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“El olor fue invisibilizado de la historia del universo”: Federico Kukso

Odorama: historia cultural del olor es el más reciente libro del periodista científico argentino, quien a través de su investigación llegó a explicar olores tan inexplorados como el del Big Bang.

Ilustración: Traje de Perfumista Nicolas Bonnart 1695. Biblioteca Nacional de Francia.

El olor que Federico Kukso más disfruta es el de la lluvia. Y en su mente, que durante años exploró el simbolismo de los olores, también calan con fuerza el del primer café en la mañana, el césped recién cortado y el incomparable olor de su casa, de sus padres. Para este periodista científico nacido en Buenos Aires, la esencia del olor es su carácter efímero, su capacidad de desaparecer en el tiempo físico y resguardarse irracionalmente en la parte del cerebro que siente y que siempre vuelve a recordar.

Odorama: historia cultural del olor , su más reciente libro, se convirtió en un insaciable rastreo del origen de los olores y, como dice él, “en el trabajo casi que de una hormiga”, por intentar articular todos los elementos necesarios para poder describir aromas totalmente ignorados en los tradicionales relatos históricos, como el del Big Bang. ¿A qué huelen las estrellas o los planetas? ¿Cómo olía un dinosaurio? ¿Qué aroma se respiraba en París, Londres o Buenos Aires de siglos pasados? Esas son las preguntas que Kukso algún día se hizo y que ahora intenta responder.

Federico Kukso cita en su introducción un estudio realizado en 2014 por la neurobióloga Leslie Vosshall, de la Rockefeller University de Nueva York, el cual concluye cómo los seres humanos podemos detectar más de un billón de olores. “Cuesta imaginarlo”, señala, y prosigue con un cuestionamiento: “¿Cuántos aromas conocemos? ¿Cuántos nos falta personalmente descubrir?”. En un compendio de 432 páginas, el periodista argentino describe cómo la acción de oler es netamente biológica, pero los simbolismos que se dieron a esas fragancias hicieron parte de una construcción social que ahora él intenta deconstruir.

¿Cómo surgió la idea de hacer una historia del olor?

En 2015 viví en Estados Unidos. Estaba realizando una beca que te permite estudiar en Harvard y en MIT, y de las cosas que me pasaban al estar en una ciudad ajena a la mía es que empecé a distinguir olores extraños que no eran tan frecuentes en mi país de origen, Argentina. Por ejemplo, el olor de la canela, que en Norteamérica se sentía prácticamente en todos lados. Entonces me empecé a hacer esa pregunta de por qué tanta presencia de la canela en este país, y fue cuando comencé a buscar esas historias que estaban en la punta de mi nariz. Algo que me pasó mucho cuando estaba investigando, no importaba en qué parte del mundo estuviera, era que cuando hablaba de ese trabajo veía cómo a todo el mundo le interesaba. Eso es porque cada persona tiene una historia íntima con el olor. Son historias, anécdotas y vínculos que no se socializan de ninguna manera. Lo que siempre me interesó como periodista fue saber cómo una sociedad determina de qué tema se habla y de qué tema no se habla, y el campo de los olores está permeado por eso. Entonces es interesante ver cómo cada cultura tiene su patrimonio olfativo.

Usted describe el olor de ciertas etapas cronológicamente. ¿Cómo escogió y priorizó unos episodios sobre otros?

Odorama es un libro sobre la historia cultural del olor y no del olfato. Y esto no es algo menor, porque lo que yo busqué fue sacar al ser humano del centro. Esta es solo una historia del olor porque los olores nos preceden y van a estar cuando el ser humano desaparezca de la tierra. Entonces empiezo casi poéticamente, hablando de los aromas del Bing Bang, de los olores del universo. Luego voy para la época de los dinosaurios, porque también es interesante pensar cómo olían el mundo y el universo antes de la aparición del ser humano. El libro es como una biografía del olor, y algo que me llamó la atención es la relación desodorizada que tenemos con nuestro pasado. Odorama está ordenado en varias partes: olores de ayer, olores de hoy y olores de mañana. Exploro grandes civilizaciones a partir de prácticas olfativas.

¿Qué método de investigación utilizó para llegar a rastrear los olores de épocas tan distantes o inexploradas, como el caso del espacio?

Todo sabemos cómo los olores permean nuestra vida cotidiana y sin embargo son olvidados y silenciados. Y algo interesante es que el olor es considerado, quizás, la máxima imagen de lo efímero. Es interesante ver cómo, aunque los olores no se fosilizan y no los puedes desenterrar, quedan ciertos registros indirectos. Por ejemplo, hay relatos con prácticas que asocian el olor y se pueden encontrar en jeroglíficos, cartas íntimas, tratados médicos. Entonces, mi trabajo fue casi el de una hormiga buscando este tipo de registros indirectos. En el caso del olor del espacio, hay estudios químicos sobre los componentes que se encuentran allí. Por ejemplo, uno puede describir que Venus huele a huevos podridos, no porque alguien haya ido, sino porque se conocen los componentes químicos de los planetas. También hay relatos de Neil Armstrong y Buzz Aldrin en su recorrido por la Luna y describen el olor de la Luna. Entonces, sí se puede. Lo interesante es —y un poco lo que intento hacer en el libro— que estas descripciones olfativas no suelen tener el mismo rango que descripciones visuales. Tenemos miles de fotos de la Luna, fotos de otros planetas, pero de olores no, y la gran pregunta es por qué no se habla de estos temas. ¿Por qué se denigra al olor?

Sabemos que el olor es una sensación biológica, pero ¿su interpretación hace parte de una construcción social?

El proceso de la olfación, o sea, el acto de oler, es un acto biológico: estamos equipados con nariz, con receptores y el cerebro. Pero el acto de interpretar los olores es cultural. Existen ciertos olores básicos, por así llamarlos, que todo ser humano determina que son feos. Por ejemplo, el olor de comida podrida o el olor de un cuerpo en descomposición, son olores que la evolución hizo que los detectemos como algo que podrían atentar contra nuestra vida, por eso desagradan, como el olor del vómito, que genera una alarma en nuestro cerebro. Cuando se huele a una persona que no expele un buen aroma, quizá porque no se baña o no usa antitranspirante, inmediatamente desarrollamos un juicio de valor y esa persona nos genera sospecha.

¿Cómo funciona el proceso biológico del olfato?

Los olores son enjambres de moléculas. Son miles de moléculas invisibles que desprenden los objetos y son capturadas por nuestra nariz. Estas partículas impactan en unos tejidos en el fondo de nuestra nariz, los receptores olfativos, y ahí se produce un camino eléctrico al cerebro, en donde están alojadas las emociones y el centro de la memoria. Es interesante ver cómo es una parte de nuestro cerebro que no está relacionada con la razón y eso nos permite entender cómo los olores nos impactan emocionalmente. Es identificar una especie de nuestra parte prerracional.

¿Cree que, en su relato, al describir el olor de personajes históricos los humanizó?

Eso es interesante. Cuando uno piensa, por ejemplo, en grandes figuras actuales, como el papa o Messi, quizás no piensa que van al baño o que tienen funciones naturales, como todos los seres humanos. Puede sonar escatológico y chabacano, pero es parte de la vida normal y los vuelve más humanos. Pasa lo mismo con grandes figuras de nuestra historia, como Simón Bolívar, José de San Martín en la Argentina, Julio César o Cleopatra, y en mi trabajo lo que hice fue rastrear las biografías y la literatura del tema. Por ejemplo, en relatos como el de Alejandro Magno, que decía que le gustaba el azafrán y que a eso olía su túnica. Cuando yo hablo de olor no solamente es para decir qué lindo olían o qué feo, sino que escudriñar el olor me sirve como una lupa para ver grandes mutaciones y transformaciones en la sociedad. Cambios en la higiene, en la ciudades, la gastronomía.

¿La creación de los desodorantes y los jabones de limpieza corporal cambió un paradigma de cómo la sociedad percibía los olores?

Vivimos en una época en la que ciertos olores se tapan y otros se privilegian, como es el caso de los olores sintéticos, que son el sinónimo de lo limpio. Sin embargo, hay ciertos olores que se denigran o entran en el campo de la vergüenza, como los olores a pies o a transpiración. Es interesante que vivimos en una época en la que hay un mandato social tácito de que estos olores hay que taparlos. ¿Y cómo se tapan? Con antitranspirante. Actualmente, sobre todo en Occidente, hay una vigilancia permanente y estamos totalmente atentos a quién tiene mal aliento o huele a transpiración. Es interesante ver cómo algunos olores son tapados y el antitranspirante produjo eso. En 300.000 años de la historia el Homo sapiens convivió con sus olores corporales. En cambio ahora naturalizamos lo antinatural y por eso en este libro me pregunté qué causó la desodorización.

En su libro cuenta cómo el perfume viene del fuego. ¿Puede hablar un poco de esta relación?

Ese es un momento que quizá no quedó en la historia porque nadie sabe quién fue el primer Homo sapiens que luego de haber inventado el fuego arrojó resinas aromáticas sin saberlo y olió ese perfume generado. La palabra perfume viene de per fum, que quiere decir “a través del fuego”. De hecho, todas las religiones tienen una relación con lo sagrado y los olores. Incluso, estas fragancias, antes de ser un objeto de lujo, eran un medio de comunicación con los dioses, como por ejemplo el incienso: quemar fragancias para que ese humo se eleve y llegue a las deidades.

En su investigación pasó por épocas muy antiguas. ¿En algún momento encontró olores que actualmente están extintos?

Hay algo muy interesante y fueron los distintos intentos de construir archivos de olores. Yo hago una relación en el libro entre el simbolismo del olor y una especie en extinción, por eso es importante entender los olores como ese patrimonio que también se puede perder. Yo pensaba en estos días en los incendios de Australia y del Amazonas, el olor de esos animales y esos bosques, que ya se perdió.

¿Qué referentes científicos utilizó en su búsqueda? ¿Hay algún texto que haya ayudado a construir esa idea?

Más que científico, hay un libro de literatura que me fascinó, que es El perfume, de Patrick Süskind, un autor alemán. Es un libro que leí cuando tenía dieciséis años y me marcó Yo lo aplico a mi trabajo periodístico porque es un libro que está centrado en la París de la primera mitad del siglo XVIII, que trata sobre un asesino que es un virtuoso nasal. Ese texto lo apliqué no solo en Odorama sino en mi trabajo periodístico: cada vez que escribo un artículo le doy mucha importancia a si hay olor o no, porque también la ausencia de olor habla de una sociedad y de un ambiente.

También hay un historiador francés llamado Alain Corbin, que tiene un libro muy lindo y se llama El perfume, o el Miasma, que analiza la desodorización en Francia del siglo XVIII, antes de la Revolución francesa, en la que se empieza a pensar que hay que airear los ambientes. Todo este proceso se da cuando se pensaba que las enfermedades eran transmitidas por los malos olores, y luego llega Pasteur con los gérmenes y las bacterias. Entonces empiezan a surgir nuevas ideas de la higiene y demás Por ejemplo, ahí empieza a surgir la idea del olor del pobre, el olor del pueblo como el olor de la masa, como algo peligroso, y eso se empieza a filtrar en el discurso. Es algo que llamé los prejuicios olfativos, como por ejemplo, en la Segunda Guerra Mundial, el discurso nazi. Utilizó mucho la figura del olor del judío, para denigrar al otro, para justificar la segregación y también la aniquilación. O el olor del negro en Estados Unidos.

Usted compara la deconstrucción del concepto del olor con el concepto de género. ¿Cómo encuentra esa relación?

Me gusta ver el cambio de ideas a través de los tiempos y eso me permite también ver la historia del olor como ciertas ideas que en ciertos momentos se pensaban que eran dominantes y en un momento lo dejaron de ser. Eso justamente es lo que vivimos actualmente, con la deconstrucción del concepto de género. Entonces, lo que busco con esto al pensar en el olor es desnaturalizarlo. Me parece que es una buena estrategia para aprender de la historia y para cuestionar el dogma, para cuestionar aquello que se piensa que no debe ser cuestionado. Pensar en el olor profundamente, ese ejercicio de cuestionar la realidad que parece que no tiene por qué cambiar.

¿Cuál es su olor preferido o el que más recuerda?

Me gusta mucho el olor de la lluvia, de hecho, ese olor lo nombro mucho en el libro. También me gusta el olor del césped recién cortado, porque, como te decía, tiene esta idea de comenzar, y el olor a café como el comienzo del día. Luego hay olores que quizás tienen que ver con la argentinidad, como el olor a asado, y hay olores que no han sido cartografiados, como los amigos, la familia, los seres queridos, que no tienen un nombre científico, pero son olores que son protagonistas de nuestra vida.

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Juliana Jaimes Vargas / @julsjaimes

Ciencia

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