En la Sierra Nevada de Santa Marta
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Las mujeres arhuacas que rescataron 146 años de historia de su pueblo

Es el mayor archivo documental recuperado y clasificado de un pueblo indígena del país. Son cerca de 100 mil registros desde 1873, que narran sus eternas luchas por el territorio, su potente organización política y los 66 años que estuvieron bajo el yugo de los curas españoles.

Yuneydi Villazón (der.), coordinadora del archivo documental del pueblo arhuaco, junto a las mujeres de la comunidad arhuaca de Simonorwa. María Durán

“Estas paredes son de esa época; de cuando estaban los curas”, dice la indígena arhuaca Cecilia Zariwan Zalabata acariciando el muro en el que está recostada. Es 11 de noviembre de 2018 y estamos en el orfelinato Las Tres Avemarías de Nabusímake, en la Sierra Nevada de Santa Marta: una edificación enorme, de paredes gruesas y blancas, techos triangulares como de chalet, salones de clases, un comedor escolar y una iglesia sellada, que durante más de medio siglo estuvo bajo el dominio de los capuchinos españoles. “Este era un orfelinato, pero no estudiaban niños huérfanos —continúa Cecilia, quien durante tres décadas resguardó unos 100.000 documentos que contienen la historia de esta comunidad—. Aquí estudiaban niños con papá y mamá que los curas les arrancaban a la fuerza para educarlos. Y esos no son cuentos”. (Lea: Arhuacos, un siglo después en la Casa de Nariño)

Esos no son cuentos. Y las pruebas están en esos documentos que Cecilia amparó con recelo en una oficina, con una única llave que mantenía escondida en su casa, y que hoy constituyen el mayor archivo documental recuperado y clasificado de un pueblo indígena del país. Estamos aquí porque el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) le hará entrega oficial al pueblo arhuaco de este archivo, después de cuatro años de trabajar en su limpieza, inventario y digitalización de la mano de Cecilia y Yuneydi Villazón, comunicadora arhuaca. En una de esas páginas amarillentas, en letras escritas a máquina hacia 1982, se lee que “en 66 años de acción educativa de los misioneros capuchinos no han dado respuestas positivas a las aspiraciones de la comunidad (...) La educación impartida durante este tiempo ha sido netamente impositiva; sin tener en cuenta para nada nuestra cultura, las costumbres, ni mucho menos las autoridades”. O sea que, como dice Cecilia, las historias de maltrato, abuso, apropiación de tierras y adoctrinamiento de los curas, que narran los más viejos de Nabusímake, definitivamente no son cuentos.

Cecilia sigue diciendo que aquí, en este patio en el que estamos hablando, entre 1916 y 1982 los capuchinos trabajaron incansablemente por exterminar su cultura. En estos corredores y salones, donde hoy funciona el colegio, el mandato era hablar español y no iku, su lengua nativa. Nadie podía llevar el pelo largo ni vestir los trajes blancos tradicionales de los arhuacos, tejidos en algodón o lana de oveja. El que desobedecía era castigado con latigazos, el encierro, un corte de pelo a la fuerza o la orden de arrodillarse en la tierra durante unos minutos eternos.

Aquí los sacerdotes internaron a niños arhuacos, kankuamos, wayúu y de otras comunidades indígenas y promovieron matrimonios entre ellos para mezclarlos y aniquilar sus orígenes. “Puede que aquí los niños no salieran con bachillerato, pero casados sí salían”, señala Cecilia: bajita, de ojos pequeños, nariz y boca grandes, piel café y pelo cano recogido en media cola. Desde aquí los curas empezaron a correr el rumor de que las kankurwas (casas sagradas) de los arhuacos eran templos diabólicos y que los hombres que tenían la dentadura manchada por el uso del ayu (hoja de coca) eran caníbales. Durante años, estas historias se transmitieron de voz en voz. Hoy está también la prueba escrita aquí, en el nuevo archivo histórico de este pueblo solitario y silencioso ubicado a 25 kilómetros del municipio de Pueblo Bello, Cesar.

En Nabusímake, la capital espiritual de los arhuacos, la mayoría de familias viven en la montaña. En el centro se levanta un pueblito blanco, amurallado y deshabitado, al que solo se entra con autorización. Funciona la tienda y la comisaría, y se celebran algunas de las reuniones más importantes para la comunidad. En Nabusímake rara vez se ve gente transitando por los caminos. De vez en cuando aparece un grupo de niños llevando un burro cargado con leña y costales, una señora con un bebé a la espalda o un grupo de hombres con sus poporos: los calabazos en los que guardan la harina de conchas de mar para mezclarla en la boca con hojas de ayu. (Puede leer: Arhuacos se movilizan contra minería cerca de la Sierra Nevada de Santa Marta)

La llegada de los curas

Esta mañana, antes del acto oficial de entrega del archivo al comisario y a las autoridades arhuacas, las asesoras en archivo del CNMH y las mujeres arhuacas que coordinaron el proceso se mueven rápidamente entre dos salones del orfanato. En uno de ellos ya están acomodados los tres archivadores, el computador, la mesa y las sillas que fueron transportadas desde Bogotá para dotar el archivo. Mientras eso pasa nosotros revisamos algunas cajas. Hay escritos desde 1873. Muchos de ellos, difíciles de interpretar por esa caligrafía esbelta pero compleja de la época.

Hay archivos del corregidor; documentos que dan cuenta de las largas luchas de los arhuacos por recuperar y proteger su territorio de proyectos extractivos, turísticos y mineros. Hay registros de su arduo trabajo por convertirse en resguardo (lo lograron en 1974), actas que revelan su sólida organización política y, claro, archivos sobre el paso de la misión capuchina. “Hay una documentación muy detallada de los capuchinos, porque ellos tenían que reportarle todo a su casa matriz en Valencia (España). Y también hay archivos muy valiosos de los arhuacos, porque ellos sabían que la documentación era clave en las luchas políticas”, dice Patrick Morales, entonces coordinador del equipo de enfoque diferencial étnico del CNMH, quien estuvo presente en este proceso desde el principio.

En una de las carpetas encontramos una carta de las autoridades arhuacas dirigida al Gobierno, en la que se lee: “(Esta misión) no ha hecho más que daño y perjuicio dentro de nuestra juventud”, “se han dedicado a desconocer nuestra religión, nuestros mamos, nuestros sistemas propios de enseñanza”, “se han dedicado a dividirnos, a enfrentarnos entre nosotros y con las mismas autoridades”. Al final, los indígenas solicitan cancelar el convenio de educación con los curas españoles y recalcan que ese contrato fue “celebrado a nuestras espaldas y contra nuestros intereses”. (Le puede interesar: ¿Es imposible proteger el territorio ancestral de la Sierra Nevada?)

Así fue. La llegada de los curas capuchinos a la cima de esa cadena montañosa y rocosa que es la Sierra Nevada de Santa Marta sucedió a espaldas de los arhuacos. En noviembre de 1916 tres autoridades indígenas de ese pueblo viajaron a Bogotá con el objetivo de “entendernos con el señor presidente de la república (José Vicente Concha) para que el Gobierno nos ampare”, como registró el diario Nuevo Tiempo. En su lista de peticiones —enfocadas en el respeto de su autonomía política y en enfrentar la explotación por parte de los “civilizados”— los arhuacos le pidieron al Gobierno que enviara profesores a su comunidad para enseñarles a leer y a sumar. Los indígenas estaban cansados de que los blancos se aprovecharan de su desconocimiento en esas materias, como contó el arhuaco Amado Villafaña en el documental Memorias de una independencia. La respuesta del Gobierno llegó meses después vestida de trajes grises, largos y de capota: la misión de los curas capuchinos.

“Llegué a Nabusímake en el 82, cuando hubo la toma”, sigue contando Cecilia Zariwan, quien estudió en otra comunidad. Ese año, 1982, está guardado en un lugar especial de la memoria de los arhuacos, porque sucedió lo que tanto llevaban pidiendo: su liberación de los curas capuchinos. Casi cualquier adulto podría narrar cómo sucedió “la toma”, aún sin haberla vivido. Diría que el 7 de agosto de 1982, el mismo día en que Belisario Betancur se posesionó como presidente de la República de Colombia, las autoridades arhuacas le notificaron al sacerdote a cargo de la misión capuchina que tenían que irse, que ya no los soportaban más. El cura se opuso. Entonces los indígenas replicaron que no se moverían de allí hasta que eso ocurriera.

Se tomaron el orfelinato. Se ubicaron en este patio, desde donde Cecilia dice que en ese momento “ya teníamos una propuesta: crear escuelas comunitarias con áreas básicas y de conocimiento propio, en lengua iku”. Montaron fogones. Tocaron sus instrumentos musicales y bailaron. Al quinto día el cura salió, pero no quiso firmar el documento que acreditaba su renuncia. Los indígenas bloquearon la carretera con el tronco de un árbol. Y ese fue el remedio. Los capuchinos firmaron su salida.

Lo que se les quedó a los curas

Cecilia cuenta que después del desalojo de los capuchinos quedaron documentos regados por todo el orfelinato. “Los recogimos porque pensamos: ‘Esto puede servir para algo’”. Y aunque muchos aseguran que los curas se llevaron documentación clave para reconstruir este capítulo de la historia de la Sierra, lo cierto es que gracias a Cecilia y a su equipo de trabajo el archivo arhuaco tiene tesoros invaluables. “Cuando la gente empezó a escuchar que se podía construir historia con esto lo empezó a valorar más”, dice.

La logística de esta mañana de noviembre, para transportar las cajas de un salón a otro del orfelinato, es dirigida por otra mujer también esencial para el archivo arhuaco: Yuneydi Villazón, alta, de ojos pequeños y facciones delicadas, pelo corto, de actitud prudente. Yuneydi supervisa cada paso. Cuando todo está en su lugar, por fin toma un descanso para contarnos que estudió comunicación social y periodismo en Bogotá, y que en 2009 regresó a su comunidad porque quería trabajar con ellos y para ellos. Cuenta que, en el proceso de recuperación de este archivo, que por años estuvo en cajas cubiertas de polvo y trozos de piel de culebra y alacrán, descubrió pasajes de su propia historia. Encontró el acta de matrimonio de sus abuelos, casados por los curas capuchinos.

Luego dice que para uno trabajar en un archivo como este debe ser “curioso y apasionado”. Que “en la medida en que vas indagando y encontrando información, los archivos te absorben”. Y que lo más importante en este proceso es “mirar atrás, hacia las luchas del pueblo arhuaco”, para entender cómo llegaron al lugar en que están hoy. “Tenemos que contarles a las nuevas generaciones esta historia. Ellos creen que tener la educación que tienen hoy, ser reconocidos y conservar este territorio ha sido gratuito; y no. Hay muchas vidas de por medio”, señala.

Durante años, los arhuacos tuvieron cerrada la puerta de su archivo. No permitían que ningún académico, universidad ni entidad se acercara a él, pues qn. Querían tener claridad de qué iba a suceder con su tesoro. Cecilia se encargó de no soltar la llave por nada del mundo. Hace cuatro años, cuando empezaron a tener conversaciones con el Centro Nacional de Memoria Histórica y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). Pasó un año de negociaciones. Vinieron capacitaciones para las mujeres arhuacas que querían hacer parte del archivo. Y juntos lograron esto que hoy estamos celebrando. (Lea también: La joven arhuaca que prolonga el patrimonio aborigen de la Sierra Nevada en América)

Hacia las tres de la tarde de este domingo de noviembre, las autoridades arhuacas se reúnen en el pequeño salón donde ya está el archivo organizado. Cecilia y Yuneydi explican que este es un avance grande y que ahora deben trabajar en una política para el manejo de los documentos. “¿Qué va a pasar si no se usa? Eso es lo que sigue, trabajar en su uso y apropiación”, dice Yuneidy. Durante la entrega, Patrick Morales asegura que esto que han logrado es enorme. Que hay archivos históricos de comunidades que se han perdido para siempre y que este es el más completo que el Centro de Memoria ha encontrado en pueblos indígenas. “A este archivo hay que hacerle preguntas para encontrar respuestas en el pasado. Ahí están las voces de muchos líderes que dieron la vida por este pueblo”, apunta.

Al final de la tarde vuelve otra vez el silencio al orfelinato, a este lugar que inevitablemente tiene un aire melancólico. Aquí pasaron muchas cosas dolorosas que los arhuacos no quieren olvidar, porque es parte de su historia y eso también los definió. Por eso aquí, en estos mismos corredores, yacen hoy, dispuestos para la comunidad, los documentos que atestiguan esos hechos. “Nos soñamos un archivo muy grande, donde la gente pueda reconocerse. Hubo unas luchas y por eso existimos culturalmente. Los jóvenes y los niños tienen que saberlo”, dice Cecilia.