Un retrato digital del sentimiento colectivo

Emociones y redes: lo que mueve el paro

Un seguimiento a las manifestaciones a través de redes sociales deja ver las emociones que han dominado los últimos 10 días. Estas reacciones son el caldo de cultivo de la resistencia, liderada por los jóvenes, pero también de la angustia y la ansiedad que varios usuarios digitales empiezan a reportar.

Jóvenes han protagonizado la mayoría de las movilizaciones desde el 21 de noviembre. Mauricio Alvarado - El Espectador

“21 de noviembre somos todos”, “marchar en paz”, “cacerolazo”, “teoría del pánico”, “todo es un montaje del Estado” y “Dilan Cruz” han sido algunos de los hashtags más compartidos por los colombianos en Twitter durante los últimos diez días. Esta plataforma está siendo el megáfono de la protesta social que vive el país, al menos así es para cerca de seis millones de ciudadanos que utilizan esta red social, según estimaciones del MinTic. (Lea: Un paro que nadie logra explicar por completo)

Si bien algunas de las razones y exigencias de los manifestantes han sido divulgadas por el Comité del Paro ante el presidente Iván Duque, una mezcla de sentires colectivos inunda los chats de Whatsapp y las calles. Aunque estas reacciones no han llamado mucho la atención, científicos sociales se han dedicado a estudiar el contagio de las emociones por redes sociales. Dejar de lado este fenómeno para entender la movilización más grande de los últimos cincuenta años en Colombia sería dejar la historia incompleta. (Lea: Las razones para el Paro Nacional)

Las palabras de las emociones

Las tendencias de Twitter, identificadas gracias a páginas como Get Day Trends, son la muestra de un desconcierto nacional hecho lenguaje, ya sea a raíz del paro o en contra de él. Estas publicaciones, en su gran mayoría cargadas de indignación, han sido la reacción inmediata a un objeto preciso. Una emoción que, fiel a su agite, dura un tiempo limitado y trae consigo una valoración positiva o negativa.

El problema es que “como los sentimientos internos son difíciles de medir, la disciplina de la ciencia política ha ignorado en gran medida su papel. A menudo percibidas como distorsiones temporales del comportamiento racional o herramientas para la manipulación de multitudes, las emociones se presentan en el mejor de los casos como percepciones erróneas en la toma de decisiones políticas. En el peor de los casos, simplemente se ignoran”. Así lo critica el politólogo y profesor de la Universidad de Tecnologías de Kaunsas (Lituania) Ainius Lašas, en la revista de la Universidad de Naciones Unidas.

En época de redes sociales, traducir estas reacciones a palabras y colgarlas en plataformas públicas es un acto llamado “etiquetado afectivo”. Tuitear una emoción, de hecho, reduce rápidamente su intensidad, de acuerdo con Matthew D. Lieberman, experto en neurociencia social y profesor de ciencias del comportamiento biológico en la Universidad de California. En pocas palabras: también compartiendo lo que sentimos nos hemos liberado de ello.

Su investigación, publicada en la revista científica Nature Human Behaviour, no es la única que le atribuye beneficios al etiquetado afectivo. Otro estudio difundido el año pasado por la misma revista analizó la evolución de estas reacciones justo después de postearlas. El experimento, que analizó las publicaciones de 74.487 usuarios de Twitter, se basó en 42 mil publicaciones positivas y otras 67 mil negativas que incluyeran la palabra “siento”. Por ejemplo, “Me siento feliz” o “Me siento terrible”.

Tras colar esa información a través de un algoritmo y tener en cuenta las publicaciones previas y posteriores al etiquetado efectivo, los investigadores concluyeron que la expresión de emociones positivas está precedida por un aumento breve de la misma emoción y luego su disminución hasta alcanzar un nivel normal. Las negativas, sin embargo, “se acumulan más lentamente y son seguidas por una fuerte inversión a los niveles anteriores. Estimamos que las emociones positivas y negativas duran entre 1,25 y 1,5 horas, respectivamente, desde el inicio hasta la evanescencia”, explicaron los autores.

Redes: la huella del contagio de la indignación

El contagio de las emociones se ha estudiado desde hace años en la psicología, la biología y la neurociencia. Estas desempeñan un papel social determinante; cuando los humanos experimentan emociones, generalmente no las guardan para sí mismos, sino que tienden a mostrarlas. Sin embargo, hasta la llegada de las redes sociales, se pensaba que los sentimientos solo podían contagiarse a través del contacto directo, en intercambios verbales o acciones corporales.

Primatólogos han documentado que algunos animales también pueden “captar” las emociones de otros a través de caras, voces y posturas. Pero hasta hace poco no se sabía si en las redes sociales también podía presentarse ese contagio (aunque hoy nos parezca obvio).

Recientes investigaciones han evidenciado que el contenido producido y consumido en redes sociales afecta los estados emocionales y el comportamiento de los individuos. Es decir, que los sentimientos individuales impactan el estado emocional de otros usuarios. Uno de estos estudios es This is your brain on Twitter, publicado en el portal Medium.

Esta investigación encontró que “leer el Timeline de Twitter genera un 64 % de mayor actividad en las partes del cerebro que se conocen por ser activas emocionalmente, en comparación a leer una página web normal”. Otras investigaciones, que han usado variedad de algoritmos para analizar los sentimientos expresados en redes, indican que los individuos son más propensos a adoptar emociones positivas o negativas si estas están sobreexpresadas en sus redes sociales.

En cuanto a la exposición de emociones, un experimento difundido por la revista científica Plos One, observó la actividad de una muestra aleatoria de usuarios de Twitter durante una semana. Su resultado: antes de que un usuario publicara un trino negativo, estaba expuesto en promedio a 22 % de trinos negativos, 45 % de trinos neutrales y 33 % de trinos positivos. En el caso de postear un trino positivo, su exposición era de 16 % a publicaciones negativas, 45 % neutrales y 38 % positivas, en promedio. Pero en los casos de exposición a tuits neutrales, el estudio sugirió que no ocurre ningún contagio.

El contagio emocional, agregaron los autores, puede ir mezclado con otros efectos como la empatía o la simpatía, lo que recuerda uno de los lemas compartidos en estas movilizaciones: “Que el privilegio no te nuble la empatía”, o gran parte de los hashtags compartidos por los marchantes -en su mayoría estudiantes- que protestan no solo por reformas educativas, sino por la implementación de los Acuerdos de Paz, mejores condiciones laborales, salariales, pensionales y de salud, y en contra de los asesinatos de los líderes sociales y ambientales.

La propagación de la lucha

Las emociones detrás del paro nacional no solo han acompañado nuestros deseos, como asegura James Jasper, “sino que los constituyen, son el pegamento de la solidaridad y aquello que moviliza el conflicto”, según el investigador de psicología y profesor de la Universidad de Nueva York, en su artículo “Las emociones de la protesta”.

Un reflejo de ello son las marchas, cacerolazos, velatones y movilizaciones artísticas gestadas a través de grupos de Whatsapp que se han difundido por plataformas como Instagram, Twitter y Facebook. El uso de estas ha logrado superar las oposiciones binarias entre el mundo “virtual” y el mundo “real”, y se han configurado como articuladoras de las acciones online y offline. De la participación de los jóvenes en internet, pero también en las calles.

Esa realidad es celebrada por el sociólogo Manuel Castells, quien asegura que uno de los puntos a favor de la internet es que funciona como “espacio protegido” dentro de los regímenes autoritarios o en momentos de crisis en las democracias. No porque sea del todo seguro, sino porque permite construir y organizar redes que pueden pasar del espacio privado virtual, al espacio público de las plazas.

Esa seguridad, de hecho, es un caldo de cultivo para las comunidades emocionales, grupos de personas que comparten una afinidad política, cultural o social y se articulan en torno a ella. Esas redes, que sobreviven en plataformas como Twitter y Facebook, potencian su emocionalidad sin decir que ellos, representados en estudiantes, mujeres, indígenas, entre otros actores, sean más agitados o convulsos.

Una entrevista hecha por la Universidad de Navarra al colombiano Ómar Rosas hace cuatro años no caduca en este sentido. De acuerdo con el investigador de medios, emociones y esfera pública, la gente no es más emocional ahora. El asunto es que, actualmente, “nos han abierto más puertas para que la afectividad pueda ser expresada de forma menos estandarizada que en los medios tradicionales y ofrecen nuevas oportunidades de comunicación rápida y eficaz”, explicó el exprofesor de psicoantropología de la Universidad de St. Louis , en Bruselas.

Los efectos del estallido

Para medir las emociones del paro nacional se necesita más que las tendencias reportadas por la red del pajarito azul o Facebook. Sin embargo, las experiencias compartidas por los marchantes hablan por sí solas. Frente a las muestras de ira, angustia, cansancio, esperanza y alegría que se han compartido, algunos psicólogos e ilustradores que apoyan el paro han publicado (también en sus redes) manuales de autocuidado emocional para tiempos convulsos, o han ofrecido sus servicios de escucha a quienes se manifiestan. La mayoría coincide en que hay que hablar con alguien de confianza sobre lo que sienten, abandonar las redes por un rato y descansar y comer bien.

La urgencia de estos manuales está en que, indudablemente, las protestas masivas tienen efectos sobre la emocionalidad y la psique de las personas. Un estudio de 2016, llevado a cabo por la Universidad de Hong Kong, encontró que la depresión aumentó en un 7 % en los meses posteriores a las protestas de Occupy Central, en 2014, en Hong Kong. Asimismo determinaron que las probabilidades de experimentar depresión eran cuatro veces mayores durante y después de las protestas. Tal vez lo más sorprendente del estudio es que el aumento de síntomas depresivos también afectó a quienes se mantuvieron al margen de las movilizaciones.

Pero no todo es malo. La participación política a la vez parece producir emociones positivas en manifestantes. Un estudio de la Universidad de Santiago de Compostela (España) encuestó a 316 universitarios, a los que se les preguntó por su intención de movilizarse en contra de los recortes en educación en 2011. “La ira, como aparece en los modelos teóricos clásicos y actuales de protesta, cumple un papel importante en la protesta. Hasta este punto no hay nada nuevo. Sin embargo, lo interesante es que el peso de las emociones positivas es mayor que el de la ira”. Según escribieron los autores, la ira aviva las emociones positivas e influyen en la intención de protesta de los estudiantes, que las han liderado en Colombia.

Ambas caras de la moneda ponen sobre la mesa una realidad emocional que, si bien está atosigada de indignación, es la certeza de que la sociedad colombiana espera aún ver cumplidas sus promesas.

893672

2019-11-30T21:00:00-05:00

article

2019-11-30T21:00:01-05:00

[email protected]

none

- Redacción Vivir

Ciencia

Emociones y redes: lo que mueve el paro

39

12661

12700