Una noche en la plaza donde nació Bogotá

El Chorro de Quevedo, ubicado en el corazón del barrio La Candelaria, ha sido testigo de incontables historias. Dicen los historiadores que fue allí donde Gonzalo Jiménez de Quesada, cansado de viajar desde Santa Marta y luego de batallar contra los muiscas, decidió fundar una ciudad.

La mayoría de los callejones que rodean el Chorro de Quevedo están adornados con grafitis que recuerdan a los pueblos indígenas colombianos. / Cristian Garavito
La mayoría de los callejones que rodean el Chorro de Quevedo están adornados con grafitis que recuerdan a los pueblos indígenas colombianos. / Cristian Garavito

Bogotá se caracteriza por ser una ciudad dinámica, cambiante y siempre moderna, sin embargo, entre tanto cemento todavía es posible encontrar retazos de la capital de antaño que hay que conocer. De éstos, uno de los más famosos es el Chorro de Quevedo, un punto que representa con bastante facilidad el espíritu del barrio La Candaleria, atractivo por su escena cultural y gastronómica.

Pero el encanto del Chorro radica en su historia. Esa pequeña plazoleta empedrada es la que vio nacer a Bogotá, pues aunque no existan documentos que lo comprueben, dicen los historiadores que fue allí donde Gonzalo Jiménez de Quesada, cansado de viajar desde Santa Marta y luego de batallar contra los muiscas, decidió fundar una ciudad.

Hay que aclarar que el Chorro ya era importante antes de que la capital tomara su nombre oficial. Cuentan los libros que Jiménez y compañía hicieron la elección por la excelente vista y ventaja estratégica que ofrecía la explanada donde se ubica. Después de todo era desde allí que los zipas, anteriores gobernantes del territorio, descansaban, observaban y controlaban toda la sabana.

Ya han pasado 478 añosy este lugar se ha transformado por completo. Su nombre actual lo toma de la fuente pública construida en 1832 por el padre Agustín Quevedo, que fue destruida 30 años después con la caída de uno de los muros. Más tarde, en 1969, el Chorro regresó con la reconstrucción de la plazuela, que se basó en imágenes y maquetas antiguas.

Con una nueva cara, la plazuela paso de ser un pueblito pequeño en medio de un cerro bogotano a un punto cultural recomendado incluso en las guías para viajeros. Acá la oferta es tan multicultural como la ciudad, pues mientras unos disfrutan del grupo que canta Más, de Robi Draco, en la esquina, los otros llegan atraídos por las ocurrencias de los cuenteros y las hazañas de los cirqueros que se paran todas las tardes en busca de aplausos y monedas.

Rockeros, raperos, extranjeros, estudiantes y peatones de todas partes y estratos de la capital colman los recovecos del Chorro en busca del restaurante o el bar ideal, la mayoría refugiados en casonas antiguas. Aunque está prohibida la rumba, se disfruta de todo tipo de música y comer desde el plato más gourmet de la carta del Gato Gris, hasta la arepa más cargada de la esquina del Callejón del Embudo, por donde se entra a la plaza.

Para llegar hay que olvidarse de las direcciones, pues acá las calles, adornadas con grafitis que rememoran el pasado indígena de Colombia, se olvidan de los números y toman nombre propio. Tal es el caso del Callejón de las Brujas, que, cuenta Camilo Dueñas, fue bautizado de esta manera por las señoras de La Candelaria que solían sentarse a echar chisme todos los domingos.

Dueñas, quien ha trabajado en diferentes tiendas y restaurantes de La Candelaria durante 12 años, es según los habitantes del barrio, la persona a la que hay que acudir si se quiere aprender más sobre las historias que suceden alrededor del Chorro y sus callejones, a fin de cuentas, dice que está escribiendo un libro al respecto.

Como él, son muchos los que aclaran que no todo es cultura y alegría en la plazoleta. Sandro Olarte, vigilante del programa Corredores Seguros de la Universidad Externado, cuenta que a veces el ambiente se pone difícil, pues el sector también es atractivo para ladrones y redes de microtráfico. Nada más el jueves pasado, durante la jornada de ciclovía nocturna, detuvo a cuatro personas que entregó a la Policía, que hace presencia en la zona.

No obstante, Dueñas asegura que tanto visitantes como habitantes y autoridades hacen lo mejor para tratar de mantener el ambiente lo más tranquilo posible. Después de todo, la mayoría de quienes transitan por el sector sólo buscan disfrutar de un vaso de chicha, como en los tiempos en los que los zipas vigilaban la sabana.