Análisis

Estudios sobre la hidroxicloroquina algo dicen de como funciona la ciencia

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La imperfección es una característica de lo humano que demanda humildad, corresponsabilidad y construcción colaborativa. Lo que ha pasando con la hidroxicloroquina muestra lo complejo e imperfecto que es el proceso de producción científica en esta pandemia.

Por: Jaime Alejandro Hincapié García* y Pedro Amariles** / especial para El Espectador

El nuevo coronavirus (SARS-CoV-2) ha acaparado la atención por sus efectos en la salud, en la economía, en las formas de vida y en el ambiente. Pero ha llamado poderosamente la atención de los científicos. Esto se evidencia cuando se consulta una bases de datos de información científica —EMBASE—, en la que hoy se encuentran más de 16.500 artículos que usan el término COVID-19. Son publicaciones sobre el tratamiento, diagnóstico y prevención de la infección por el nuevo coronavirus.

Estos textos son producto del trabajo intelectual de miles de científicos en el mundo, que, para dejar evidencia de sus contribuciones, deben documentar y escribir artículos. La escritura académica es todo un género literario, tal y como lo denomina Carl Zimmer, de The New York Times. Esta forma de trabajo —investigar, publicar, revisar y avanzar— ha sido una de las estructuras más potentes para el desarrollo del conocimiento del último siglo. Ha sido tan sólidamente construida esa estructura, que hay científicos que pueden estimar la calidad de esos textos con una pregunta: ¿qué tipo de estudio es y en qué revista fue publicado?

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Y es que las revistas científicas son, en gran medida, garantes de la calidad de la investigación. Las revistas más prestigiosas lo son por la calidad de sus artículos, por el renombre de los autores y porque, en general, son las más citadas —y es que obtener citaciones es el contador de prestigio de un investigador—. Pero, además de eso, uno de los aspectos claves para que el texto sea publicado es que previamente debe ser revisado por un experto en el área. A ese proceso se le llama revisión por pares, y la virtud que tiene es que, como algunas áreas del conocimiento tienen sus propios lenguajes y códigos, la revisión por un experto da garantía de que el trabajo ha sido bien desarrollado y propone resultados o hipótesis aceptables.

Con este contexto, vale la pena decir que el sistema científico en el que más confían la mayoría de los investigadores, y por ende la sociedad, es el que se fundamenta en el trabajo de dichas revistas.

Por otra parte, la pandemia ha provocado confianza en la ciencia. Se ven los investigadores en los noticieros, incluso más que los políticos o los influenciadores. De hecho, algunos epidemiólogos se han convertido en auténticos influenciadores de esta época, con una gran cantidad de seguidores y de “likes”. Pero, a pesar de esa tendencia al alza de la ciencia, también se ha evidenciado que el sistema de investigación es producto del esfuerzo humano y, por consiguiente, no es perfecto.

Para muestra de la ciencia imperfecta tenemos un hecho de los últimos días, que resumimos a continuación. Desde los primeros brotes de COVID-19 se han estudiado algunas sustancias que puedan ser útiles para el tratamiento de la enfermedad. Uno de los caminos más lógicos es probar sustancias que ya se usan, como medicamentos aplicados en otras enfermedades; así se ahorra en tiempo y esfuerzo comparado con la investigación de nuevas sustancias. Uno de los primeros en dar indicios de efectividad fue un medicamento usado para el tratamiento de la malaria: la cloroquina. De forma similar, la hidroxicloroquina —muy parecida a la cloroquina—, también se usa ampliamente en otras enfermedades, es posiblemente más segura y con ella se hicieron algunas pruebas en humanos.

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En abril, investigadores franceses mostraron su posible efectividad en pacientes con COVID-19 y publicaron sus resultados. El trabajo fue ampliamente criticado. Los científicos tienen una fundamentación crítica por naturaleza, no podría ser de otro modo, solo se pueden desafiar los límites del saber si esos límites son firmemente criticados. La crítica de este estudio francés se fundamentó en que había incluido muy pocos pacientes y en que tenía aspectos del procedimiento que no fueron correctamente declarados.

Ahí nuestro primer ejemplo de una ciencia imperfecta, pero también de una ciencia que no se rinde y, por tanto, se siguieron haciendo estudios y salieron varios con resultados al respecto, algunos de ellos en las revistas más prestigiosas en medicina: The Lancet o el New England Journal of Medicine. El 22 de mayo, a raíz de uno de esos estudios publicados en The Lancet, que había incluido más de 90.000 pacientes, algunos de ellos tratados con hidroxicloroquina y cloroquina, fue noticia que la hidroxicloroquina posiblemente no era efectiva en los pacientes con COVID-19 y, peor aún, era potencialmente dañina. A raíz de esa situación, se suspendieron estudios de la OMS con cloroquina e hidroxicloroquina y en Colombia el Ministerio de Salud y Protección Social, con la Asociación Colombiana de Infectología, publicaron sendos comunicados en los que recomendaban no usar estos fármacos. La situación desencadenó un revuelo y tenía un tufillo de desesperanza. Ahí otro ejemplo de una ciencia imperfecta, plagada de incertidumbres.

Pero la historia no termina ahí; la comunidad científica, en su ejercicio crítico, dejó ver las dudas que tenía sobre el estudio publicado en The Lancet. Salieron comentarios sobre las grietas que tenía el estudio. Todo ello condujo a que el 4 de junio saliera una retractación, en la que los autores de este estudio retiraban el artículo publicado. Tercer ejemplo de una ciencia imperfecta, pero también valiente, que es capaz de retractarse. De inmediato, la OMS reactivó los protocolos de investigación con hidroxicloroquina y volvimos al mismo punto de incertidumbre que teníamos el 21 de mayo, antes de que saliera publicado este artículo.

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De esta historia tenemos mucho que aprender. Entender que la ciencia es la mejor defensa que tenemos frente a las amenazas, pero que ella navega en la incertidumbre y solo algunas veces logra certezas absolutas. También tenemos una lección sobre publicar a la ligera; algunos de los trabajos que se han hecho en estos meses serán citados durante años, pero todos los demás se perderán en los anaqueles de la historia. Así mismo, por publicar rápidamente se ha limitado la revisión por pares; quizás esas evasiones pueden conducir a la confusión y a hacer parecer la ciencia más imperfecta de lo que realmente es. Y por último, cabe una reflexión sobre todo el sistema de investigación.

Quizás valga la pena pensar en las palabras del blog de Manuel Fernández Navas, que, refiriéndose a la educación, dice “Menos pesar al pollo y más darle de comer”. Con ello se hace referencia a que la gran cantidad de información que se genera, en parte tiene que ver con las formas como se mide la ciencia: sus productos son las publicaciones, citaciones y número de proyectos. Quizás en este sistema valdría la pena medir menos, contar menos, y promover más el trabajo con sentido. A pesar de la incertidumbre, es cierto que políticas claras, mayor financiamiento, la humildad de los investigadores —el convencimiento de lo poco que sabemos—, así como el trabajo colaborativo, todo ello ayude a reducir las brechas que la hacen imperfecta.

* Profesor de la Facultad de ciencias farmacéuticas y alimentarias, Universidad de Antioquia

** Vicerrector de extensión, Profesor, Universidad de Antioquia.

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