La vecina del alcalde

Con una gran maleta de desdichas a cuestas, duró poco más de 20 años trabajando en la esquina de la décima con décima, en Bogotá.

Con un pantalón negro, unas botas café brillantes, mitad gamuza, mitad algo que parece cuero, y una indispensable chaqueta blanca que reza en letras negras: ‘Bogotá Humana’, Patricia* Pérez Hernández corre de aquí para allá por una sede de la Secretaría de Integración Social, en la localidad de Los Mártires, ejerciendo su labor de promotora social. Lo hace todos los días de Dios de siete de la mañana a cinco de la tarde. Ella es la encargada de apoyar los programas dirigidos a las prostitutas y a los habitantes de la calle. Por ejemplo, un taller de panadería. O uno de maquillaje. En su casa del sur, en el barrio Quiroga, la esperan todas las noches sus tres hijos y cuatro nietos.

Esta podría ser la historia de una simpática abuelita, redonda y bajita, que almuerza de doce a dos y se desdibuja en el abundante río de empleados públicos que también corre, cumple horarios y llega por las noches a su casa en un transporte público a punto de reventar.

Pero en los 1,48 metros de altura y 58 kilos de peso de Patricia hay guardado mucho más que eso. Así lo entendió el mismísimo alcalde de la ciudad, Gustavo Petro, quien en febrero pasado conoció a la mujer y sostuvo con ella una conversación que es preciso contar aquí:

— Patricia, ¿y tú qué haces?

— Doctor, yo soy bachiller y tengo estudios técnicos del Sena.

— ¿A qué te dedicas?

— Doctor, yo soy vecina suya, aquí a dos cuadras de la Alcaldía. Ahí me paro desde hace 20 años, frente a la Droguería Rosas, a trabajar de prostituta.

***

En todo el tiempo que duró en la calle desde 1991 hasta abril pasado, ahí en toda la esquina de la carrera 10ª con calle 10ª, en pleno corazón de Bogotá, los peores minutos que vivió Patricia no fueron por cuenta de ninguna puñalada. Ni de los golpes en la cara que las colegas veteranas le propinaron a la puta nueva, que con las caderas firmes de los 28 años arrasaba con la clientela. Tampoco por un cliente violento.

Su hija mayor acababa de hacerla abuela primeriza cuando la familia, hace doce años ya, se enteró de que el trabajo que hacía Patricia todos los días de diez de la mañana a cinco de la tarde no era en ninguna oficina. La hija menor lo intuía desde hace rato, porque siempre veía que la mamá guardaba en la cartera falditas de colores brillantes.

La mujer lo contó y lo cierto es que no generó mucho drama: no hubo llantos ni mayores reclamos. Fue puro amor práctico: los tres hijos de Patricia —que este noviembre cumplirá 49 años, aunque pareciera tener al menos unos 10 más— entendieron que si habían tenido la fortuna de gozar de algunas comodidades en un barrio pobre, si habían podido estudiar, estrenar ropa e ir a restaurantes de vez en cuando, fue porque su mamá se acostaba cada 15 minutos con desconocidos que la restregaban a su antojo y al final le dejaban entre $10 mil y $20 mil por polvo.

Pero entonces los malos ratos vinieron cuando su único varón fue llamado a prestar servicio en la Policía como auxiliar bachiller, justo en la zona en la que Patricia trabajaba entaconada casi siempre al lado de la misma puta gorda de siempre.

La orden que tenía el muchacho por parte de un cabo era recoger a todas las putas de la 10ª con 10ª, pues la llamada zona de tolerancia comenzaba unas tres cuadras más hacia el norte. Allá se hacían, y se siguen haciendo, las nuevas, las jóvenes, las de las carnes más firmes, así que Patricia y su amiga gorda se negaban a retirarse del sector.

Siempre que podía, el hijo se robaba un minuto para avisar al celular de la mujer la hora del operativo. Cuando esto no sucedía, ambos vivían el peor de los dramas. Y ese día llegaban a la casa llorando, maldiciendo, cuestionándose el no haber sido capaces de contarles la situación a sus respectivos compañeros.

Cuando tenía 15 años y aún vivía en su natal Acacías, en el Meta, Patricia escuchó de su papá una cruel sentencia antes de ser enviada a trabajar interna en las llamadas “casas de familia”:

— Usted ya sabe firmar y leer, ya no tiene por qué seguir estudiando, así que se va a trabajar.

Y se fue. Y se llegó a ganar $1.500 mensuales por barrer, trapear, lavar y sacudir.

Y con esa plata la muchachita, tan lozana, pudo conocer los bares de la plaza y a amigas que le enseñaron a tomar y a fumar. Los padres se habían separado cuando tenía nueve y de la mamá no había vuelto a saber nada. ¿Qué más podía perder?

En 1979, Patricia viajó a Bucaramanga en compañía de una pareja que les prometió trabajo como empleadas domésticas a ella y a otra chica de Acacías. “Se ponen bien bonitas”, les dijo el hombre la noche que llegaron. Estaban en un prostíbulo.

La amiga de Patricia se emborrachó esa noche y no mostró mucho problema en acostarse con el primer cliente de su vida. La protagonista de esta historia lloró, se hizo golpear de la dueña del lugar y amenazó con irse hasta que la mujer le advirtió que para poder marcharse tenía que pagar antes $60 mil de hospedaje.

Patricia se fue a llorar frente a una ventana de la casa y ahí, desde la calle, la vio por primera vez César, un comerciante 10 años mayor, quien pasaba por allí.

El hombre se la llevó esa noche sin que la dueña lo advirtiera. Le pagó un hotel decente. Le compró ropa y la sacó a comer.

Quince años después, Patricia paría en una clínica de Bogotá el tercero de los hijos que tuvo con César. Entonces, el marido ya no era el hombre guapo que la había salvado, sino un esposo borracho y, claro, violento. Por eso es que el mismo día en que nació su última hija, ella decidió que lo dejaría para siempre. Era 1991.

Para entender que Patricia haya decidido volverse prostituta ese año habría que sumar factores: una mujer sola, tres hijos pequeños, un cuarto para pagar y una hoja de vida que ni siquiera decía soy bachiller. Y ellas ahí, en la 10ª con 10ª, en el corazón del país, llamando la atención de la mujer que acababa de ser rechazada para mesera en un restaurante de la zona.

Aquella mañana se presentó con la puta gorda y eterna de la esquina. Le preguntó en qué consistía el trabajo: quién tenía que pagar el cuartucho de mala muerte para que se la comieran, cuánto debía cobrar, y a las nueve en punto se levantó a su primer cliente.

A las 11 ya estaba de vuelta en el Quiroga con $80 mil en los bolsillos y toda la intención de comprarle una cuna a su bebé recién nacida, y de pagar el arriendo y de salir a comer con sus hijos.

Casi por 21 años trabajó en aquella esquina, y sólo salió de ella las veces que se enfermó alguno de sus hijos, cuando se le antojó putear en algún establecimiento (porque ahí pagan comisiones dependiendo de lo que consuma el cliente) y para ir a estudiar: Elizabeth Fonseca, una de sus compañeras, la convenció de terminar el bachillerato y meterse luego al Sena.

Cuando el alcalde Gustavo Petro comenzó su campaña a la Alcaldía, el año pasado, la mujer se le pegó a su amiga Elizabeth, quien ayudó a coordinar muchas reuniones para que el candidato pudiera hablar con sus potenciales electores. Se entusiasmaron tanto con el hombre que les hablaba de igualdad de oportunidades y les prometía una Bogotá incluyente, que hubo días en que no había sitio al que llegara Petro en el que no se hicieran presentes estas dos mujeres.

Después del triunfo, en febrero, Patricia acompañó a Elizabeth a una reunión en el Palacio Liévano y allí pudo hablar con el alcalde.

— Doctor, yo soy vecina suya…

— Espera a que llamen a Elizabeth, después te llamarán a ti.

Ese después se convirtió en 15 días cuando la entonces secretaria de Integración Social misma, Consuelo Ahumada, se comunicó para contar:

— El alcalde me pidió que le recibiera su hoja de vida. ¿Cuándo puede venir?

Así es como el 10 de abril de este año Patricia se despidió de las muchachas de su esquina y seis días después entró a trabajar con la Secretaría de Integración Social.

Casi todas las semanas, por cuestiones del nuevo trabajo, se encuentra con sus antiguas compañeras. Ellas le preguntan cómo hizo, con quién hay que hablar; varias, muchas, le piden que las ayude a salir de la calle. Patricia llora por eso.

Cuando se limpia las lágrimas, después de relatar la historia, explica que si los programas de apoyo de la Alcaldía se mantienen muchas prostitutas podrían cambiar de trabajo.

Seguramente no a todas las llamarán por orden directa del alcalde, Patricia.

Entonces sonríe. Y termina de secarse las lágrimas.

 

*Este es el nombre que usaba la fuente para ejercer la prostitución y por eso pidió mantenerlo en esta nota.

 

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