¿Qué pasó dentro de la institución?

El poder enloquece… hasta en Colciencias

El paso del científico César Ocampo por la dirección de Colciencias dejó enseñanzas para el próximo que quiera salvar la ciencia colombiana.

César Ocampo, ingeniero aeroespacial, asumió la dirección de Colciencias durante 11 meses. / Gustavo Torrijos

Hay dos versiones rodando por medios de comunicación y redes sociales sobre el escándalo político que sacude a Colciencias. En una de ellas el científico colombiano César Ocampo es un héroe solitario que intentó limpiar la politiquería, insuflarle un nuevo aire a la entidad, pero no pudo vencer intereses oscuros. La otra versión dice que César Ocampo, en tan sólo 11 meses, casi acaba con lo poco que se había logrado organizar y construir dentro de la institución en los últimos dos años.

¿Cuál de las dos es la verdadera? Varios funcionarios y exfuncionarios dan pistas sobre lo que realmente ocurrió dentro de la entidad (*).

A principios de 2017, después de seis directores al frente de la institución y ante el descontento de la comunidad científica, el presidente Juan Manuel Santos decidió jugársela por un científico. Fue ahí cuando entró en la baraja el nombre de César Ocampo, un ingeniero aeroespacial que trabajó en la Universidad de Texas, en Austin, por casi 15 años y había ganado popularidad desde que regresó a Colombia e intentaba, desde la Universidad Sergio Arboleda, promover la investigación espacial.

La primera tarea que decidió emprender Ocampo cuando apenas comenzaba a empaparse del funcionamiento de una entidad que maneja cerca de $600.000 millones anuales y una planta de 120 funcionarios y 320 contratistas, fue replantear la visión, la misión y los valores de Colciencias. Aunque varios de sus asesores le insinuaron que lo importante era concentrarse en cumplir con las metas del Plan de Desarrollo a un año y medio de que terminara el Gobierno, Ocampo al parecer quería borrón y cuenta nueva.

Casi desde el principio Ocampo proyectó la imagen de un hombre ensimismado, solitario y desconfiado. “Recuerde que todo lo hago al revés”, le dijo alguna vez a una de las personas cercanas. A muchas de las citas iba sin sus principales asesores, casi nunca aceptaba entrevistas, no asistía a la mayoría de eventos que demandaban su presencia, organizaba viajes internacionales que luego cancelaba sin mayores explicaciones y tenía poca comunicación con otros altos miembros del Gobierno.

Además de su obsesión por replantear la misión de Colciencias, casi desde que se posesionó en el cargo, Ocampo comenzó a hablar de “una constelación satelital”… “montar una constelación de ocho satélites, ubicada en la franja ecuatorial que garantizaría una revisita de Colombia cada 40 minutos y que tendría el ancho suficiente para cubrir todo el territorio nacional… Nuestro sueño es que toda esta información llegue, por ejemplo, al campesino a través de una aplicación para que pueda tomar mejores decisiones”, le explicó Ocampo a la revista Semana.

El asunto no cayó nada bien en la comunidad científica, aun cuando casi nadie se negaría a tener ocho satélites. El problema es que una política de ciencia y tecnología no puede ser dictada por una sola persona sin consulta. Menos aún si está directamente relacionada con su especialidad y vale una tercera parte de todo el presupuesto de Colciencias.

“Muchas personas en el interior de la entidad le dijeron que no podía mencionar empresas, que Colciencias no tenía el presupuesto para eso, que era un proyecto que debía involucrar a muchas instituciones. Empezó como algo desarticulado y desordenado. Ese es su estilo de trabajo. La gente está acostumbrada a un plan y un proceso. Eso causaba mucho malestar”, le contó a El Espectador otra persona muy cercana a él. Ocampo al parecer interpretaba las críticas como una confabulación en su contra. “No estás en la misma línea conmigo”, decía.

Mientras los directores y los funcionarios intentaban mantener el rumbo que ya estaba trazado, ejecutar los programas en marcha, coordinar las becas, cumplir con los protocolos administrativos, Ocampo comenzó a plantear otras ideas que desconcertaron a todos: “Comunidades sostenibles en zonas veredales”, “telemedicina”, “un enjambre de drones subacuáticos” y el proyecto “K-infinito”. “Metía tareas de otras carteras sin explorar con los otros ministros su factibilidad”, recuerda un asesor.

En diciembre todo explotó. Ocampo se desmarcó del Plan Estratégico para 2018 que construyeron participativamente los subdirectores y anunció que no renovaría el contrato de unos 135 contratistas sin justa causa. En ese momento el subdirector Alejandro Olaya redactó una serie de memorandos que advertían sobre el cambio de rumbo y el desorden que estaba provocando Ocampo. Ante una orden del presidente Santos, el secretario general de Presidencia, Alfonso Prada, le pidió la renuncia. Ocampo se negó.

Él tenía otro plan en mente. “Decía que se iba a quedar. Su pretensión era continuar en el siguiente gobierno”, contó alguien cercano. “Todos estábamos aburridos con el jefe que teníamos. No está bien que se haga la víctima, cuando él sabe bien que fue por su incompetencia”, dice otra funcionaria decepcionada de las versiones que han circulado en los medios de comunicación sobre lo ocurrido.

En la guerra sucia que se desató después del escándalo, en que tanto Ocampo como el Gobierno se han intentado acusar mutuamente de deshonestidad, parece que hay más rabia que pruebas concretas de lado y lado. Por ahora, los testimonios dentro de la entidad apuntan a que la ciencia no vive sólo de sueños de grandeza, sino también de burocracia bien administrada.

* Algunos funcionarios y exfuncionarios aceptaron hablar con El Espectador sobre las intimidades del caso. Todos pidieron que sus nombres permanecieran bajo reserva para evitar conflictos personales. El Espectador da fe de que ocupaban altos cargos, tenían contacto con Ocampo y conocían la entidad.

 

 

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