50 años del alunizaje: la carrera

La Unión Soviética lanzó el primer satélite, logró el primer viaje de un ser vivo al espacio, y el primer viaje espacial de un ser humano. Pero la Luna fue para los norteamericanos.

El Presidente de Estados Unidos Richard Nixon junto a los miembros de la misión Apolo 11.

La llegada de los primeros hombres a la Luna hace parte de la penumbra de la memoria colectiva. Medio siglo después del alunizaje del Apollo 11, menos del 20% de la población mundial puede contarse como testigo presencial del hito más visible de la exploración humana del espacio hasta la fecha. Los testimonios de primera mano llegan a la mayoría de nosotros a través de las narraciones de nuestros mayores, como un mito. Un mito que se forjó en las imágenes que iluminaron las pantallas de millones de televisores en blanco y negro y en las fotografías que se multiplicaron en los periódicos de todo el mundo, porque además de Neil Armstrong y Buzz Aldrin nadie estaba allí para presenciarlo. En muchos sentidos el alunizaje presagiaba un signo de la cultura de nuestros tiempos, hacer algo sin tomar una imagen y compartirla es como no hacer nada. Por eso también resulta tan vulnerable a las teorías de conspiración, en tiempos en que no se ha de creer en nadie, por qué hay que creer que un hombre alguna vez pisó la Luna? (Lea: 50 años del alunizaje: de los sueños a la realidad)

Pero comprender el alunizaje a partir de una serie de imágenes es como intentar imaginar una catedral solamente viendo la cruz que corona el campanario. Es como creer que Simón Bolívar y sus tropas cruzaron el Páramo de Pisba con solamente ver una espada y un uniforme. Hace falta saber que durante la guerra más devastadora que ha visto la humanidad por primera vez los cohetes rozaron la frontera del espacio para destrozar ciudades a cientos de kilómetros de distancia. Hace falta saber que las dos potencias triunfantes en esa guerra se disputaron el dominio del mundo y desarrollaron cohetes que podían cruzar los océanos para destruirse mutuamente. Hace falta saber que en 1962, la Unión Soviética había conseguido exitosamente el lanzamiento del primer satélite (el Sputnik 1 en Octubre de 1957), el primer viaje de un ser vivo al espacio (la perrita Laika en el Sputnik 2 en Noviembre de 1957), y el primer viaje espacial de un ser humano (Yuri Gagarin en el Vostok 1 en Abril de 1961). En ese año, los logros soviéticos en la exploración del espacio daban una potente notoriedad a la presunta superioridad del comunismo sobre el capitalismo.

Por eso, un caluroso día de Septiembre de 1962, frente a una audiencia de más de 40 mil personas congregada en el estadio de la Universidad Rice en Houston (Texas), el presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy intentaba transmitir a sus ciudadanos la necesidad política de demostrar la superioridad de su país en el espacio. Con la asesoría de James Webb, el director de la  Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA), miembros de la cúpula militar y líderes de los medios y de la industria, Kennedy había fijado un objetivo en el que los Estados Unidos podía competir en igualdad de condiciones con los soviéticos: la Luna. Según los estimados de Webb, llevar un grupo de astronautas a su superficie costaría 22 mil millones dólares, el 4% del producto interno bruto anual del país, tanto como la inversión anual en alimentación y agricultura, más que el costo del Canal de Panamá o del proyecto Manhattan para desarrollar la primera bomba atomica. Cuando Kennedy propuso por primera vez su idea al congreso, el 25 de Mayo de 1961, el 58% de los estadounidenses se oponía a su idea.

En la Universidad de Rice, Kennedy hizo un paralelo entre las ansias de exploración espacial y el espíritu de los pioneros que expandieron las fronteras de los Estados Unidos. Condensó la historia de la humanidad en 50 años exaltando la inmediatez de la exploración espacial y, como en un cuento de hadas, la urgencia por llegar a la Luna antes de la medianoche. En el punto más álgido de su intervención anunciaba tres veces “elegimos ir a la Luna” y remataba con la legendaria frase “no porque sea una proeza fácil, sino porque es difícil; porque ese objetivo servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y habilidades, porque ese desafío es uno que estamos dispuestos a aceptar, uno que no estamos dispuestos a posponer, y otro que intentamos ganar”.

Para entonces Estados Unidos tenía la carrera espacial técnicamente ganada, había lanzado 40 de los 45 satélites que entonces se encontraban en la órbita de la Tierra y estos tenían tecnología superior a los lanzados por la Unión Soviética, que con dificultad mantenía sus proezas en los vuelos tripulados. Pero la Luna era un objetivo concluyente y Kennedy lo anunció a un costo de 40 centavos por persona por semana. Así en menos de cuatro años se multiplicó por cinco el presupuesto de la NASA (alcanzando 5 mil millones de dólares en 1966) e impulsando un desarrollo precipitado de la industria aeroespacial empleando decenas de miles de ingenieros, técnicos y científicos, la mayoría en California y el sur de los Estados Unidos. Nuevos centros de desarrollo fueron creados y extendidos, del Centro Espacial para Vuelos Tripulados (Manned Spacecraft Center) en Houston al Centro Marshall de Vuelos Espaciales (dirigido por Werner Von Braun) en Alabama, del Centro de Pruebas de Motores de Cohete en Mississippi al Centro de Lanzamiento en Florida, que lleva el nombre de Kennedy después de su asesinato en 1963.

Prontamente, NASA escogió un vehículo, el Saturn V, escogió un método de alunizaje, el encuentro orbital (orbital rendezvous, en donde una nave especializada en alunizaje se separaba del vehículo que llevaría y traería a los astronautas), y decidió ampliar su programa de vuelo tripulado de un hombre (sondas Mercury) a dos (sondas Gemini). La Unión Soviética parecía firme en su avance al enviar la primera mujer al espacio (Valentina Tereshkova en Junio de 1963) y realizar la primera caminata espacial (Alexei Leonov en Marzo de 1965). Pero la NASA respondía con 10 misiones tripuladas del programa Gemini en 20 meses entre 1965 y 1966, ganando experiencia para el viaje a la Luna con el encuentro y el acoplamiento entre naves, actividades extravehiculares y obteniendo información sobre el comportamiento del cuerpo humano en el espacio durante períodos de hasta 14 días.

Aunque los estadounidenses lo desconocían, la Unión Soviética estaba sufriendo para mantener el presupuesto necesario para continuar en la carrera hacia la Luna. Su programa espacial sufrió golpes cruciales con la muerte de Sergei Korolev, el ingeniero que había liderado los triunfos de los programas Sputnik y Vostok, en 1966 y luego con el accidente del Soyuz 1, que cobró la vida del cosmonauta Vladimir Komarov durante su regreso a la Tierra. Pero la NASA también sufrió un duro revés cuando el 27 de Enero de 1967, un corto circuito produjo un incendio en la cápsula del Apollo 1 durante una prueba y cobró las vidas de los astronautas Virgil Grissom, Ed White y Roger Chaffee. Después de estos incidentes ninguna de las dos naciones realizó un vuelo tripulado durante casi dos años.

Cuando las misiones se reanudaron, los soviéticos completaron varias misiones del programa Soyuz, incluyendo acoplamientos en órbita, pero además de acumular experiencia estos vuelos solamente ocultaron los fallos de su programa lunar. Los informes de inteligencia indicaban que la sonda Soyuz estaba lista para llevar dos cosmonautas alrededor de la Luna, precipitando el lanzamiento del Apollo 8 en Diciembre de 1968, que convirtió a los astronautas Frank Borman, Jim Lovell y William Anders en los primeros humanos en viajar en el Saturn V, abandonar la órbita baja terrestre y orbitar la Luna. La Unión Soviética nunca superó las fallas en sus vehículos. El cohete N-1 tuvo dos desastrosos lanzamientos en el inicio de 1969, y sin él el programa soviético no podía llevar un vehículo tripulado a la Luna. Públicamente, la Unión Soviética siempre negó que existiera un programa de vuelo tripulado para llegar a la Luna. El balón estaba en el campo de los estadounidenses. Los escogidos eran los astronautas del Apollo 11.

 

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Juan Diego Soler / Especial para El Espectador

Ciencia

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