo”.

La semana pasada los residentes del San Juan fueron testigos de una ceremonia sin precedentes. El presidente Juan Manuel Santos visitó el hospital con el alcalde Gustavo Petro para anunciar su reapertura. Hubo aplausos, esperanzas, porque en los últimos 15 años el centro médico ha sido ignorado. Pero este evento no fue suficiente para ellos. En una reunión con funcionarios de la Alcaldía, los habitantes del San Juan reiteraron que mientras no les paguen, el hospital seguirá en coma.

Temas relacionados