¡Larga vida a la ciencia!

La ciencia comete errores, no hay duda, pero tiene mecanismos auto regulatorios. Si por alguna razón el número de errores superara a la capacidad de enmendarlos, se perdería la fe en la ciencia y ese descreimiento la puede sepultar.  Sería el triunfo de la anti-ciencia y la charlatanería.

Imagen de la galaxia NGC 5468 tomada por el Telescopio Espacial Hubble de la NASA / ESA.ESA / Hubble & NASA, W. Li et al.

La ciencia es una empresa profundamente humana. Nos hemos acostumbrado a su omnipresencia, a convivir con sus derivados tecnológicos, a conocer a sus figuras paradigmáticas, a esperar de tanto en tanto que algún descubrimiento científico aparezca entre las noticias del día y a disfrutar de los esfuerzos de los científicos y divulgadores para que el conocimiento llegue cada vez a mayor número de personas. (Lea Científicos europeos firman manifiesto contra la pseudociencia)

A pesar de que durante milenios la humanidad indagó en la naturaleza, aprendió a contar y a medir, a indagar en el cielo buscando respuestas; la ciencia con su rostro de modernidad, su espiral de éxitos y en la que la verificación de los resultados no es negociable, es mucho más reciente, digamos unos 400 años. El humano actual tiene unos 40.000 años en el planeta. Un precario 1% no garantiza la convivencia.

¿Podría la ciencia agotarse y desaparecer? Algunos han creído ver en el signo de los tiempos el fin de la historia, el fin de la radio, el agotamiento del libro, de la cinematografía. ¿Podríamos estar viviendo el comienzo del final de la ciencia? ¿Qué escenarios podrían conducir a una ruptura del exitoso matrimonio de la humanidad con la ciencia? ¿Puede la ciencia anticipar su propia aniquilación? ¿Qué pasa si la propia ciencia predice que va a sucumbir o que no podrá progresar?

La ciencia comete errores. Tan obvia verdad hay que moderarla con la observación de que también tiene un sistema auto-regulatorio que enmienda los errores. Pero, ¿qué pasaría si el número de errores supera al número de aciertos y no tiene la capacidad de normalizarse? La ciencia perdería credibilidad, el temor y la incredulidad sepultarían al sistema científico entero. Sería el triunfo del terraplanismo y la charlatanería. Es un escenario improbable pero posible.

Otro muro posible es el de los fenómenos complejos. A pesar de que las computadoras se vislumbran con velocidades vertiginosas (¿computación cuántica?) la complejidad de algunos fenómenos puede ser tan grande que los programas que los simulan tendrán que ser tan complejos como los fenómenos que quiere simular. Como la ironía del cuento de Borges acerca de un reino cuya ocupación principal era la cartografía, que desarrollaron a tal punto que los mapas del imperio coincidían puntualmente con el imperio. La cartografía se convirtió en una obvia inutilidad.

¿Pudiera el enfoque reduccionista, que tantos éxitos le ha deparado a la ciencia, estar agotado? La búsqueda de estructuras cada vez más profundas tiene dos alternativas: o bien que como en un juego infinito de muñecas rusas consigamos estructuras cada vez más profundas, pero eso supone aceleradores cada vez más poderosos y por tanto más costosos y tal vez no sean viables. La alternativa es que se encuentre un componente irreductible. En ese caso habremos dado con el final del camino. Tendremos una teoría del todo. Habremos hackeado al universo, pero… ¿sabremos decodificar la teoría? ¿Seremos suficientemente inteligentes como para comprenderla? La respuesta no es obvia.

Si los aceleradores no dan evidencias de nueva física o simplemente dejan de construirse, no habrá datos experimentales. La teorización extrema sin la guía experimental nos puede llevar más a territorios inciertos: las hermosas promesas del boom de las supercuerdas no se han cumplido, y la teoría no se parece a lo que hemos entendido por ciencia, porque no ha hecho ni una sola predicción verificable. Sus proponentes nos piden que creamos en ella por sus valores estéticos, y allí transitamos los terrenos de la fe y no de la ciencia. En esa línea puede producirse un agotamiento y la desaparición no de la ciencia sino de uno de sus enfoques.

Por otra parte, hay una versión incompleta de la ciencia, propulsada por los medios, filósofos, divulgadores, que han privilegiado las áreas que tienen que ver con las Grandes Preguntas acerca de la “Realidad Última”. Esta parte de la ciencia habla de teorías finales, universos paralelos, espuma cuántica, viajes en el tiempo, universos holográficos. Esos temas estremecen el interés del público, pero a las preguntas fundamentales sus respuestas no son claras. Demasiado cercanas a la especulación, explicaciones tan contradictorias que producen indigestión intelectual.

La buena noticia es que en su vasta mayoría los físicos hacen ciencia normal y no andan rompiendo paradigmas a diestra y siniestra. Los posibles descubrimientos en partículas elementales no alterarán las explicaciones que nos deben los científicos en hidrodinámica, o en las altas temperaturas en el interior de la Tierra, ni en formación planetaria ni en superconductividad, ciencias del espacio, turbulencia, estado sólido, astrofísica, o cosmología. Estas áreas no formula preguntas universales, no buscan a los constituyentes últimos, ni dependen de ellos… pero son necesarias y recibirán financiamiento por sus enormes aplicaciones prácticas. Al igual que las áreas emergentes como biotecnología, computación cuántica y nano tecnología, que son áreas de la ciencia que gozan y previsiblemente gozarán de excelente salud.

En 1903 el físico norteamericano Albert Michelson expresó:

“Las leyes y los hechos fundamentales más importantes de la ciencia física ya han sido descubiertos. Nuestros futuros descubrimientos deben buscarse en el sexto lugar de los decimales”.

Otros grandes físicos como Lord Kelvin también proclamaron con comentarios similares el final de la física. Tan audaces y equivocadas afirmaciones fueron hechas apenas a unos pocos años antes de que la revolución cuántica y la irrupción de la relatividad estremecieran nuestra concepción del mundo.

La biología nos recuerda que no estamos diseñados por la evolución para descubrir verdades del universo y no sabemos si hay un límite en nuestra capacidad de imaginar científicamente el mundo y penetrar los misterios de la naturaleza. No sabemos si hay un límite en la comprensibilidad humana ni tampoco si algunas preguntas que actualmente formulamos, queden sin respuestas para siempre.

La ciencia es una entidad compleja y predecir su evolución es altamente riesgoso. Nunca sabremos si estamos a la vuelta de la esquina de un descubrimiento inesperado que cambie totalmente el panorama. ¡Larga vida a la Ciencia!

* Astrofísico. Profesor de la Universidad Industrial de Santander. Realizador de Astronomía al aire / @AstroAlAire

Este artículo fue publicado originalmente en Astronomía al aire

 

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Héctor Rago*/ @hectorrago

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