Una fundación en contravía

El escritor y periodista Gilberto Castillo, con su obra “Caminando en el tiempo”, abre el debate sobre los detalles de los orígenes de Bogotá.

Existen diversas versiones sobre la fundación de Bogotá que Gilberto Castillo expone en su libro.Luis Ángel

Ni Gonzalo Jiménez de Quesada era el adalid que nos sacó de la ignorancia, ni los líderes de los muiscas eran simples consumidores de chicha. El primero era un abogado mediocre que se metió a conquistador para reivindicarse con su familia, a la que había llevado a la quiebra. En cuanto a Quemuenchatocha y Tisquesusa, zaque y zipa respectivamente, eran dos guerreros que terminaron enredados en sus propios errores. El primero fue derrotado por su egolatría, que lo llevó a considerarse divino, y el segundo era un jefe que se durmió en los laureles y por cobarde terminó derrotado por los europeos (Vea también: Jiménez de Quesada, el homenajeado)

Las reflexiones son del periodista y escritor Gilberto Castillo, quien esta semana presenta la reedición de su novela histórica Caminando en el tiempo, en la cual recobra los acontecimientos que dieron lugar a la fundación de Santa Fe de Bogotá, para desbordar las versiones manidas de la historia oficial y aportar un relato en torno a las bárbaras secuencias de la conquista española y la resistencia indígena. Una obra producto de diez años de investigación en Pasto, Quito, Panamá y Bogotá, con una mirada histórica y literaria de eventos y personajes revisados (Vea también: El mito del Chorro de Quevedo)

Según Castillo, en los tiempos de la conquista española existía la ley del mayorazgo, es decir, que sólo el hijo mayor heredaba los bienes de sus padres. Los demás, que sólo tenían capa y espada, debían buscar fortuna. De ese contingente de “hijos del desamparo castellano”, como escribió Pablo Neruda, surgieron casi todos los peninsulares que se trasladaron a América. Entre ellos, los tres que se pelearon el privilegio de ser los descubridores de la sabana de Bogotá en 1538, antes de enfrascarse en una pelea ante la corona española que terminó ganando Jiménez de Quesada.

No obstante, en vez de la historia oficial que los enmarcó como dadores de la religión católica o el idioma, tal parece que la verdad los ubica más como oportunistas. Jiménez de Quesada era inteligente y tenía don de mando, pero era un alzado que había arruinado a su familia y se destacaba más por ser jugador de cartas y poco amigo de las mujeres. Su rival, Sebastián de Belalcázar, era iletrado astuto y ambicioso y había huido a América acusado de matar burros. Nicolás de Federmán era un contabilista cruel que prestaba dinero de un emporio alemán.

Incluso, el autor va más allá y asegura que la famosa fábula de las doce chozas que el 6 de agosto de 1538 dieron lugar a la fundación de Bogotá no corresponde a la verdad exacta. Fue el iletrado Belalcázar quien le hizo ver los errores de su hazaña. En contraste, no existe suficiente memoria para exaltar al tercer imperio más importante del mundo indígena, después de los aztecas de México y los incas del Perú. Por eso, Castillo sostiene que lo que se enseñaba en las aulas, a pedazos y maquillado, contrasta con lo que se puede desentrañar acudiendo, por ejemplo, a los cronistas de Indias.

Incluso, sobre Jiménez de Quesada existen visiones que lo ubican como un judío converso al catolicismo para no ser expulsado de España y que realmente las doce chozas de la supuesta fundación de Bogotá no fue un homenaje a los doce apóstoles que acompañaron a Jesús, sino a las doce tribus de Israel del Antiguo Testamento. “Realmente, el famoso fundador de Bogotá era un marrano, como les decían a los judíos conversos, pero la historia lo ha exaltado más que a Nemequene, promotor del más importante código de leyes en los tiempos muiscas”.

La controversia está servida, pero lo único claro para el catedrático y académico de la historia de Bogotá es que buena parte de las mañas, costumbres o genética colombianas provienen también del cuestionado talante de los conquistadores españoles, entre ellos el tan mentado Gonzalo Jiménez de Quesada, quien, como sus pares, fue un protagonista más de la arrasadora conquista que acabó de paso con la memoria del imperio de la sal indígena y su panteón de dioses y leyendas.

 

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