“Colombia tiene una deuda histórica con el Pacífico”: Peter Wade, antropólogo británico

Uno de los académicos y antropólogos que más han estudiado a las poblaciones negras en América Latina asegura que en el país sigue existiendo exclusión. Dice que el modelo de desarrollo siempre ha marginalizado a estas minorías.

El antropólogo británico Peter Wade es hoy profesor en la Universidad de Manchester.

La primera vez que Peter Wade pisó suelo colombiano, lo hizo en 1982. Se había acabado de graduar de Antropología Social y tras recorrer buena parte de la costa de Centroamérica y embarcarse en un velero en Colón, Panamá, llegó a Cartagena. Allí, como en varios de los países que visitó durante un año, se percató de que aún existían relaciones racistas, así muchos académicos dijeran lo contrario. Fue una inquietud que lo continuó persiguiendo por décadas y que lo llevó a explorar con intensidad el Pacífico y el Caribe. Hoy es un referente a la hora de hablar sobre esos temas y de conceptos tan polémicos como raza, mestizaje y discriminación racial.

El profesor Wade es británico y rodea los sesenta. Ahora está en la Universidad de Manchester, Reino Unido, desde donde contesta esta entrevista. Ha venido varias veces a las universidades colombianas como catedrático invitado y no deja de estar pendiente de los asuntos del país. Está al tanto de los acuerdos de paz y de lo sucedido en Tumaco en las últimas semanas.

Libros suyos como “Raza y etnicidad en América Latina”, “Gente negra, nación mestiza: dinámicas de las identidades raciales en Colombia” o “Música, raza y nación tropical en Colombia”, siguen siendo citados por cientos de personas. No son pocos los académicos que, en el caso de este último libro, han resaltado el valor que tuvo al desentrañar los orígenes de la música del Caribe y la manera como aquellos ritmos terminaron asentándose en la región Andina. En total, según Google Scholar, Wade ha sido citado más de 6.200 veces.

Desde que vino Colombia empezó a estudiar las poblaciones afrodescendientes. ¿Cómo empezó esa inquietud? ¿Por qué terminó centrándose en Colombia?

Me gradué en Antropología Social en el 1979 y ese año viajé con amigo a Estados Unidos. Empezamos en Nueva York y luego bajamos y cruzamos Centroamérica. En toda la costa centroamericana palpamos la historia de la esclavización, del colonialismo, de las relaciones entre negros y no negros, entre europeos y gente de la región. Luego, fuimos a Colón, en Panamá, y de ahí cogimos un velero que nos llevó a Cartagena. Viví allí durante un año y noté la desigualdad racial sobre todo en Bocagrande donde la clase trabajadora doméstica era negra y el resto de la gente, blanca. Luego me salió la oportunidad para hacer un doctorado, entonces elaboré un proyecto sobre las relaciones de raza y clase en la costa caribeña de Colombia. Cuando regresé a Inglaterra a leer la literatura académica, me encontré con algunas afirmaciones que decían que tanto Colombia como Brasil y otros países de América Latina, no sufrían problemas de racismo o discriminación racial. Pero por mi propia experiencia sabía que eso no era cierto. Entonces me interesé aún más en tratar de indagar un poco en cómo podía coexistir esa percepción de que no había problemas de racismo y al mismo tiempo la realidad obvia de que había, por un lado, desigualdad racial, y por el otro lado, racismo en la vida cotidiana. Así fue como empecé.

Usted ha repetido en varias ocasiones que la idea en que opera el racismo en América Latina es muy distinta a lo que ocurre en EE.UU. o en Reino Unido. ¿En qué varía?

No es completamente distinto porque el racismo siempre opera de la misma manera. Opera, por un lado, por una cuestión de estigmatización, de no valorar al “otro”. Y el “otro” en este caso es el negro, el indígena o el más oscuro. Además, el racismo opera a través de la exclusión: no permitiéndole a ese “otro” oportunidades educativas, de empleo, de recursos y de espacios. Lo que pasa en Colombia y en otros países de América Latina es que la estigmatización coexiste con cierta cordialidad, cierto trato cotidiano de igualdad. No es un trato con insultos, aunque puede suceder. Mientras que EE.UU., antes de los procesos de desegregación de los años sesenta y finales de los cincuenta, se vivía una segregación muy marcada, con barreras claras como la prohibición a las personas negras para entrar a algunos espacios, en Colombia y los países latinoamericanos no sucede lo mismo. Es decir, puede suceder: a veces se le niega a una persona negra la entrada a una discoteca o a un restaurante porque el lugar está lleno o por el tipo de vestido, aunque detrás se esconden otras razones. Entonces aquí el racismo es la coexistencia de prácticas de cordialidad, de convivencia, con prácticas de exclusión y de estigmatización.

Una de las ideas que usted ha desarrollado en la última década hace referencia al racismo científico. ¿Nos puede explicar ese término y la manera en que la ciencia ha contribuido a reforzar la idea de racismo?

El racismo científico es un término que se aplica a los estudios científicos de la humanidad a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando se pensaba que la especie humana se dividía en cuatro, cinco o seis razas, que eran grupos biológicamente definidos en términos de la antropometría, en términos de la medición del cuerpo y, sobre todo, en la medición del cráneo. Eran razas que estaban establecidas en una jerarquía muy marcada: los europeos o blancos encima y los negros o africanos, abajo. Entonces biológicamente, los negros eran inferiores y los blancos eran superiores. Pero desde los años 20, la antropología, especialmente, empezó a desafiar esas teorías raciales al comprobar que biológicamente era imposible dividir a la humanidad en esos grupos. Los nuevos datos empezaron a mostrar que todos los humanos eran muy parecidos biológicamente y que dentro de cada supuesta raza había más variabilidad biológica que entre los supuestos grandes grupos. Entonces ese concepto de raza dejó de ser válido; no tenía sentido. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, con el rechazo de los nazis y sus teorías racistas, también basadas en la ciencia, se le dio la espalda completamente a esa teoría.

¿Y hoy como asume la ciencia ese concepto y esa noción de raza?

En general, la gran mayoría de los biólogos y de los genetistas siguen pensando que clasificar a la gente biológicamente no sirve. No tiene sentido. Sí hay diferencias biológicas entre grupos humanos y están distribuidas en el mundo de una forma que no se puede clasificar en cuatro, cinco o seis grupos. Hoy hay que medir muchas diferencias, que varían de una forma continua a través del espacio y de la geografía. Ahora, sabemos que compartimos el ADN en el 99,5%, entonces toda la variación de la especie humana está en el 0,5% del genoma. Algunos biólogos y genetistas dicen que sí se pueden ver diferencias interesantes entre grupos grandes de poblaciones al indagar en ese 0,5% y que esas diferencias son relevantes en temas como la salud y la medicina. Es decir, a qué tipo de enfermedad es propensa una población, o cómo metaboliza un medicamento algún grupo.

Antes y después de la independencia colombiana hubo una política de mestizaje que tenía una intención muy clara de discriminación. ¿Cree que de alguna manera prevalece?

Después de 1991, con la nueva constitución se dio un vuelco grande al multiculturalismo donde se reconoce y se valora la presencia de afrodescendientes e indígenas en el país. Pero no fue un cambio tan brutal porque aunque algunas personas digan que se ha superado la ideología del mestizaje, yo no veo una ruptura tan fuerte. Cuando se dio el cambio al multiculturalismo se creó una idea de que Colombia es multicultural y pluriétnica, pero eso pasa en los márgenes. O sea, se reconoce que los indígenas están ahí pero en partes retiradas, como el Amazonas, en la Sierra Nevada y en la costa Pacífica. Y que sí hay afrodescendientes, afrocolombianos, pero también la mayoría viven en la costa Pacífica, en la periferia de la nación. Entonces sigue existiendo esa imagen de Colombia como un país básicamente mestizo. La mayoría de la gente es mestiza, el centro del país es mestizo, el poder es mestizo, la cultura esencial sigue siendo mestiza. Una prueba de eso es el Censo del 2005, que era multiculturalista. Pero si uno mira la pregunta que hacían para saber si usted se consideraba afrocolombiano, palenquero o indígena, entonces solo un miembro de una de esas minorías se podía identificar como tal. O sea, la pregunta no era “¿usted se considera mestizo o blanco?” No. Entonces todos los que no eran de esas minorías eran una categoría “normal”. Eso equivalía a ser mestizo o blanco.

Colombia tiene dos particularidades frente a los países latinoamericanos. El conflicto armado y la prevalencia del narcotráfico. ¿Cómo analiza estos dos factores en relación con los aspectos que usted ha estudiado y la discriminación?

Es una pregunta muy difícil. Si tomamos la época de la “Violencia”, es decir desde el 48 hasta entrada la década de los cincuenta, la gente tiende a pensar que era un conflicto entre liberales y conservadores, que evidentemente lo era. Pero al mismo tiempo Gaitán representaba la plebe que no era blanca, en cierto sentido. No eran necesariamente negros, pero sí de piel oscura. Eran las clases populares. Y vistos desde la élite no eran blancos. Al mismo Jorge Elécer Gaitán le decían el “negro” Gaitán o el “indio” Gaitán. Ante la élite figuraba como negro o indio. Ahí se notaba cierto matiz racial en esa violencia aunque no era muy marcada. Luego hay una violencia muy fuerte en los setenta y ochenta donde confluye el paramilitarismo, la guerrilla y el narcotráfico, y no hay matices raciales muy obvias. Pero en los noventa, la violencia se vuelca hacia la Costa Pacífica. Jaime Arocha, el antropólogo colombiano, antes hablaba de la costa Pacífica como un remanso de paz. Pero en los años noventa olvídese de ese remanso de paz: entre todos los desplazados del país la cantidad de afrocolombianos e indígenas es desproporcional en relación con su presencia en la población total. No es un accidente que una región subdesarrollada históricamente pero con muchos recursos también sea una región donde también vive mucha gente negra e indígenas. Es un reflejo de un proceso de racismo estructural, por medio del cual el desarrollo siempre ha dejado a un lado a estas minorías; los han apartado a regiones periféricas. Es un racismo estructural arraigado en las raíces históricas, económicas y políticas del país.

En su tesis doctoral, que apareció hace poco más de 20 años, identificó tres episodios históricos en la formación de la identidad negra: la época colonial y republicana, el surgimiento del movimiento negro y la constitución de 1991. ¿Usted cree que el acuerdo firmado con las Farc podría constituir otro momento clave?

Viendo la manera en que se logró meter asuntos de etnicidad y de identidad racial y étnica en los acuerdos, en la dificultad de incluir cuestiones de consulta previa para comunidades negras e indígenas, no veo en el futuro de una forma muy optimista. Costó mucho trabajo y fue en el último momento en el que se añadió esa parte sobre la consulta previa y el reconocimiento de la centralidad de esas poblaciones. Pero por el otro lado ya sabemos que por las experiencias de la Ley 70 y los decretos asociados con esa ley, que una vez la ley está establecida, abre camino para una serie de procesos favorables que uno no puede predecir dónde van a terminar.

¿Cree que estos acuerdos pueden simbolizar de alguna manera unas nuevas oportunidades para las comunidades negras?

No sé. Los acuerdos pueden ayudar a fortalecer los reclamos en cuanto al manejo del desarrollo, en relación a los reclamos por la tierra, por el acceso al agua, que es un asunto importante en algunas zonas de la zona caribeña. Un buen ejemplo, es lo que sucede en minas como el Cerrejón. Los acuerdos que incluyen idea de consulta previa pueden ayudar a fortalecer ese tipo de reclamos, de reivindicaciones. No creo que sea tan útil para las exclusiones cotidianas que sufren los afrocolombianos en el mercado de trabajo en Cali o en Bogotá.

A medida que se implementan esos acuerdos ha habido conflictos muy difíciles de manejar. Una muestra es lo que está sucediendo en Tumaco. Además, el número de líderes asesinados crece cada vez más. ¿Qué cree que se está haciendo mal?

Bueno. No creo que esos procesos tengan que ver con los acuerdos de paz. Tienen muchas décadas de estar operando. Desalojar a la gente, matarla, tratar de eliminar los cultivos de coca, el riego con glifosato… Todos esos procesos tienen una o dos décadas. Entonces no es algo nuevo. ¿Qué está haciendo mal? Saberlo es muy difícil. Es el sistema político que es, a fin de cuentas, un proceso de desarrollo distorsionado. Hay una falta de poder del Estado, por un lado, y una complicidad estatal con un modelo de desarrollo que arrastra con todo. No pasa únicamente en Colombia. Es un modelo donde el más fuerte es el que tiene el derecho.

¿Cree que Colombia tiene una deuda histórica con esas regiones?

Sí, yo creo que sí. El modelo de desarrollo en la Costa Pacífica no existía en cierta época. Durante mucho tiempo no hubo un plan para el Pacífico. Cuando empezaron a construir planes de desarrollo, por allá en los 70, la idea era traer gente de afuera y construir carreteras para poder sacar los recursos de la región y para que pudiera entrar gente de externa porque no se confiaba en la población nativa. Era una política planeada, que venía de antes: la del extractivismo y el saqueo y utilizando a la población local como mano de obra barata. Eso ha cambiado un poco con la ley 70. Pero junto a esos avances, sigue existiendo el mismo modelo de desarrollo manejado con violencia porque algunos de los protagonistas del desarrollo son criminales, como los paramilitares. Hacen su desarrollo de una forma completamente despiadada. Entonces sí: el país tiene una deuda histórica con esas poblaciones por haberlas marginalizado a través de la historia.

¿En el panorama académico nacional usted cree que sigue habiendo invisibilidad de los afrodescendientes, como lo sostuvo hace un par de décadas?

No es igual. Hoy hay más estudios académicos, sociológicos, antropológicos sobre los afrocolombianos y por fin esos estudios están abarcando las zonas urbanas. Entonces no hay la misma invisibilidad que había en los años 70. Eran muy pocos los que estudiaban esta población. Ahora, quién sabe si es suficiente o si es proporcional. Pero al menos es mejor que antes.

Hoy pareciera haber un mundo mucho más tolerante en términos de discriminación, pero el nuevo contexto político parece indicar otra cosa. Me refiero a las elecciones en Estados Unidos, a los brotes de la ultra derecha en Europa... ¿Cuál es su lectura de este nuevo escenario?

Mi lectura es que en EEUU y en Europa en general está sucediendo un proceso de polarización social y de cambio social. Se ha generado un sentimiento entre ciertos estratos de la población de esos países que se sienten abandonados por el desarrollo, por los políticos, por los procesos de cambio. Esos estratos son variados, pero hay un fuerte componente de la clase trabajadora blanca. Y otros sectores de clase media también están empezando a sentirse presionados por los cambios económicos. Antes tenían una vida cómoda y hoy se están sintiendo una presión que antes no sentían. Entonces una parte de esa reacción a esos sentimientos de abandono y presión, es echarle la culpa a diferentes personas: a la élite política, a los banqueros, pero también a los inmigrantes. Están sintiendo que el mundo no es justo para ellos y que no tienen los beneficios que deberían tener. Ahí se canaliza una serie de resentimiento de ira, de odio, de celos, que fácilmente se agarra de divisiones raciales o étnicas y que algunos políticos o líderes aprovechan para tratar de ganar un espacio político y de poder. Ahí se genera todo ese racismo, ese giro hacia la derecha que toma esas formas xenofóbicas y racistas.