Una vida detrás del paro de transporte

Luisa Páez hoy tiene comprometido su patrimonio. La operadora a la que le cedió sus buses está en quiebra y ahora su futuro y el de su familia están en vilo.

Actualmente, Luisa Páez tiene seis vehículos. Uno de ellos ya lo entregó a Egobús / Cristian Garavito - El Espectador

A Luisa Páez no le da miedo salir a marchar y enfrentarse a los Escuadrones Antidisturbios, a pelear por lo que, según ella, ha tenido que trabajar fuertemente en los últimos siete años: su negocio de buses, que está en vilo por la implementación del Sistema Integrado de Transporte Público (SITP). Durante el paro de transportadores, que se vivió a comienzos de esta semana, no dejaba de impresionar que esta mujer delgada, rubia, de labios gruesos y cara fina estuviera en medio de centenares de hombres, entre ellos propietarios y conductores de buses tradicionales, que protestaban por la medida de Pico y Placa que le impuso la administración a sus vehículos. Y sorprendía porque era la única mujer que, con pancarta en mano, le exigía a gritos al Distrito que salvara a Egobús y Coobús, las operadores del SITP que hoy están en quiebra e intervenidas por la Superintendencia de Transporte. La razón: allí tiene invertido todo su capital. “Que la administración responda. Que esas empresas nos paguen las rentas atrasadas. Alcalde Petro, ¡siéntese en la mesa!, que los más afectados de este sistema somos los pequeños propietarios”, gritaba mientras recorría la avenida Ciudad de Cali.

No había duda de que era una de las líderes, así no hubiera estado en la mesa de negociación. Bastaba con preguntarles a los transportadores que la rodeaban, para que respondieran que su vocera era Luisa.

Ella habla rápido, es histriónica y no tiene filtros a la hora de cantar las verdades. Es joven, pero tiene el respeto de este difícil gremio que, como ella dice, es “fastidiosamente machista”. A sus 28 años tiene dos hijas, Camila y Valeria, a quienes les dedica la mayor parte de su tiempo. Eso sí, sin descuidar su negocio. Hace siete años conoció a su esposo, Luis Muñoz. “Lo conocí en el matrimonio de una tía y desde ahí nacieron dos romances: el que tengo con él y mi amor por los buses”, expresó Luisa.

Su historia la narra mientras recorre un taller de mecánica ubicado en la avenida Boyacá con calle 37 sur. Está elegante y maquillada, aunque con la sencillez que la caracteriza. Está pendiente de cada cosa que hace su mecánico, quien repara uno de sus buses, que se acababa de varar. “Tenemos seis vehículos, que están afiliados a la empresa Cootranspensilvania. Mi esposo empezó con este negocio antes de conocerme. Fue conductor de su propio carro y como le iba también, empezó a comprar más. Hay que decir siempre la verdad: este era un negocio muy rentable, ya que al día transportamos casi 300 pasajeros en cada carro”, dijo mientras revisaba cada pieza del bus.

Luisa quedó embarazada al año de estar con Luis. Se fueron a vivir juntos y ella se involucró en el mundo del transporte público colectivo. “Cuando éramos novios, lo acompañaba en los recorridos y recibía la plata de los pasajeros. Luego —se limpia las manos llenas de aceite— fuimos creciendo y contratamos conductores. Fue cuando me dediqué a las cuentas y a toda la organización que este negocio implica, como ir a los talleres a hacerles mantenimiento a los carros, ir por las cartulinas (papel que pide la Policía que certifica que no es transporte ilegal), sacar los permisos de rodamiento y, ahora, un último trámite que se volvió imprescindible desde hace ocho meses: ir a Egobús a pedir que paguen la renta atrasada”. Ahí está el punto por el cual ella y los otros pequeños transportadores salieron a marchar.

Pero en esta película hay que retroceder hasta 2009, cuando el entonces alcalde Samuel Moreno, hoy en juicio por el carrusel de la contratación, aseguró que en su mandato se implementaría un sistema integrado de transporte que acabaría con la guerra del centavo. Así que su administración dividió la ciudad en 13 zonas y abrió la licitación para adjudicar cada una a empresas operadoras de transporte público. En 2010, los propietarios de los buses tradicionales hicieron un paro para exigirle al Distrito que los incluyera en este plan. Fue así como llegaron a un acuerdo y nacieron las operadoras Egobús y Coobús, que agrupa a los pequeños transportadores.

“Nos pintaron el negociazo. Entregábamos nuestros buses y Egobús nos pagaría durante 24 años una renta mensual, que sería del 1,5% del costo del vehículo. Pasado ese tiempo nos iban a pagar el carro completo. Los demás operadores, como Masivos, sólo compraban los buses y ya”, aseguró la transportadora. La renta varía, por ejemplo, por un bus modelo 2005, que se pagan $2,4 millones mensuales, mientras que por uno 2010, alrededor de $3 millones.

Como la salida de los buses tradicionales era inminente y no había reversa sobre la decisión, Luisa y su esposo “se subieron al SITP” e inscribieron sus vehículos en una de las empresas operadoras. Ellos, por oferta, eligieron sumarse a Egobús y en 2012 entregaron uno de sus seis buses. Los otros siguieron en su empresa tradicional. Al principio y hasta diciembre del año pasado el operador pago puntual la renta. A partir de enero dejaron de hacerlo.

¿Qué pasó con los operadores de Egobús y Coobús? Como la demanda de pasajeros del SITP no fue la esperada, ya que muchos buses tradicionales seguían circulando, llegaron los problemas financieros. Y a pesar de este panorama, las empresas seguían comprando carros y pagando los costos de circulación (gasolina, conductor, permisos, etc.), razón por la que las ganancias se fueron esfumando.

Según cifras del Distrito, aún hay 8.000 buses antiguos que circulan por la ciudad, lo que genera que el SITP esté perdiendo casi $5.000 millones diarios. Ante este problema, el alcalde Gustavo Petro dispuso de $300.000 millones para impulsar la chatarrización de los buses tradicionales e imponerles pico y placa. “Digamos que el pico y placa fue el Florero de Llorente -dice Luisa-. Pero ahí hay más historia. Lo que a nosotros nos preocupa realmente es que estas empresas están quebradas y ya no podemos cambiar de operador. Ahí están mis carros, uno que ya entregué y cinco que están comprometidos con Egobús. No sé qué va a pasar. Nadie nos responde, ¿por qué le decimos al Distrito que responda? Uno, porque ellos le dieron la licitación a Egobús y Coobús. Y dos, porque en nuestro contrato dice que en caso de incumplimiento, es la administración y Transmilenio los que deben asumir la responsabilidad”.

Hoy están con Egobús, pero no quieren entregar los carros que tienen comprometidos. Según el Distrito, los buses modelo 2005 en adelante pueden ser pintados de azul y pertenecer al sistema. Los modelos anteriores tendrán que ser chatarrizados. De los vehículos de la familia Muñoz Páez, tres podrán pertenecer al SITP y los otros serán chatarrizados. Paradójicamente el único de sus buses que está a disposición del Sistema Integrado está deteriorándose en el parqueadero Pastranita, en la localidad de Kennedy, que es un cementerio de buses azules.

Desde que lo entregaron, Egobús lo dejó allí y a la fecha no ha rodado por las calles de la ciudad. Al hablar de esta situación, la expresión de Luisa es de profunda tristeza, al ver su bus al lado de lo que hoy podría considerarse chatarra. La mayoría de los vehículos que están allí parqueados no tienen llantas y las latas están siendo corroídas por el óxido y la intemperie. Según Luisa, “duele mucho que lo que construimos en una década termine así. El transporte público era nuestra vida y ya entendimos que nos toca vender, que tenemos que buscar otro negocio. Pero este capítulo de nuestras vidas queremos cerrarlo bien y si para eso nos toca armar otro paro, lo haremos”.

Como Luisa, hoy hay centenares de pequeños transportadores que no saben qué hacer ante este panorama. A ella la angustia la incertidumbre de no saber qué pasará con su patrimonio y que probablemente, ya que, como ve las cosas, parece que nadie podrá sacar de la quiebra a los dos operadores que representan a los pequeños transportadores. Por eso, insiste en que no está de acuerdo con que se haya levantado el paro, porque, según ella, no hubo ningún cambio. “La medida de pico y placa siguió y las rentas que debía Egobús y Coobús serán pagadas por el Distrito, aunque desde octubre. Es decir, que el saldo de $27 millones, de los nueve meses anteriores, jamás lo pagarán. La verdad es que ahí no pasó nada. Hicimos paro para nada”.

Por ahora el alcalde Gustavo Petro y su gabinete siguen evaluando las salidas para salvar a Coobús y Egobús. La implementación del SITP les ha costado a los bogotanos $850.000 millones y se estima que podría aumentar a $1 billón. Sin embargo, a la espera de que eso suceda, Luisa y su esposo siguen con su vida de pequeños transportadores, porque por ahora hablar de un futuro promisorio no es más que una quimera. Y aunque saben que el florero que desató el paro ya está roto, Luisa no descarta que la situación se vuelva a complicar y, como ella lo dice, “la batalla continúe”.

 

 

 

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Laura Dulce Romero

Bogotá

Una vida detrás del paro de transporte

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