Un siglo y medio de asaltos a iglesias en Bogotá

Los robos en los templos católicos no son raros. Hay registros de un caso que conmocionó a la ciudad hace 158 años. Incluso, este año se desmanteló una banda dedicada a atacar esos lugares sacros.

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El barrio Chicó amaneció ayer con la noticia del asalto a la iglesia Inmaculada Concepción, donde seis hombres atracaron a 15 personas. La Policía ofreció recompensa para quien delate a los sospechosos. Pese a la sorpresa, la situación no es nueva en la ciudad. Es más, hay antecedentes desde 1858. 

El 14 de junio de ese año, cuando el sacerdote de la iglesia La Capuchina, en San Victorino, iba a empezar la comunión, abrió el cofre y “se postró de rodillas y con voz ahogada por entrecortados sollozos, exclamó alzando los brazos al cielo: |¡Piedad, Señor, para tu pueblo!”. El cura no encontró la custodia, recipiente que contiene la comunión.

Entonces ese no era un acontecimiento común, tanto que el fiscal del caso los descirbió así “se sintió en la población de Bogotá grande alarma, porque en la noche anterior se había cometido uno de aquellos hechos raros en su especie, que, arrastrando consigo el mayor escándalo, tienden a herir los más sagrados sentimientos del hombre”.

El crimen fue relatado por el historiador y escritor caucano José María Cordovez: “No bien se hubo cerrado la puerta del templo cuando, de debajo de unos de los altares de las naves, salieron dos hombres que parecían sombras: subió uno de ellos al altar, y, sin trepidar, alzó con una mano la punta del velo, y con la otra tomó la custodia y la puso sobre el ara; en seguida descendió y apartó la custodia que le hacía estorbo para abrir el sagrario donde estaba el copón lleno de hostias consagradas; sacó la de la custodia y la puso sobre el altar; destapó en seguida el copón y regó sobre el mantel las formas que contenía; desprendió la cruz de oro y esmeraldas que coronaba la custodia, se la metió en uno de los bolsillos del vestido y entregó las alhajas al compañero, quien las colocó debajo del mismo altar que les había servido para ocultarse”.

Los culpables del robo que lleno de congoja a la piadosa sociedad bogotano no tardaron en ser capturados. Se trataba de Francisco Bernal, el autor principal, y Justiniano Rodríguez su ayudante. En 2001, 143 años después, La Capuchina volvió a ser objeto de asalto. Esa vez, el sacerdote y uno de sus colaboradores, que terminaron heridos, evitaron el hurto que intentaron perpetrar dos mujeres.

En estos tiempos, ese tipo de crímenes ya es común. Solo en abril del año pasado, por ejemplo, la iglesia del barrio La María, en Ciudad Bolívar, fue atacada tres veces, en las que se llevaron hasta las hostias. Y en mayo de este año, fueron capturados tres hombres que hacían parte de Los Ateos, una banda dedicada al hurto de los templos, que solo en una ocasión, de una iglesia de Fontibón, se habían llevado $18 millones.

El caso más reciente, entre tantos, se había presentado el pasado 2 de noviembre, cuando una pareja entró a la parroquia Nuestra Señora de Luján, en la localidad de Engativá, preguntando por los requisitos para comenzar un curso prematrimonial. Cuando pudieron acceder al despacho del cura, amordazaron a dos empleados y se llevaron objetos religiosos, cobijas, limosnas y hasta hostias. Ahora, las autoridades están tras la pista de los atracadores de la Inmaculada Concepción, cuyo ataque, en plena hora de recogimiento católico, quedó grabado en cámaras de vigilancia.