#Mujeresenlaciencia
contenido-exclusivo

Camila Loboguerrero, la mujer pionera del documental en Colombia

Nunca ha sido “nena boba”. Nació en el Bogotá de los cincuenta y vivió mayo del 68 en París. Escogió este arte cuando ninguna mujer en el país lo había considerado una vocación. Es documentalista y la primera en presentar en salas un cortometraje dirigido por ella.

A sus 77 años, Camila Loboguerrero trabaja en un largometraje sobre la historia de la violencia en Colombia durante los años 50.  / Mauricio Alvarado – El Espectador
A sus 77 años, Camila Loboguerrero trabaja en un largometraje sobre la historia de la violencia en Colombia durante los años 50.Mauricio Alvarado - El Espectador

Alumbra el sol. Son las nueve de la mañana, es lunes. La indicación de Camila Loboguerrero para dar con su casa son las flores de la fachada. Cantan pájaros. Vive en un barrio bogotano, en el corazón de La Macarena, trazado por calles en diagonal con árboles y sin salida. “Hola, pasa, pasa”. Viste un suéter gris tejido, en sus orejas modestas perlas nacaradas y el cabello cenizo. Duda: “¿Y esto es pa qué? Mujeres qué, ¿mujeres en la ciencia?”. Menciona a una sobrina que sí es científica y a su hermano menor que también lo fue. Ella es cineasta, la pionera en Colombia. Tras una carcajada resume su vida, 77 años, en 2 horas y 20 minutos. (Lea: Nueve perfiles de científicas colombianas para conmemorar el día de la mujer)

Chía es el paraíso perdido mío

El papel de Virgen María siempre se lo daban a las monas. Ese reclamo quedó consignado en el onceavo Cuaderno de cine colombiano, que publicaba en los ochenta la Cinemateca Distrital. Esa edición estuvo inspirada en ella. La portada es Camila en un fondo azul, su rostro largo, grandes gafas le enmarcan la nariz y un cigarrillo en la mano con un centímetro de ceniza todavía. Soy Maria Camila, pero nunca uso el María, me parece jartísimo. Los papás de uno lo ponían soñando quién sabe qué.

Pasé toda la infancia en bicicleta, tenía una Humber negra que desarmaba y aceitaba. Vivíamos en el campo porque en esa época no habían trancones y era delicioso, porque tenía permiso de llegar más tarde al colegio, en la ciudad, y capaba la misa diaria que me aburría profundamente. Chía era un pueblecito chiquito de cuatro calles donde gozaba las aventuras de los niños. Pescábamos, aunque solo una vez cogimos un pez, y nos botábamos de un árbol a otro cogidos de un bejuco.

Nació el miércoles 3 de septiembre de 1941 en Bogotá. Papá era ingeniero, funcionario del Instituto Geográfico. Con mamá, que era profesora de matemáticas, hizo los primeros años de la escuela. Le agradezco infinitamente que nunca me hizo ser “nena boba”. Camila nunca tuvo limitaciones ni vestiditos de organdí, prohibido ensuciar, y si acaso una mañana vistió y desvistió muñecas o jugó a que cocinaba una sopita. Siempre fue parte de los planes de los hombres. Estudió en el colegio Sagrado Corazón, donde también estudió mamá.

Mamá era linda, mamá tenía unos ojos enormes verdes y un pelo negro, juiciosa y aplicada. Las monjas cuando me conocieron dijeron la frase menos inteligente, Usted seguramente va a ser tan aplicada, linda y juiciosa como su mamá, y me gasté el resto de la vida en ser lo contrario. Fui indisciplinada, rebelde, atea, de bluyines y botas de caucho. Fui siempre la oveja negra y todo lo contrario. (Le puede interesar: Las colombianas que quieren desnudar los secretos del universo)

Primer acto de rebeldía

Es la mayor de cuatro hermanos, la única mujer. Cuando cumplió 14 su familia se mudó a la capital por el drama que provocaban sus fiestas, porque nadie la podía recoger. En el colegio se la pasó haciendo caricaturas de monjas y siempre pensó que tenía que estudiar algo con dibujo. Le recomendaron bellas artes en la Nacional, pero eso dijeron que era lleno de comunistas y que ¡qué peligro! Así que un día llegó papá en hora de almuerzo diciéndole: “Conseguí una cosa maravillosa para ti Camilita, que es arte y decoración en la Javeriana y ya hablé con la hermana Ana Gertrudis y ya te reservé el cupo”.

Ese, mi primer acto de rebeldía. Me acuerdo que le dije: “Perdiste la plata, porque con una monja ni loca. Ya estuve diez años con esos chulos y no entro a nada que sea con curas y con monjas”. Entonces hice bellas artes en la Universidad de los Andes. Si más tarde escogí la carrera de cine fue gracias a que mis maestros me enseñaron a pensar. Fue gracias a ellos que conocí el mundo de la imagen.

Estamos hablando en la sala de su casa. La luz entra por los ventanales, ella teme que el fotógrafo la capture con los ojos entrecerrados. Sabina, la señora que le ayuda, preparó tintico. Una pintura que le regaló Luis Caballero nos vigila desde la pared. Al otro lado, un retrato que le hizo Antonio Roda se abre lugar entre los libros y las porcelanas. Ella cita una lista de nombres cultos: Beatriz González, Gloria Martínez y Marta Traba. Cuando se graduó buscó una beca y se fue a Francia en barco. La travesía duró 17 días, una amiguita que se la pasó mareada y un novio que se levantó en el viaje. ¡Me fue regio!, dice.

Fotografias tomadas del 11. Cuaderno de cine colombiano, de la Cinemateca Distrital. Arriba a la derecha está Camila a los doce años en Chía. Abajo; ella mientras estudiaba en la Universidad de los Andes. 

Sus manos tras los afiches de Mayo del 68 

La beca consistía en cien dólares que eran 500 francos para estudiar Licenciatura en Historia del Arte en la Universidad de La Sorbona. Al enterarse de que los franceses sí se bañan, arrendó con una amiga brasilera, Menina, un apartamento lo más cerca al Barrio Latino de París. Allí descubrió el cine Latinoamericano, mientras tanto vino mayo del 68... 

Yo estudiaba como quien dice, con las niñas del Chicó. Todas collarcito de perlas y cartera fina. Me acuerdo que salí de clase una vez y había una manifestación y me encontré con un par de amigos costeños, gallinas como buenos costeños, que me dijeron "Camila váyase para su casa que es peligroso". Y yo que era de los Andes donde nunca había habido una manifestación, me metí a ver qué era. Yo venía de un país donde se veía la pobreza y en París, donde todos eran ricos, el transporte maravilloso, nadie pasaba frío, no entendía por qué protestaban los jóvenes. 

Saboreó la respuesta lo que duró ese mayo. Internada en la Escuela de Bellas Artes, metida en asambleas generales, dentro del comité de dibujo, pegando a punta de rodillo y a una sola tinta los famosos afiches de "Prohibido prohibir" o "Seamos realistas pidamos lo imposible", comiendo baguette con paté que regalaban las cafeterías y regresando cada tres días a casa a cambiarse la ropa para volver a salir. 

Si es mujer más le vale saber exactamente lo que quiere

Un peruano un día la escuchó hablar francés durante el almuerzo. Le pidió que le ayudara a hacer un corto dadá, que le sirviera de traductora, le mostró el guion y le pidió acompañarlo por una cámara que, después iba a enterarse, Jean-Luc Godard le iba a prestar. Se le pasó el susto de hablarle a uno de los directores más importantes del cine francés al verlo salir de una oficina frente al Arco del Triunfo. Era pequeño, igual de alto a mí.

Dije: si el cine lo hace este tipejo peruano, sin un peso, sin saber francés. Entonces me matriculé a cinematografía en la Universidad de Vincennes. Sabía que el cine lo tenía que hacer en Colombia, allá me hubiera quedado barriendo el estudio 20 años. Las historias que intuía quería contar eran las de aquí, de ahí la angustia por saber de todo, porque pensaba que allá eso es un hueco, entonces tengo que llevar de todo. Así que tomé una pasantía en la televisión francesa para aprender a hacer cámara, pero cuando me vieron se sorprendieron, porque era mujer. Porque como su nombre lo indica, cameraman. Me morí de rabia y a los ocho días volví para proponerles hacer la pasantía en montaje, a ver si eso sí les parecía femenino. Pues sí. (Le puede interesar: La primera exploradora de la mitad azul de Colombia)

1971. Regresó a Colombia sin conocer a nadie del cine colombiano. Tomó el periódico y encontró su primer trabajo, haciendo ayudas audiovisuales para el Sena. El celador del edificio era un pintor primitivista que disolvía el acrílico con colbón. José Joaquín Barrero, así se llamaba, así se llamó el primer documental que Camila rodó en este país. Luego ocupó un escritorio en el Ministerio de Educación, le creció la panza con su primer embarazo y la echaron. Formó con amigos Filmando Limitada e hicieron cortos que la crítica premió, seguida por una racha.

Tenía mucha seguridad y tranquilidad en mí misma, porque sabía cómo se hacía. Sabía muy bien que uno no puede equivocarse mucho, con nada, sobre todo en los primeros tiempos. Nunca dudar, porque cuando tú dices, de mujer, ¡Ay no!, mejor corramos la cámara más para acá, entonces ya eso se vuelve que hasta el chofer del camión opina dónde debe ir la cámara. Si es mujer, más le vale ser la dictadura, o sea, saber exactamente lo que quiere. (Lea: Tres astrónomas colombianas que la están rompiendo)

Desde los 25 años, Camila Loboguerrero se dedicó por completo al cine. Actualmente fue convocada por el Gobierno de Iván Duque para hacer parte de la Misión de Sabios. / Cortesía. 

Mi vida privada sí no me gusta 

Se casó con el arquitecto Rafael Maldonado, que siempre actuó para sus películas. Tuvo a Lucas y a Matías, que desde chiquitos jugaron al cine. De pequeños los encontró discutiendo sobre el emplazamiento de cámara. Estuvieron en todos sus rodajes. Las únicas mujeres con las que trabajó eran la script, la vestuarista, la maquilladora. Salvo dos veces que tuvo una sonidista. Porque siempre he sido del mundo de los hombres y uno hace las películas con amigos. 

Maria Cano fue mi segundo largo. Fue mi trabajo más retador, era una super producción, cien extras en permanencia, una investigación cuidadosa, cuatro años de trabajo, un costo en esa época de $127 millones, como decir ahora $1.270 millones o cualquier cosa así. Me saqué un ojo diseñando algunos de sus planos. Su romanticismo. Esta señora peleaba por un mundo mejor pero no estaba ni detrás de la Alcaldía ni de la Gobernación, ni de un puesto ni de un sueldo. Era un poco tontica y un poco ingeniua, hay que reconocerle. ¡Divina!

Han pasado los años. Dos bolsitas cuelgan de sus ojos, es casi imperceptible pero las alumbró con sombras para la ocasión. Fue la única mujer pionera a lo largo de 20 años en el país. Pasó por el Ministerio de Cultura y fue la creadora de La maleta de cine, 15 películas que saltaban por las 80 Casas de Cultura registradas en ese entonces a nivel nacional. Fue profesora, se abanderó de la lucha por los derechos de autor y siempre está concursando en cosas. Lo último es que fue convocada a la Misión de Sabios. A mí me parece ridículo que sea considerada sabia, fui en calidad de experta o algo así, ojalá no sea apenas un saludo a la bandera. Porque queremos paz y que el uso de la tecnología sea para conocernos más y de esa manera querernos más y ser menos violentos.

Trailer de la película María Cano. El niño que enfocan en el minuto 1:08 es su hijo Lucas Maldonado. Tomado del canal de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano. 

862840

2019-05-26T17:24:49-05:00

article

2019-05-27T10:51:35-05:00

[email protected]

none

Camila Taborda/ @camilaztabor

Ciencia

Camila Loboguerrero, la mujer pionera del documental en Colombia

65

13167

13232

1

 

contenido-exclusivo