Volver a El Cartucho

Una antropóloga bogotana rescata del olvido el que por años fue el mayor símbolo de la escoria en la capital.

“Le voy a contar una anécdota. Dicen que el diablo es lo más malo que hay, pero yo un día me le aparecí. ¿Y sabe que hizo el diablo? Me dijo: ‘En el nombre de Jesús, retírate que tu eres muy malo’”.

Hace frío, son las nueve de la noche del jueves 1º de septiembre, y mientras se fuma un mustang rojo con chupones rápidos, Benjamín Rengifo parlotea anécdota tras anécdota. Dice que fue vicioso, capo, asesino, que ya a los 14 años tenía muertos a cuesta, y que a los 22 lo graduó la cárcel Modelo. Que probó el basuco porque le dijeron que era cigarrillo mentolado, y que luego le gustó tanto que se pasó 26 años metiendo vicio. Dice que es bipolar. Que en lugar del Padre Nuestro le decía a Dios triplegonorrea. Ya no. Ahora es cristiano.

Adentro, en el patio de la casa colonial sobre la carrera cuarta con décima en el que se encuentra el Museo de Bogotá, Wilhelm Orly, otro antiguo habitante de calle, cuelga unos páneles de aluminio de las vigas de madera.

Como la de Benjamín, la historia de Wilhelm llenaría páginas enteras. Nacido en Alemania, padres europeos, huérfano de padre y madre cuando niño, se salvó por un milagro de la avalancha que en 1985 acabó con Armero, y pasó el resto de su adolescencia y juventud por las calles del centro de Bogotá. Luego lo reclutaron —como lo hicieron con tantos viciosos— las Autodefensas Unidas de Colombia, y se fue a la guerra en los llanos orientales a finales de los noventa.

Mientras Wilhelm trabaja en los páneles y Benjamín habla sin parar (mueve los ojos, se pasa la lengua por la boca, mece los brazos), la joven antropóloga Íngrid Morris observa una placa de acrílico tirada en el suelo. En ella, varios mapas del barrio Santa Inés, mejor conocido en Bogotá por el temible nombre de El Cartucho, se suceden uno al lado del otro. Sobre cada mapa aparecen trazados los recuerdos y recorridos de Benjamín, de Wilhelm y de otros habitantes de lo que fue, hasta 1998, la meca del crimen capital.

Ahí, en la esquina de la calle séptima con Avenida Caracas, está la zona por la que entraba Wilhelm con la basura para vender en los centros de recolección. Más al norte, en la calle novena con avenida Caracas, ‘el container’ en el que “echaban picaditos a los muertos”. A una cuadra de allí, por la calle 10, entraban los escuadrones de la muerte, muchos de ellos contratados por comerciantes de San Victorino, que llegaban a limpiar la zona.

También están los territorios sagrados de cada gancho expendedor droga, el callejón de la muerte (que no perdonaba balacera), el alambique del aguardiente falso, y la calle donde jugaban los niños, los cines, los billares, el almuercito combinado de 500 pesos.

Los puntos se suceden en un mapa que hoy ya no existe. En un siglo, Santa Inés pasó de ser un encompetado barrio republicano a un símbolo de la escoria, y luego, tras un largo y nada fácil proceso de desalojo, hoy es un emblema del intento de la administración Peñalosa de recuperar el centro.

Pero “hoy el cartucho es muchos cartuchos”, asegura Morris, como lo demuestran los 458 expendios de droga que los investigadores Ariel Ávila y Bernardo Pérez identificaron en el recién publicado libro “Mercados de la criminalidad en Bogotá”.

Por eso Morris quiere rescatar El Cartucho del olvido. Asegura que antes de borrarlo de la memoria, la ciudad tiene que aprender de él. “Creo que esta es una oportunidad para entender por qué cómo sociedad dejamos que se deteriorara un barrio a dos cuadras del Palacio de Justicia, mientras las administraciones sí se preocupaban por construir Transmilenio”.

Benjamín, que ya da por terminada la jornada del montaje de “Memoria y desobediencia”, como se llama la exposición, añade que recordar El Cartucho es hablar de una “forma de vivir”. “Uno allí se sentía seguro, compadre, sentía el calor humano, así fuéramos la escoria de la sociedad. Uno podía hacer lo que sea, hermano, cagarse aquí, cagarse allá. Era un enamoramiento, hermano, un enamoramiento por la libertad”.

La exposición estará abierta desde hoy y hasta el 15 de septiembre en el Museo de Bogotá carrera 4ª 10-18.