Víctimas de la paz

Desmovilizados de las Farc, el Eln y las Auc esperan atención estatal en un barrio en ruinas al suroriente de la capital. Mientras unos son desalojados por riesgo de desastre, otros ven cómo llegan a la comunidad nuevos habitantes también vinculados al conflicto: desplazados del Chocó.

En casas amarillas y azules, en lo más alto de la Ciudadela Santa Rosa, conviven con otros propietarios más de 100 desplazados del Chocó.
En casas amarillas y azules, en lo más alto de la Ciudadela Santa Rosa, conviven con otros propietarios más de 100 desplazados del Chocó.Andrés Torres

En las paredes pálidas que delimitan el parque central de la ciudadela Santa Rosa, unas huellas amarillas, rojas y azules aparecen pintadas como un caleidoscopio que le da luz a la fachada. Son las manos de niños que nacieron en la guerra. Sus padres, antiguos militantes de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y del Ejército de Liberación Nacional (Eln) decidieron desmovilizarse bajo el amparo de la Ley de Justicia y Paz. Llegaron con un subsidio de vivienda a la ciudadela, una urbanización construida a comienzos de los noventa en la localidad de San Cristóbal Sur.

El 14 de agosto de 2002, una semana después de la posesión del presidente Álvaro Uribe, doña Rosa Durán decidió dejar caer su arma al suelo. Estuvo 10 años con el Eln en Arauca, pero la vida se le empezó a complicar por las constantes arremetidas del Ejército.

Doña Rosa dirige las discusiones en el barrio. Como presidenta de la Junta de Acción Comunal escucha las inquietudes de las 120 familias desmovilizadas que desde 2005 llegaron a Santa Rosa. Pase por donde pase, ya sea por las casas en donde viven sus viejos enemigos, los paramilitares, o los desplazados del Chocó, recibe saludos, maíz pira o tinto.

Cada vez que pueden, los vecinos de la ciudadela se quejan ante la Alcaldía Local porque el agua se filtra en sus casas. Las viviendas, que inicialmente costaban $50 millones, ahora no superan los $19 millones por su situación de riesgo. Los suelos de estas casas, según estudios oficiales, pueden convertirse fácilmente en escarpes.

El barrio se dividió en dos cuando el Consejo de Estado indemnizó en 2007 a 319 familias por el riesgo que representaba vivir en Santa Rosa. Por fuera quedaron 680 propietarios que todavía siguen dando la pelea por la reparación. Y aunque poco a poco las familias beneficiadas por el fallo se fueron marchando, Santa Rosa no quedó vacía. Desde el Chocó llegaron 102 desplazados para ocupar las viviendas abandonadas.

La geografía del lugar divide las trayectorias de los habitantes. En lo más alto, desplazados del Chocó se asientan en las casas azules que habían sido evacuadas por riesgo. En el camino a la montaña están las viviendas amarillas, en donde conviven propietarios y desplazados que ocuparon casas que también se encontraban vacías. En lo más bajo, la división no es tan clara: allí habitan desmovilizados y los nativos del lugar, que están desde hace más de 15 años. En total, son 1.500 los vecinos en Santa Rosa.

Doña Rosa intenta e intenta explicarles a sus vecinos que con los afrodescendientes no hay que pelear. “Todos somos hijos de la misma guerra, mijita”. “Hacen mucha bulla y se roban cosas”, responde una vecina.

Lo del ruido puede ser cierto. Como cuentan algunos habitantes del lugar, los viernes y sábados los chocoanos dejanlas puertas abiertas y escuchan la música como si todavía estuvieran en el Pacífico.

Arriba, en las casas azules, las puertas no están cerradas. Para los chocoanos la esquina no es un lugar de paso, es el espacio para ver atardeceres. “¿Cómo es que baila? ¿Cómo es que baila? ¡Mírelo, mami!”. Al ver que llegan extraños a verlo bailar, el niño de cinco años con el pelo esponjoso y enredado acude al rebozo de su madre.

Del otro lado, en las casas rosadas, está sentada en una escalera Claudia, desmovilizada en 2002. “Estuve cuatro años con las Farc en el Tolima y me dieron un subsidio para vivir con mis cinco hijos en una casa en riesgo”. A su lado está don Ciro, que también estuvo un año con las Farc: “Ahora fabrico maletas para Totto. Me la llevo bien con todos los desmovilizados. A todos se nos caen las casas”.

Antiguos paramilitares y guerrilleros han logrado darse la mano luego de diferentes encuentros. Una vez al año se reúnen para elevar mil cometas, en el programa Cometas para la Paz, liderado por Rosa Durán. “Ahí llegamos todos para perdonar. Sólo los presos de la guerra podemos entender ahora lo que significa la libertad”.

En 2001, los habitantes de Santa Rosa entablaron una acción de grupo por los problemas que presentaban las estructuras. Cuando el Consejo de Estado falló en 2007, ordenó indemnizar a 319 familias con $45 millones a cada una por los prejuicios causados. La factura por todos los daños fue de $19.000 millones. Además se ordenó reparar integralmente a las víctimas, brindándoles seguridad y un nuevo hogar.

Lo que no entienden los 680 propietarios que quedaron es cómo el Consejo de Estado ordenó indemnizar a unas casas y a otras no. Las viviendas de Santa Rosa son en su mayoría de tres pisos, y en cada una suele vivir una familia diferente. “No entendemos por qué le dan la indemnización al del primer piso y al del segundo no. Si se cae la casa, ¿no le pasa nada al segundo y al tercero?”, pregunta Emilse Vargas.

Cuando las casas comenzaron a quedar desocupadas, las familias del Chocó llegaron a vivir en ellas. La de Francisca Castillo es una de tantas. Jugando en las escaleras del barrio con cinco niños de su mismo color, explica que hasta ahora no ha recibido ninguna ayuda del Estado: “Llegamos por la violencia y sin plata. En la Alcaldía dijeron que nos atendían pero no ha pasado nada, me toca seguir con las obleas en El Restrepo”.

En la cima de la Ciudadela Santa Rosa viven “ilegalmente” 102 personas más, en su mayoría afrodescendientes. Muchos se esconden ante la presencia de cualquier forastero por las recientes notificaciones de desalojo.

En abril de este año, funcionarios de la Secretaría de Integración Social y de la Alcaldía de San Cristóbal llegaron para ofrecerles una estancia temporal a los desplazados. Sólo cuatro de ellos aceptaron la oferta. Los demás alegaron que la propuesta era absurda: “Nos ofrecieron ir a vivir en un parqueadero en no sé qué sitio. No íbamos a dejar la casa por eso”, dice una.

El gesto del Distrito enfureció a algunos: “¿Por qué Petro sólo ayuda a los negros y a nosotros no? ¿Los que pagamos impuesto predial y todo lo demás no somos iguales? Acá si uno no es raizal no tiene derechos”, conversan unos viejos en las casas amarillas. Otros vecinos de la zona apoyaron en su momento que la Alcaldía Local pintara en las casas de los afrodescendientes la palabra ‘INVADIDO’, para diferenciarlas de las otras.

Un tuit puso a correr a los funcionarios de la Alcaldía de San Cristóbal. Fue Edith Parada, edilesa del partido Progresistas, quien trinó una foto de las casas con la palabra escrita en sus fachadas. De inmediato, el alcalde Gustavo Petro pidió que borraran los letreros. Desde entonces, no paran de desfilar funcionarios del Distrito y de la Alta Consejería para los Derechos de las Víctimas, la Paz y la Reconciliación.

En medio de esta crisis, el alcalde de San Cristóbal, Jairo León Vargas, creó tres mesas de trabajo: “Tenemos una para analizar la condición de desplazamiento, otra para hablar sobre seguridad y una tercera para dialogar sobre el problema de las casas”.

Como representante de la Alta Consejería está René Ramos. Su misión es que al menos en esta zona se cumplan efectivamente la Ley de Justicia y Paz y la Ley de Víctimas: “El 30 de septiembre se efectuó una jornada de actualización de datos, casa por casa. Con esta información procederemos a diseñar un plan de atención que restablezca los derechos, la atención diferencial y el acceso a la oferta social del Estado”.

Los niños que viajaron cientos de kilómetros con sus padres para llegar a Santa Rosa se encontraron para pintar. Esas fachadas grises en el parque central fueron el escenario de reconciliación. En este terreno en riesgo tocaron otra realidad con sus manos llenas de pintura, aliviados por estar del otro lado del cerro.