Un hombre de libros y basura

José Alberto Gutiérrez montó una biblioteca en el sur de Bogotá con libros desechados. Ahora le piden que haga lo mismo en las regiones.

El anaquel de cristal parece aprisionado entre tanto libro. El hombre se acerca a él. Abre la puertica transparente, tantea con certeza y escoge un pequeño folletín. Sus páginas parecen húmedas de lo viejas, pero su título permanece intacto: Mi cuarto libro de lectura.

El hombre apenas comienza a recorrer con la mirada los dibujos desteñidos de la cartilla, cuando una ráfaga de niños irrumpe en la sala. Parecen venidos de todas las esquinas del barrio Nueva Gloria, localidad de San Cristóbal, un encumbrado sector de la ciudad donde el viento sopla helado y que parece vigilar, por detrás, las laderas de Ciudad Bolívar.

Como todos los días, después de las dos de la tarde, el movimiento apenas comienza en la casa de José Alberto Gutiérrez. Los niños revolotean por los cuartos de la casa y sacan aceleradamente los libros de una biblioteca que posa de infinita. Luz Mary, su esposa, camina entre tanto, seria y vigilante, revisando las torres de libros empacados en cajas que se apilan por todo el lugar.

En pocos días Luis Alberto tomará los libros empaquetados y los meterá en un camión. Éste saldrá serpenteante por el laberinto que es el barrio Nueva Gloria al encuentro de una tractomula, que durante 20 horas los llevará hasta el puerto de Turbo, Golfo de Urabá. Allí, el envío remontará el río Atrato en una panga hasta llegar a Río Sucio, ese pueblito chocoano de casas con zancos, donde una mujer recibirá lo que serán los primeros libros de la nueva biblioteca comunitaria Martin Luther King.

Muchos niños correrán para abrir las cajas recién llegadas, sin saber, quizás, un detalle fantástico: muchos de los libros recién llegados habían sido abandonados en un bote de basura, en alguna esquina de la ciudad de Bogotá.

La timidez

Hace ya varias décadas, cuando llegó con sus padres a un pequeño barrio que nacía entre saucos de flores blancas, José Alberto Gutiérrez nunca se iba a dormir sin rezar el rosario y escuchar los cuentos que su madre le leía, sacados de pequeñas cartillas escolares.

A los 14 le llegó ese síndrome de timidez aguda, con la que algunas veces se aparece la adolescencia. La timidez le llegó al mismo tiempo que una cruda revelación: o dejaba el colegio o comían en su casa. La pobreza le saboteó los estudios y lo obligó a aprender a manejar para ganarse la vida; la timidez lo condujo a refugiarse en los libros, que buscaba con dedicación por el centro de Bogotá. Así dio con La odisea, con La conducta de la vida, de Alexis Carrel, y hasta con un título cuyo autor no recuerda, pero que le “creó una revolución adentro”: Cómo vencer la timidez.

¿El autor? “No lo recuerdo hermano, pero desde entonces descubrí en el libro a mi mejor amigo”.

La basura

Antes, incluso de que encontrara el primero de los 10.000 libros que rescataría de la basura, José Alberto Gutiérrez podía no tener un peso que ofrecerle a una mujer, pero sí una modesta y leída biblioteca. Con eso bastó para encantar a Luz Mary Gutiérrez, una niña de 19 años de Pasca, Cundinamarca, que se la pasaba soñando en costuras y diseños, y con quien se casó a los 22 años.

Se pasaron a una casita de dos pisos, a pocas cuadras de donde José había crecido. La misma de paredes blancas sobre las cuales hoy se lee una cita de Jorge Luis Borges: “Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres” y de la que cuelga un pendón con el nombre de esta casa convertida en biblioteca “La fuerza de las palabras”.

—Se lo pusimos con mi hija, por que en la Biblia se habla de la fuerza de la palabra. Es que lo que uno habla es un decreto, por eso es que siempre debe uno cuidarse de decir palabras negativas, algo así como la ley de la atracción.

Recién casados, Luz Mary montó un taller de modistas para las vecinas y José Alberto consiguió trabajo en Limpieza Metropolitana (Lime) como conductor de camión de basura. Le asignaron un circuito en el occidente de la ciudad. En esas rondas nocturnas comenzó a encontrarlos.

El primero fue un ejemplar de Ana Karenina, edición Bedout, impreso en 1967. El libro no sólo se convirtió en el comienzo de una aventura que hoy lo tiene recolectando para comunidades en 11 municipios del país, sino que fue la puerta de entrada a la que considera la prosa más bonita de la historia de la literatura. Quiso la ley de la atracción que sucesivamente José Alberto se encontrara entre los containers de basura que debían ser despachados al relleno sanitario de Doña Juana otras novelas de Tolstói. Un día era La muerte de Iván Ilich, otro día El padre Sergei, y entre uno y otro decenas de “tesoros” encajados y listos para ser sepultados junto a cáscaras hediondas y pañales desechables.

Las palabras

Las vecinas copiaban en un papel los vestidos con los que salían las actrices y las presentadoras en televisión, compraban la tela de su preferencia y luego se la llevaban a Luz Mary para que confeccionara la réplica por encargo. De eso se trataba su negocio en el barrio.

Un día las señoras comenzaron a reparar en la biblioteca, que crecía gradualmente, invasiva, extendiéndose por las paredes del primer piso como si buscara escaparse. Allí estaba la novela que tenían que leer sus hijos para la escuela. También los libros de ciencias y de matemáticas. Cuando menos se dieron cuenta, las mujeres del barrio comenzaron a entrar con modelos de vestidos y salir con libros en la mano.

Entonces, como si de una hada madrina se hubiera tratado, en cuestión de meses la casa de José Alberto se convirtió en biblioteca, su mujer en bibliotecaria, sus hijos en titiriteros, cuenteros, relacionistas públicos, y él, en reciclador de libros.

Así lo presentaron los pocos medios que en 2006 supieron de sus andanzas. También los organizadores de la Feria del Libro de Guadalajara, adonde lo invitaron a compartir su experiencia. Allá contó la historia de “La fuerza de las palabras” y cómo la noticia de su biblioteca se regó por el sur de Bogotá, hasta llegar al Sumapaz, donde varias comunidades le encargaron las primeras bibliotecas.

Gracias al viaje a Guadalajara el mundo supo de él. “La historia del hombre que levantó cinco bibliotecas desde la basura”, anunció la revista Enie, de Buenos Aires. “El milagro de Nueva Gloria”, tituló la escritora Almudena Grandes, en una sentida columna publicada en el diario español El País.

La moraleja

Con todo este bombo resulta sorprendente el que aún hoy no reciba ningún tipo de apoyo financiero y que su equipo de trabajo siga siendo el mismo: su esposa, que dejó la costura y ahora gestiona la apertura de las 11 bibliotecas que les han encargado en comunidades del Chocó, Santander y Boyacá; sus hijos y cuñados, que paralelo a sus profesiones organizan talleres lúdicos en la salita de Nueva Gloria, y él mismo, que hoy maneja una volqueta con la que recorre la ciudad de seis de la noche a seis de la mañana y con cuyo salario paga el camión con el que esporádicamente recoge los libros que le donan.

Debe ser la timidez. La misma que le impide, después de una hora y media de conversación, contar que hoy es candidato al Concejo de Bogotá. “La Alianza Indígena de Colombia lo invitó a ser candidato. ¿No te lo contó?”, pregunta una joven voluntaria que trabaja con él.

“¡No sabía que podía!”, responde él con sonrisa nerviosa, cuando se le hace el reclamo. Y, sabiéndose descubierto, pregunta con recato, “¿usted sí podría mencionar en su artículo que ando de candidato? ¡Sería buenísimo! Sólo acepté porque pensé que así puedo montar más bibliotecas.

José Alberto dice que en Colombia hay que montar una biblioteca en cada barrio. Que así se podría educar en 20 años a toda una generación de colombianos. “La lectura es el símbolo de la esperanza”, repite.

Los esporádicos artículos de prensa que le dedican le han fraguado un suministro esporádico de libros. Con su biblioteca a revantar, ahora se dedica a recolectar lo que le llega, para luego enviarlo a las comunidades que se las encargan.

Sólo se reserva para sí unos pocos libros, intocables, esos que están guardados con recelo en el pequeño anaquel de cristal. Ahí están el Ana Karenina, el libro de Carrel que le salvó la adolescencia, una edición bilingüe del Corán y las cartillas que alguien hace poco le donó, las mismas que le leía su mamá en las noches frías de San Cristóbal, cuando en Nueva Gloria florecían los saucos.

José Alberto pasa delicadamente sus páginas y se detiene en el cuento de la gallina roja. Es una historia que nunca olvidó: viene el invierno y la gallina recoge trigo y el resto de animales se niegan a ayudarla. Cuando llega el invierno, sólo ella tiene pan para alimentar a sus pollitos. Los animales le ruegan que comparta, pero la gallina se niega.

José Alberto recita la fábula como si se lo contara a un niño, y resume la moraleja como si fuera un decreto: “Para poder progresar es necesario ayudar”.

Si le quiere donar libros a José Alberto Gutiérrez contáctelo al 313 2867352.

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