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¿Cuál será la próxima pandemia? La gripe aviar aún acecha

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Fragmento del recién publicado libro “Contagio. La evolución de las pandemias”, sello editorial Debate, sobre los virus que amenazan a la humanidad.

Hay casos que merecen ser objeto de observación; me refiero en concreto al subtipo H5N1, más conocido para nosotros como el virus de la gripe aviar. El neozelandés Robert G. Webster, de 88 años de edad, es al día de hoy el más eminente especialista en el virus de la gripe de todo el mundo -creció en una granja de Nueva Zelanda, estudió Microbiología, se doctoró en Canberra y luego se trasladó a Estados Unidos, en 1969, para ocupar un puesto en el St. Jude Children’s Research Hospital, en Memphis, donde ha estado desde entonces-, desempeñó un papel crucial en la respuesta a este atemorizador subtipo, cuando apareció por primera vez.

En mayo de 1997, un niño de tres años murió de gripe en Hong Kong, y se encontró un virus en una muestra tomada con hisopo de su tráquea, pero los científicos del laboratorio en que se examinó no pudieron reconocerlo. Parte de la muestra se envió a los Centros para el Control y prevención de Enfermedades en Atlanta (CDC), pero no se consiguió identificarlo.

Entonces, se pasó una muestra del virus a un científico neerlandés que estaba de visita en Hong Kong, quien emprendió el viaje de regreso y se puso a trabajaren ello de inmediato. Informó a colegas de todo el mundo de que parecía un H5, un virus de la gripe aviar. “Y todos dijimos: “Eso es imposible” —recordaba Webster—. El H5 no afecta a seres humanos. Pensamos que tenía que tratarse de un error. Pero no lo era.

Lo más alarmante de todo era que se trataba del primer caso en que un influenzavirus aviario (con contenido genético de virus no especializados en humanos, debido al reordenamiento) causaba la muerte por enfermedad respiratoria a una persona. Aparecieron tres nuevos casos en noviembre y, llegado ese punto, el propio Webster cogió un avión para Hong Kong.

Era un momento muy poco idóneo para una emergencia médica. En 1997 había tenido lugar la transición política de Hong Kong de una colonia británica a una región administrativa especial de ChIna. Las instituciones públicas eran inestables, los directivos y el personal estaban en cambio constante, y Robert Webster se encontró con que en la Universidad de Hong Kong apenas había expertos en gripe.

Siguieron apareciendo casos en humanos, un total de dieciocho para cuando acabó el año, con una tasa de letalidad del 33 por ciento. Este subtipo aviar era particularmente agresivo. Pero ¿cómo se transmitía? Nade había conseguido rastrear su origen, además de que no se sabía la rapidez con la que podría propagarse entre los seres humanos. “Así que reuní a los posdoctorandos a los que había formado en el Pacífico —me contó Webster— y les pedí que acudieran a Hong Kong. Y, en tres días, localizamos el virus en los mercados de venta de aves de corral vivas”.

Fue un punto de partida crucial. Los funcionarios de Hong Kong ordenaron cerrar los mercados y sacrificar a todas las aves domésticas (un millón y medio de individuos), lo que resolvería el problema más inmediato. Durante un tiempo, no se dieron nuevos casos, ni en Hong Kong ni en ninguna otra parte. Pero este nuevo y repugnante virus aún estaba por erradicar. Siguió circulando discretamente entre los patos domésticos de las provincias costeras de China, donde muchos de los habitantes del área rural los tenían en sus granjas, y los sacaban todos los días para que se alimentaran en los arrozales.

Era muy difícil hacer un seguimiento del virus en semejantes circunstancias, y aún más difícil erradicarlo, porque los patos infectados son asintomáticos. “Los patos son el caballo de Troya”, afirmaba Webster. Lo que quería decir es que, alojado en ellos, el peligro acecha en secreto. Los patos salvajes pueden aterrizar en un arrozal inundado, quizá sean portadores del virus, ensucien el agua e infecten a los domésticos.

Puede que estos parezcan estar bien, pero cuando el niño de la casa los mete en el corral por la noche, es posible que infecten a los pollos. No pasará mucho tiempo hasta que los pollos, y también el niño, puedan haber muerto de gripe aviar. “Los patos son el caballo de Troya”, repitió. Se trata de una sentencia poderosa, vívida y clara, y ya la había leído en algunas de sus publicaciones. Pero, en este caso, era más específico, se refería a los ánades reales y a los ánades rabudos. La patogenicidad de este virus difiere de manera descarada según el tipo de ave del que se trate. “Depende de la especie —me explicó Webster—. Algunas especies, como el ánsar indio, mueren, pero los ánades reales y los rabudos lo portan y lo propagan”.

Seis años después de este primer brote epidémico de Hong Kong, el H5N1 regresó para infectar a tres miembros de una familia y matar a dos de ellos. Como ya he explicado unas páginas atrás, eso ocurrió durante las primeras alarmas por lo que se llegó a conocer como SARS, lo que vino a complicar los esfuerzos para identificar a este otro virus, muy diferente. Por la misma época, el H5N1 comenzó a intensificarse entre las aves de corral de Corea del Sur, Vietnam, Japón, Indonesia y en general todos los países de la región, acabando con la vida de muchas aves y de como mínimo un par de personas más.

También se propagó a través de las aves salvajes, llegando así hasta muy lejos. El lago Quinghai, en el occidente de China, a unos dos mil kilómetros al noroeste de Hong Kong, se convirtió en el escenario de un acontecimiento aciago, al que Webster, de hecho, había hecho alusión al mencionar a los ánsares indios.

El lago es un importante sitio de cría de una serie de anátidas migratorias, cuyo corredor aéreo las conduce de varias maneras desde allí hasta India, Siberia y el Sudeste Asiático. En abril y mayo del 2005, murieron seis mil aves en Quinghai por causa de la gripe del H5N1. El primer animal afectado fue el ánsar indio, pero la enfermedad también golpeó al tarro canelo, al cormorán grande y a dos tipos de gaviota.

El ánsar indio, con una gran superficie alar en relación a su peso, está muy bien adaptado a vuelos de gran altura y largas distancias. Anida en la meseta tibetana y en su migración pasa por encima de la cordillera del Himalaya. Fue sembrando el H5N1. “Y es presumible —concluyó Webster—, que estas aves salvajes lo portasen hacia el oeste, a India, África, Europa, etc”.

Alcanzó Egipto en el 2006, por ejemplo, un país en el que ha sido especialmente problemático. “En Egipto está en todas partes, en las aves de corral de venta comercial, en las poblaciones de patos...”. Las autoridades sanitarias del país trataron de vacunar a las aves domésticas, con vacunas importadas de Asia, pero no funcionó. “Es sorprendente que no haya más casos en humanos”.

La cuota egipcia es bastante alta, con 151 casos 563 confirmados en agosto del 2011, de los que 52 acabaron siendo letales. Los números representan más de un cuarto de todos los casos conocidos de gripe aviar en humanos en todo el mundo, y más de un tercio de las muertes, desde que emergiera el H5N1, en 1997. Pero se da un factor crítico; pocos de los casos egipcios, si es que hubo alguno, eran el resultado de una transmisión de humano a humano. Los desafortunados pacientes egipcios parecían haberse contagiado el virus directamente de las aves, lo que indicaría que aún no ha encontrado un modo eficaz de pasar de una persona a otra.

De acuerdo con Robert Webster, se dan dos aspectos peligrosos en la situación actual. El primero es que Egipto, dados sus trastornos políticos recientes y la incertidumbre sobre a dónde van a llevar al país, puede no estar preparado como país para contener un brote de gripe aviar transmisible, si tuviese lugar. El segundo atañe tanto a quienes investigan la gripe como a los servicios de sanidad pública de todo el mundo. Debido a su elevada tasa de mutación y a la normalidad del contacto entre personas y aves infectadas, el virus podría dar con una configuración genética que lo hiciera altamente transmisible entre individuos humanos.

“Mientras el H5N1 esté campando por el mundo —mantenía Webster—, hay una posibilidad para el desastre. Mientras conviva con poblaciones humanas, existe el riesgo teórico de que adquiera la capacidad de transmitirse de un ser humano a otro. —Hizo una pausa—. Si se da el caso, ya podemos rezar”.»

* Cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.

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