En la casa del señor de las arañas

Charles Cristensen y su esposa Anita alimentan, cuidan y ordeñan 50.000 arañas venenosas. Viven en el desierto de Sonora, en Arizona, y venden el veneno para distintos propósitos científicos.

Charles Cristensen y su esposa Anita atravesaron Estados Unidos hasta internarse en el gran desierto de Sonora. Allí tienen un inmenso laboratorio de arañas.  / Pablo Correa
Charles Cristensen y su esposa Anita atravesaron Estados Unidos hasta internarse en el gran desierto de Sonora. Allí tienen un inmenso laboratorio de arañas. / Pablo Correa

Cuando la revista Time publicó un artículo titulado “La espeluznante bodega del comerciante del veneno”, sobre la vida de Charles Cristensen, fue cuestión de días para que golpearan a la puerta de su casa, en Feasterville (Pensilvania). El alcalde y la Policía le advirtieron que, en un área residencial como esa, no estaban permitidos los negocios industriales. Mucho menos si se trataba de criar arañas venenosas. Lo conminaron a dejar las arañas o dejar el vecindario en 10 días. Eso ocurrió en 2001.

Para Charles no había ningún dilema. Recuerda que pasó toda esa tarde buscando en el mapa de Estados Unidos un lugar donde mudarse con su espeluznante compañía: más de 50.000 arañas. Necesitaba un pueblo pequeño y tranquilo. No muy lejos de un aeropuerto. Con un clima propicio para ellas.

Después de varias horas encontró uno: Black Canyon City, en Arizona. Junto con su esposa Anita, de origen checoslovaco, atravesó el país entero hasta internarse en el gran desierto de Sonora, uno de los más extensos y calurosos del mundo, que cubre el suroeste Estados Unidos y penetra en el norte de México. El hogar de los correcaminos (Geococcyx californianus), los coyotes y los inmensos saguaros, cactus que extienden sus tallos hasta 12 metros y llegan a vivir más de 200 años. A los habitantes de Arizona, acostumbrados a revisar las camas antes de irse a dormir por si se ha colado algún escorpión, el peligro de convivir con arañas les resultaría más familiar.

Charles y su esposa ahora viven en Yarnell, otro discreto poblado de Arizona. No muy lejos del anterior. A salvo de vecinos impertinentes y en la cima de una montaña que suaviza el calor del desierto, Charles abre la puerta de su casa. Es un hombre sencillo. Luce un poco desaliñado. También la casa. A un lado del comedor hay instrumentos de laboratorio desperdigados sobre un mesón y, en un cuarto contiguo, traspasando una puerta de malla, las vasijas plásticas son el principal adorno del lugar. En una esquina está instalado un microscopio digital. Envases con sustancias químicas en los estantes, pipetas y otros instrumentos de laboratorio constituyen el resto de la decoración. Es el lugar donde Charles pasa varias horas al día extrayendo el veneno de las arañas.

Contiguo al laboratorio, atravesando un estrecho pasillo, hay un rincón especial. Al correr una cortina de plástico, emerge una visión fantástica: cientos y cientos de arañas confinadas en diminutos envases de plásticos, apiladas una sobre otra en estantes. Es ligeramente más fresco que afuera. La temperatura ahí adentro se mantiene en 30 grados celcius. Son unas 50 especies. En algún lugar están las Peuctia viridans; en otro, las Larnioides cornutus, Nephila clavipes, Physocyclus mexicanus y Parasteatoda tepidariorum. Charles abre uno de los diminutos envases y pinza con los dedos a una viuda negra.

-¿No se supone que es venenosa?

–Tengo callo en los dedos. No alcanza a penetrar –responde.

Es un mundo surreal que Charles comenzó a construir desde 1973, cuando era estudiante de biología en California. Quería un pasatiempo y decidió que serían las arañas. En aquella época se limitaba a leer sobre ellas, buscarlas trepado en una moto roja de 100 cc y fotografiarlas. Más tarde, cuando se inscribió en un doctorado, se dio cuenta que, practicamente, nadie sabía nada de venenos de araña.

-Sólo había interés en los venenos que mataban gente. Sólo se conocían tres o cuatro tipos, pero casi todas las 50.000 especies de arañas que existen producen alguna toxina.

Charles concluyó que el primer paso para abrir la exploración de estos venenos exigía que alguien se dedicara a cultivar arañas y extraerlos de ellas. Comenzaba una obsesión y un trabajo que lo mantendría ocupado varias décadas. Invirtió los primeros dos o tres años en descubrir un mejor método para criar y alimentar arañas. La mayoría de ellas moría en cautiverio a causa de la mala dieta. Luego desarrolló la técnica para extraer el veneno de las microscópicas glándulas venenosas.

–Cuando tratas de extraer el veneno, es fácil que se contamine con fluidos gástricos. Me tomó casi tres años desarrollar el método para ordeñarlas.

La idea está inspirada en los succionadores que usan los odontólogos. Bajo el microscopio, con una microaguja, extrae el veneno de las glándulas mientras con otra que succiona evita que los jugos gástricos arruinen todo. Para lograr una gota de veneno es necesario ordeñar entre 500 y 1.000 arañas. Cada araña se puede ordeñar sólo una vez a la semana.

Un grupo de científicos japoneses, a principios de la década de 1980, había dado el primer campanazo sobre la importancia que podían tener los venenos de araña. El equipo, encabezado por Nobufumi Kawai, aisló el veneno de la araña Nephila clavata y demostró que podía bloquear los receptores de glutamato, un importante neurotransmisor en los animales. En el caso de los saltamontes, permite la contracción fuerte de las patas al saltar. En los humanos se encuentra en las sinapsis de las neuronas. El glutamato es uno de los neurotransmisores excitatorios más importantes del cerebro.

-Aquel descubrimiento creó una competencia entre japoneses, rusos, británicos y estadounidenses, para descifrar la estructura molecular del veneno. Había mucho interés farmacológico en los venenos porque se pensaba que de ellos podrían salir medicamentos.

Una de las personas que buscó la ayuda de Charles en aquella época fue el neurofisiólogo colombiano Rodolfo Llinás. En la década de 1980, Llinás intentaba entender la transmisión química y eléctrica entre las neuronas. Gracias a la serie de venenos que le suministró Spiderpharm, la empresa de Charles, logró descubrir una de las puertas de entrada del calcio a las neuronas.

Más tarde, un veneno extraído de la tarántula Grammostola spatulata le abrió el camino a Roderick MacKinnon para ganar el Premio Nobel de Química, en 2003, por descubrir la estructura de las compuertas que permiten la entrada y salida de moléculas en las membranas de las células.

Afuera de la casa de Charles, en un patio lateral, está parqueado un largo remolque blanco. Es el lugar menos agradable de este negocio. Es donde crían millones y millones de larvas de moscas con las que alimenta a las arañas. El olor es nauseabundo; las moscas vuelan de un lado para otro y, en recipientes de plásticos, lo que a simple vista parece algún cereal molido, si se mira con cuidado, en realidad es una masa de diminutos seres vivos que se revuelvan unos contra otros.

Al dejar atrás la casa de Charles, de vuelta al inmenso desierto de Sonora, queda la sensación de haber conocido la extraña belleza de una obsesión.

 

 

últimas noticias

Diez nombres para la ciencia de 2018

Premio a las mejores mujeres científicas

Lista la ley que crea el Ministerio de Ciencia