Un museo de arte urbano a cielo abierto

Un australiano decidió inventarse una novedosa estrategia de turismo: mostrar el arte urbano de las calles de La Candelaria.

Toxicómano, uno de los artistas más reconocidos de la ciudad. Fotos: Cristian Garavito - El Espectador

A Bogotá ya no sólo la adornan los paisajes de las montañas, ni Monserrate ni sus calles llenas de ladrillo y cemento. Si bien todo esto hace parte de esta ciudad, hay un nuevo elemento que se ha convertido en pieza clave para que el resto del mundo reconozcan a la capital de Colombia: el arte urbano o el grafiti. Lo que resulta paradójico es que los colombianos aún no son conscientes del turismo que puede traer el arte urbano. Ahora, en medio de la Semana Santa, muchos visitarán iglesias y subirán a Monserrate, pero centenares de extranjeros llegan hasta un rincón de La Candelaria para buscar a un australiano llamado Christian Petersen, quien desde hace cuatro años formó una iniciativa llamada Bogotá Graffiti Tour.

A Petersen le bastó una visita en 2001 para enamorarse de Colombia y del arte de las calles de Bogotá. Quería que la ciudad fuera reconocida por este arte. Así que decidió, junto con un compañero y su esposa colombiana, darle vida al cemento bogotano.

El recorrido del color

A diario miles de personas recorren La Candelaria. Sin embargo, pocos notan, por el afán o por la misma rutina, que en esas calles están plasmados los dibujos de decenas de artistas colombianos y extranjeros reconocidos a nivel mundial. Rincones llenos de historias, que dan la sensación de que hay una nueva ciudad. En las tiendas, en las peluquerías, en los hostales hay algo que decir y que solo dos extranjeros decidieron mostrar con su arte. Ya lo habían hecho en Nueva York, en Londres, en Buenos Aires y hasta en Melbourne, ¿por qué no hacerlo en Bogotá?

Desde entonces, todos los días hay una persona a las 10:00 a.m. en el Parque de los Periodistas, esperando a un grupo de personas para recorrer las calles de La Candelaria. Reinaldo García es el guía. Nació en Colombia, pero se crio en Estados Unidos. Conoce en detalle los sucesos que han marcado la historia de nuestro país, así que, más allá de ver los grafitis, entender técnicas y conocer artistas, los visitantes del tour se llevan la historia de Colombia, las anécdotas y los personajes que han marcado nuestra memoria colectiva hasta el momento: la conformación de las tribus indígenas, negociaciones de paz, el Plan Colombia, los falsos positivos. Y no es que solo se quieran nombrar aspectos negativos, sino que el arte urbano cumple con una función fundamental: darles forma a las inconformidades, los duelos y las protestas ciudadanas. Para algunos puede sonar como si se mostrara una mala imagen, pero las palabras de Reinaldo producen un efecto contrario: tenemos un país que intenta avanzar y encontrar otros espacios, como el arte.

Durante las casi tres horas del recorrido a pie por las calles de La Candelaria, el guía comenta también sobre los buenos restaurantes de la zona, las costumbres, las curiosidades de los lugares, como el de una peluquería donde cortan el pelo gratis todos los miércoles con la condición de que la estilista escoge qué hacerle al cliente. Los visitantes ríen, se enternecen y se conmueven con las anécdotas. Los artistas urbanos en Bogotá crearon una nueva forma de percibirla: los destellos de color de Guache, las denuncias políticas de Toxicómano y las imágenes indígenas de DJLO son los que más llaman la atención de los turistas. Pero son muchos más artistas los que son nombrados durante esta experiencia: Lesivo, Chirrete Golden, Gris, Dast, Beek, N.N, Ark, Kochino, Franco, Yurika, Cero, Ruiz.

Lindsay Gibbs, una turista norteamericana que realizó el recorrido, asegura que esta idea es valiosa porque, a diferencia de otras ciudades, Bogotá ha dejado de estigmatizar el arte urbano. Durante el recorrido se sorprende cuando oye a Reinaldo decir que en la capital colombiana es permitido pintar en ciertos espacios autorizados por la Alcaldía y que en varias ocasiones son los propietarios de estas casas los que piden que sean adornadas por las obras, pues muchas de ellas se han deteriorado con el tiempo.

Hasta 2011, esta actividad era ilegal, pero después de la muerte del joven grafitero Diego Felipe Becerra por el disparo de un policía cuando se encontraba pintando en la localidad de Suba, las autoridades decidieron apostar por una nueva norma que no prohibiera la actividad, pero que la regulara. En 2013 se firmó el decreto 75, que pretende promover grafitis responsables.

El costo del tour es voluntario. Usualmente las propinas oscilan entre los $20.000 y los $30.000 por persona. Casi siempre van extranjeros, por eso se hace en inglés, pero también lo hay en español. Ahora esperan que el proyecto crezca. Ya lograron estar en la posición número dos en la aplicación de TripAdvisor en los planes que se deben hacer en Bogotá.

En esta ciudad son varias las inconformidades que expresan las personas que la habitan y aunque están en el aire rondando, son pocos los que deciden hacerlas visibles. Dentro de ese reducido grupo están los artistas urbanos, que narran en las paredes de los altos edificios historias de amor, sucesos del conflicto armado, costumbres, personajes emblemáticos y que decidieron, a través del arte, hacer memoria. Ahora son pocas las calles que no tienen un dibujo, una historia, un pensamiento, una postura, una idea. Sí, Bogotá ahora es la ciudad del grafiti.