La vida en el cascarón de un bus

Desde hace diez días una familia desplazada se refugia en el esqueleto de un vehículo.

Es viernes. En el barrio Cundinamarca, antes de cruzar la carrera 30, cerca de la calle 19 junto a un lote baldío, está el cascarón de lo que fue un bus. Una pareja y sus cinco hijos despiertan como lo han hecho desde hace nueve días.

Vanessa Martínez*, de 23 años, dice que amanecieron con mucho frío y que la lluvia se entró por las paredes (las ventanas del bus). En lugar de vidrios hay bolsas negras pegadas con cinta gruesa. Charles, de 6 años, brinca al lado de su mamá y agrega que también el colchón se mojó. Al levantarse, Vanessa y Camilo, su esposo, tienden la cama y doblan las demás cobijas como lo hacían hace diez años cuando estaban en Apartadó. Al contrario de lo que se podría pensar sobre el hecho de vivir en un bus, no se siente ningún mal olor. Ni siquiera las enormes ratas que se escabullen por el lote entran al refugio. Cada cosa está organizada como si de verdad se tratara de una vivienda.

Cuando la Policía se acerca la respuesta de la mujer es la misma: son una familia desplazada, llegaron a la capital hace 45 días y después de vivir más de un mes en el comedor comunitario del barrio Cundinamarca su esposo consiguió el cascarón de un bus en una chatarrería y lo acondicionaron para vivir.

Hace ocho años llegaron a Medellín desplazados por la violencia de Urabá. En 2008 se fueron a Bello con la ilusión de comprar un terreno. Pero se encontraron con la guerra que ya habían conocido. Cuentan que los paramilitares de la zona comercializan lotes a su acomodo, con cuotas y vacunas mensuales. Camilo les compró uno y construyó una casa de madera. Después de un par de años, los pagos de las vacunas fueron insostenibles y se negó a hacerlos. Los mafiosos castigaron a la familia: el 3 de noviembre de 2010 la casa apareció quemada. Sólo les quedó un Renault 4.

Ahora dos de los niños van al colegio y los demás a la guardería. Con el dinero que ganaron trabajando en el comedor y haciendo acarreos en el carro, Camilo y Vanessa compraron unas películas para vender.

Están convencidos de no irse a un albergue, porque que allí hay gente de toda clase y quieren proteger a sus hijos. Prefieren seguir juntos en el cascarón, ese lugar donde al menos algo de esta ciudad desconocida les pertenece.

*Por razones de seguridad los nombres han sido cambiados.

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