El tipo que quiere destronar a Elon Musk en el espacio

Peter Beck nunca fue a la universidad, pero desde niño se obsesionó con aprender a construir aparatos y cohetes. Un día se arriesgó a lo impensable: tener una empresa de cohetes en la pequeña Nueva Zelanda. Rocket Lab ya demostró que es posible hacer lanzamientos al espacio a precios accesibles y con mayor periodicidad.

El tipo que quiere destronar a Elon Musk en el espacio
Cortesía Rocket Lab

Una mañana de 1999, cuando apenas tenía 18 años, Peter Beck se vistió de rojo, como un superhéroe, se protegió la cabeza con un casco blanco y condujo hasta un parqueadero solitario. Había atado a su bicicleta un motor de cohete casero que fabricó por su cuenta luego de investigar sobre combustibles, materiales y física en la biblioteca del pueblo de Nueva Zelanda donde nació y creció. (También le puede interaesar: NASA y ESA colaborarán para traer muestras de Marte a la Tierra)

Cuando estuvo listo para el encendido, adoptando la postura aerodinámica que creía correcta, activó el motor y comenzó a rodar por el estacionamiento a 140 kilómetros por hora. Toda una hazaña adolescente. Usó los cambios de posición sobre la bicicleta para disminuir la velocidad lentamente aprovechando la resistencia del viento y, después de cierto punto, apretó los frenos evitando que se quemaran y desgastaran. Ese día todo salió de acuerdo con el plan que ideó.

Beck nunca fue a la universidad. Podría haberlo hecho en el pequeño país de sólo cuatro millones de habitantes y un alto estándar de vida. Pero prefirió trabajar en diferentes oficios. Limpió inodoros, aprendió a montar molinos y tornos, a construir yates de lujo, a fabricar electrodomésticos, a reducir el ruido de hélices y motores y, finalmente, trabajó para una agencia del gobierno en innovación y desarrollo. (Lea también: Lanzamiento del cohete Falcon Heavy fue un éxito)

El amor por los cohetes nunca se apagó. En los ratos libres siguió estudiando, diseñando, imaginando, ensayando, jugando, soñando nuevos cohetes. Hace un par de semanas, Beck fue el encargado de ofrecer una de las conferencias inaugurales de la Semana de la Tecnología en Nueva Zelanda. Con 37 años, tenis Converse, sin corbata, un poco despeinado, explicó cómo nació y creció la compañía Rocket Lab, una empresa que junto a Space X de Elon Musk, lidera la carrera espacial en el sector privado. Beck dijo que su propósito no es otro que “democratizar el espacio”.

Lanzar cohetes al espacio para liberar satélites es una tarea exageradamente costosa, dispendiosa, compleja. En 2006 viajó a Estados Unidos y visitó instalaciones espaciales, empresas y startups que trabajan en el sector. “Esperaba que todas estas startups corrieran con mucha energía y locura por todos lados. Pero no sucedía nada de eso... sus planteamientos parecían obsoletos”, le confesó a la periodista Ashlee Vance, de Bloomberg, el año pasado.

Los lanzamientos, tanto en Estados Unidos como en Europa, seguían siendo administrados por los gobiernos y costaban de US$100 millones a US$300 millones cada uno. Beck pensó, como muchos otros emprendedores, que si lograba crear cohetes mucho más baratos, lanzarlos con más frecuencia, fabricarlos con mayor rapidez y, además, integrar la miniaturización de los satélites, que avanzaba por otro lado, podrían provocar una revolución.

Beck recaudó cerca de US$300.000 para fundar su empresa. Uno de sus donantes, con el casi profético nombre de Mark Rocket, fue un multimillonario neozelandés a quien la idea después de todo no le pareció tan loca. En 2009, Beck dio a conocer su primer prototipo de cohete. Lo bautizó Ātea-1 que en lengua maorí quiere decir “espacio”. El cohete resumía su pensamiento: sólo 6 metros de largo con un peso de 60 kg y alcanzaba una altitud de 120 km. La carga de ese primer artefacto fue sui generis: salchichas de cordero caseras. Era el precio que impuso el empresario agrícola Michael Fay, quien cedió una parte de su propiedad para instalar la plataforma de lanzamiento en una pequeña isla de Nueva Zelanda.

Beck, como aquella vez con su casco blanco y su bicicleta, volvió a tener suerte. Y ese primer cohete se convirtió en la garantía de respaldo a su ambición de conquistar el espacio de forma más barata y eficiente. Con una empresa que ha recaudado unos US$148 millones desde entonces, está avaluada en más de mil millones de dólares y es uno de los orgullos de innovación en Nueva Zelanda, Beck y su equipo sacan pecho por varias razones: primer motor impreso en 3D, primer motor eléctrico turbobombeado, los únicos en el mundo con una plataforma de lanzamiento privada, dueños del primer cohete diseñado y desarrollado en el hemisferio sur, y también por ser el equipo más pequeño que jamás haya construido un cohete orbital, entre otras innovaciones técnicas.

Frente a frente, los cohetes de Beck y los de Elon Musk con su empresa Space X, dejan entrever los enfoques diferentes en la carrera espacial privada. El Electron es delgado, de caparazón negro de 17 metros de largo por 1,2 metros de diámetro. El Falcon Heavy, más voluminoso, tiene 70 metros de alto y 3,66 metros de ancho. El segundo puede llevar una carga útil de 22.000 kilos a una órbita terrestre baja. El primero tiene apenas 226 kilos de capacidad. Sin embargo, Rocket Lab cobraría solo US$5 millones por vuelo, mientras que SpaceX cobraría US$60 millones.

El último episodio de esta carrera espacial privada ocurrió en los dos primeros meses de este año. El 21 de enero despegó desde Nueva Zelanda a bordo de uno de los cohetes Electron una esfera geodésica hecha de fibra de carbono con 76 paneles altamente reflectantes. La nombraron la Estrella de la Humanidad. “Fue diseñada para ser un símbolo brillante y un recordatorio para todos en la Tierra sobre nuestro frágil lugar en el universo”, explicó Beck. Un par de semanas más tarde, el 6 de febrero, desde Cabo Cañaveral despegó el poderoso Falcon Heavy de Elon Musk. El cohete llevaba en sus entrañas nada más y nada menos que un carro Tesla rojo. Dos símbolos muy distintos de la carrera espacial que ya comenzó.

Durante su conferencia, al referirse a las dificultades que enfrenta un innovador, Beck les recordó a todos: “a veces un No es un Sí en una forma diferente”.

*El periodista asistió a la Semana de la Tecnología gracias a una invitación de la agencia de promoción del desarrollo económico y comercial de Nueva Zelanda.

 

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