Yo estuve

Una pesadilla llamada Doña Juana

Este año se cumplieron dos décadas del derrumbe en el relleno sanitario. A los habitantes de las zonas aledañas les preocupa no sólo que se repita el hecho, sino el considerable aumento de moscas, ratas y olores insoportables.

Cada día son arrojadas 6.000 toneladas de basuras en Doña Juana. / Cristian Garavito

Bastan menos de 10 minutos en el interior del relleno sanitario Doña Juana para entender por qué sus vecinos no paran de protestar. En sólo ese lapso pueden subir unos cinco camiones recolectores hasta la enorme montaña de 50 metros de basura, en cuya cima se ubica el sector II del relleno, el que actualmente se está ocupando. Sólo esos cinco camiones pueden dejar más de 37 toneladas de desperdicios, de las 6.000 que llegan a diario a Doña Juana. Caminar entre esa montaña no sólo es nauseabundo, debido a la asfixia que produce la mezcla de olores, sino también preocupante, cuando se piensa en qué tanto puede aguantar ese lugar si los bogotanos seguimos enviándole la misma cantidad de desperdicios al día.

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Al caminar por el relleno, lo mejor es dar cada paso mirando hacia el piso, para no tener que contemplar el panorama apocalíptico. La mente queda en blanco y cada pensamiento empieza a tejerse sobre esa extraña sensación de deambular entre la porquería que dejamos todos los ciudadanos.

“¿Sobre cuántos gramos, o toneladas, de mi propia basura estaré parado?”. “¿Por qué hay tanto plástico, cartón y otros elementos que bien pudieron reciclarse?”. “¿Qué debe pasar para que todos pensemos en lo que ocurre después de hacerle el nudo a cada bolsa de basura que ponemos en la calle?”. Entre muchas otras, esas son algunas de las preguntas que nacen al dar pasos entre ese monstruo de desechos que hay en el sur de la ciudad.

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Pero al subir la mirada y ver cientos de casas a pocos metros del basurero, nace otra pregunta mucho más profunda: ¿cómo puede existir vida cerca de un lugar de estos? Resulta que a menos de 500 metros de Doña Juana están los barrios Mochuelo Bajo y Alto. El Mochuelo Bajo es habitado, en su mayoría, por personas que trabajan en el relleno y que llegaron hace muchos años, cuando el basurero estaba en la mitad de su capacidad. En cambio, el Mochuelo Alto es una vereda, con zonas mucho más rurales, donde prima la población campesina que cultiva frutas y hortalizas aprovechando la fertilidad de la tierra.

Este 2017 fue especialmente difícil para los habitantes y vecinos del relleno sanitario. Primero, porque en septiembre conmemoraron los 20 años de un episodio que, sienten, se puede repetir en cualquier momento: el derrumbe de 1’200.000 toneladas de basuras sobre el cauce del río Tunjuelo. Segundo, porque fue otro año más viviendo entre moscas, ratas, ruidos y malos olores, algo a lo que ningún ser humano podría acostumbrarse ni con el paso de muchos años. Y tercero, porque su relación con el Distrito y el operador empeoró, a tal punto que se confrontaron en varias protestas en las que exigieron el cierre del relleno.

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¿Quién mejor que los propios campesinos para explicar cómo es vivir y trabajar con el ruido de las excavadoras de fondo y el olor permanente de una montaña de basura?

“Este año fue terrible para quienes habitamos en Mochuelo Alto. Ratas, moscas, olores inmundos. En la mañana, apenas se abre la puerta de la casa, se encuentra uno con un olor nauseabundo. Hay bebés de meses, niños y adultos enfermos. Tenemos mucha gente sufriendo por diferentes enfermedades leves como gripes y fuertes como el cáncer. En Mochuelo Alto somos campesinos y nuestro único error ha sido trabajar la tierra”. Las palabras son de uno de los líderes de la vereda, que no puede creer cómo la ciudad les regresa basura luego de que envían alimentos a la ciudad.

“Estuvimos llenos de ratas y moscas que no nos dejan ni trabajar ni cocinar. Esto ocurre porque está todo destapado. Los camiones van, botan las basuras, y no se tapa lo suficiente. Les pedimos al Distrito y al CGR -operador del relleno-una pronta solución. Es algo muy cruel”, sentencia otro campesino que ha vivido toda su vida en el Mochuelo.

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En Doña Juana hay un trabajo permanente de operadores que se encargan de fusionar arcilla y cal con las bolsas que llegan, así contengan elementos reciclables, pues a esa altura del proceso ya están contaminados. Pero dicha labor no es suficiente. En Doña Juana se necesita más trabajo para reducir la presencia de vectores, y así lo hacen saber sus vecinos.

Este año hubo mala operación y maltratos por parte del operador. Fue un año difícil. Tanto así que tuvimos que hacer varias manifestaciones frente a las puertas del relleno sanitario para que fuéramos escuchados. Se han logrado algunas cosas, pero, en términos generales, fue un año crítico para los vecinos y habitantes del sector”, sostiene un habitante y trabajador más del lugar, quien, además, hace una última petición sobre el mayor suplicio en su comunidad. “Pedimos más acciones, especialmente en cuanto a la problemática de salud de quienes están en la zona”.


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