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hace 1 hora

Un costurero como acto de resistencia al olvido

Madres víctimas del conflicto tejen las historias de sus hijos, que fueron asesinados y presentados como guerrilleros muertos en combate. Su meta: cubrir el Palacio de Justicia con los retazos.

Lilia Yaya, integrante del costurero de la memoria, plasma en la tela parte de su historia y su anhelo de paz. /Luis Ángel

Tejer para no olvidar. Coser para que los recuerdos se conviertan en paz y oportunidad. Bordar para intentar llenar espacios habitados por quienes ya no están, por aquellos que fueron arrebatados por la guerra y la codicia. Reparchar con tela esos daños y utilizarla como lienzo y pañuelo. Contar historias que reclamen justicia, verdad y reparación. Crear objetos llenos de recuerdos. Construir memoria.

De eso se trata el Costurero de la Memoria, un colectivo que integra a las madres de las víctimas de los falsos positivos de Soacha y, últimamente, a otras víctimas del conflicto armado. Estas mujeres se reúnen cada jueves y, como una tradición, se sientan a tejer las historias en común y por las que, a pesar del tiempo, siguen luchando: justicia por la muerte de sus familiares, que fueron secuestrados y luego asesinados, en 2008, para hacerlos pasar por guerrilleros muertos en combate.

“Nuestro lugar es el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación del Distrito. Allí llegan y se reúnen a hacer memoria. Se cuentan las historias a través de las telas, pero también se dialoga para ayudarse entre ellas. Mientras se cose se habla y mientras se habla se decanta el dolor”, dice Francisco Bustamante, integrante de Minga, asociación que representa judicialmente a las víctimas en siete de los casos de falsos positivos.

El costurero, que han bautizado con el nombre de Kilómetros de Vida y Memoria, nació hace dos años, después de dos hechos. El primero, un proyecto llamado Mesa de Chanchiros, en el que también se realizaban actividades similares, pero que no tuvo resultado por la falta de integración de las organizaciones y las víctimas. El segundo, la historia de Blanca Nieve Meneses, a quien los paramilitares le asesinaron y desaparecieron a cuatro de sus cinco hijas. Después de buscarlas con mucho esfuerzo, Blanca encontró sus cuerpos y los enterró en Soacha. En medio de su duelo se le ocurrió la idea de hacer una colcha grande con los retazos de la ropa de todas ellas: faldas, vestidos, camisetas... no dejó nada de su clóset. Y mientras la hacía, lloró y lloró, tejió hasta que se desahogó y terminó el objeto, en el que volvió a reunir a sus cinco niñas.

La unión de las telas

Víctor Fernando Gómez era un celador que vivía en el municipio de Soacha. El 23 de agosto de 2008 desapareció junto con otros dos jóvenes. La última persona que lo vio fue su hermano menor, a quien le comentó que se iría a trabajar a la Costa Atlántica, pues le habían ofrecido un trabajo. Víctor no volvió a llamar. Nunca se supo nada de él hasta septiembre de ese año, cuando le notificaron a su familia que había sido encontrado en Ocaña, Norte de Santander. En ese momento todo fue confusión, sobre todo para su madre Carmenza Gómez, quien solo se preguntaba qué había pasado. La respuesta llegó al instante: a su hijo se lo habían llevado las Fuerzas Militares para asesinarlo y hacerlo pasar como guerrillero.

Carmenza, que es una mujer seria y de pocas palabras, narra su historia en su tela, donde además hay espacio para lo que ha venido después: un proceso judicial que ha tardado casi siete años y que hasta el momento solo ha dado como resultado sillas vacías, que ha añadido al paisaje de su experiencia. Ella borda las audiencias en donde no hay acusados ni condenados. Ella cose la impunidad. Con su arte, ella exige justicia.

También está el caso de Jacqueline Castillo. Su hermano, Jaime Castillo, de 42 años, desapareció el 10 de agosto de ese año, en extrañas circunstancias. Él era vendedor de dulces y limpiaba vidrios. Dijo que iría a almorzar a la casa de un familiar, pero tampoco volvió a llamar. Luego apareció entre la lista de guerrilleros muertos en combate.

Para estas dos mujeres, el trabajo del costurero ha sido la manera de llevar el dolor a cuestas, pero en especial de mirar al futuro. Aunque si bien son conscientes de que son familiares de los falsos positivos, también siguen siendo abuelas, madres, amigas y tienen una vida por delante. Por eso, no solo reclaman justicia, sino que también crean una comunidad de apoyo y un espacio de creatividad. “Esto no solo es acordarse de lo malo, sino transitar al futuro”, dice Jacqueline. Delantales, cojines, colchas, telas, toallas de baño y bolsos son algunos de los productos que inventan. Claro está, no son solo cosas. Para ellas hay un valor agregado: son objetos cargados de memoria.

Pero ellas no son las únicas víctimas en el proyecto. También hay otros casos, como el de Lilia Yaya, que sigue en la lucha por dignificar el nombre de su padre, Luis Eduardo Yaya, uno de los asesinados de la Unión Patriótica. “Lo que hacemos es un acto de resistencia al olvido. Es un acto político, exigiendo la dignificación de nuestros muertos y justicia”. En su telar tiene inscrito el año 1989, cuando lo mataron.

Pero hacer tantas telas tiene un objetivo: ellas quieren seguir plasmando su historia, no solo la de sus familiares, sino también la suya, la de sus vivencias antes de la tragedia, para crear una sola tira que le dé la vuelta al Palacio de Justicia. De los casos que se han contado hasta ahora no hay ninguno en el que la justicia colombiana haya emitido fallo. De los falsos positivos, solo uno. Aún hay 19 mamás que esperan una condena, pero que además tienen que aguantar amenazas, olvido e impunidad. Son 19 mamás que solo esperan que sus hijos estén descansando en paz. Esa misma paz que ellas buscan en Colombia, a pesar de su ausencia. Su arma para hacerlo: seis máquinas, hilos, agujas y telas de un metro por un metro y medio.

Un nuevo comienzo

El costurero también es un espacio de diversión. Aquí no solo se teje la memoria. También otros sueños, nuevos proyectos. Por eso, estas mujeres están pensando en convertir su idea en una empresa. Así lo cuenta Claudia Girón, directora de la Fundación Manuel Cepeda Vargas.

Girón manifiesta que aunque apenas es un boceto, esta idea podría convertirse en una salida económica para estas mujeres, que en su mayoría son de escasos recursos. Además, es promover el emprendimiento y un nuevo comienzo, en el que se involucre también la sociedad y se integre a las víctimas y dejen de verse como un grupo lejano de la realidad. Pero lo más importante, según la directora, es “contrastar la narración oficial y escuchar otras versiones, que permitan recuperar el asombro ante la barbarie y la injusticia”.

 

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