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Llegar a la Luna: el viaje de los sueños

Mucho antes de que Neil Armstrong pisara la superficie lunar el 20 de julio de 1969, varios científicos habían imaginado la posibilidad de conquistar el satélite. Así aun no existiesen los artefactos que lo permitieran, anticiparon los desafíos y concibieron caminos para superarlos.

Nuestros sentidos son insuficientes para entender la inmensidad del espacio. Decir que la Luna está tan lejos de la Tierra como 216 veces la distancia entre Riohacha y Leticia o que entre la Tierra y la Luna caben todos los planetas del sistema solar no conjuga la dimensión del viaje. Bajo la lógica que nos permite funcionar todos los días a la gran mayoría de los humanos, es difícil entender que para escapar de la atracción gravitacional de la Tierra hay que moverse más de 10 veces más rápido que una bala. Por eso no es una sorpresa que el viaje que nos llevó a la Luna comenzó con personajes dispuestos a dejarse llevar por la imaginación.

Nadie influenció más profundamente a quienes soñaban con viajes al espacio que el escritor francés Julio Verne. Verne encendió la llama de la imaginación de todos aquellos que soñaban con visitar los mundos que habían sido revelados por los telescopios y la astronomía del siglo XIX. Uno de ellos es el ahora reconocido precursor de los viajes espaciales, el ruso Konstantin Tsiolkovsky.

Tsiolkovsky es una figura inusual en la ciencia. Nunca obtuvo ningún grado académico y su escolaridad formal se reducía a tres años de escuela primaria. Obligado a estudiar en su casa desde que perdió parcialmente la audición durante la infancia debido a la escarlatina, fue un autodidacta retraído que luego se convirtió en profesor de colegio. Pero inspirado por la filosofía del cosmismo, un movimiento filosófico y cultural ruso que abogaba por la ciencia como una herramienta para alcanzar la perfección humana y los viajes espaciales como parte integral de su evolución, se educó ampliamente en física y matemáticas.

El 10 de mayo de 1897, Tsiolkovsky describió en sus notas la “ecuación del cohete”, el fundamento teórico del motor a reacción que permite que un objeto se mueva en el vacío, y en 1903 publicó lo que se considera el primer texto científico sobre la exploración espacial: La exploración del espacio por medio de artefactos reactivos (cohetes). Tsiolkovsky estimó correctamente que el inmenso cañón en las historias de Verne produciría aceleraciones que aplastarían a los ocupantes de la cápsula espacial en De la Tierra a la Luna (1867) y Alrededor de la Luna (1870) e indicó que esas aceleraciones, necesarias para alcanzar la velocidad de escape de la Tierra, constituyen el mayor desafío para los humanos que se aventuran en el espacio. Anticipó que la velocidad horizontal mínima para poner un objeto en la órbita de la Tierra es 8 kilómetros por segundo y que esta velocidad se podría alcanzar con un cohete de múltiples etapas impulsado por oxígeno e hidrógeno líquido.

Los diseños que Tsiolkovsky publicó en su obra son, sin duda, los precursores del diseño de las sondas espaciales modernas. Sin embargo, durante la mayor parte de su vida no recibió mucho crédito por su trabajo científico y sus experimentos en las pequeñas poblaciones de Borovsk y Kaluga le dieron la reputación de científico loco. La Primera Guerra Mundial y la posterior guerra civil fracturaron al Imperio ruso y arrojaron a Tsiolkovsky a la pobreza. Ya en la Unión Soviética fue brevemente encarcelado por el gobierno comunista y sus obras dejaron de publicarse. Su trabajo habría quedado en el olvido de no haber sido por dos apasionados de los cohetes que dieron notoriedad a sus ideas, el estadounidense Robert Goddard y el alemán Hermann Oberth.

En Estados Unidos, Robert Goddard, inspirado por la obra del escritor de ficción H.G. Wells, comenzó en 1909 su búsqueda de un sistema de propulsión para realizar viajes al espacio. Después de obtener su doctorado en física en 1916, se aseguró la financiación del Instituto Smithsoniano con la promesa de desarrollar un sistema que permitiera hacer observaciones científicas más allá de la atmósfera de la Tierra. A pesar de que el sistema nunca se concretó, en 1920 el Smithsoniano publicó su obra Un método para alcanzar altitudes extremas, acompañada de un comunicado de prensa en donde se comentaba la posibilidad de llegar a la Luna usando un cohete. La noticia fue recibida con duras críticas en los periódicos de la época, pero causó furor entre el público y despertó la atención en la viabilidad de los viajes espaciales y en el potencial de los cohetes.

En Alemania, Hermann Oberth abandonó la carrera de medicina luego de servir en la Primera Guerra Mundial. Obsesionado con la obra de Verne y los viajes espaciales, en 1923 publicó el libro Los cohetes hacia el espacio interplanetario. Aunque su obra había sido rechazada como disertación doctoral en la Universidad de Heidelberg (a pocas cuadras de donde hoy escribo estas palabras) por considerarla “extremadamente utópica”, causó sensación entre el público alemán y motivó la creación de la Sociedad de Vuelo Espacial (Verein für Raumschiffahrt, VfR), un club de amantes de los cohetes y la ciencia ficción que realizaba experimentos en una granja en Sajonia. Era tal la fascinación con los cohetes que en 1930, Max Valier y Willy Ley, dos miembros del VfR, participaron como asesores de la película La mujer en la Luna (Frau im Mond), del célebre director Fritz Lang, quien les pidió organizar el lanzamiento de un cohete para celebrar su estreno.

En 1930, la VfR se aseguró recursos del ejército alemán para la experimentación con cohetes, uno de los programas militares que no estaban restringidos por el Tratado de Versalles. Desde un depósito de municiones abandonado en el distrito de Reinickendorf, en Berlín, realizó experimentos con combustibles líquidos y llevó a cabo varios lanzamientos de cohetes que alcanzaron más de un kilómetro de altura. Uno de los asistentes esporádicos a estos experimentos era un estudiante de ingeniería proveniente de una familia aristocrática que se había fascinado con los viajes espaciales luego de leer los libros de Oberth: Werner von Braun.

Para entonces, Tsiolkovsky ya había sido reconocido por su genial trabajo y el gobierno de la Unión Soviética había permitido la reimpresión de sus obras y le había otorgado una pensión. La propaganda comunista había descubierto un verdadero héroe en este maestro de escuela provincial que había alcanzado descubrimientos de inimaginables proporciones a través de su talento y dedicación personal. Hoy, sus críticos califican su legado científico como exagerado y discuten el valor académico de sus obras, pero su legado es reconocido por los protagonistas de la carrera espacial, como Sergei Korolev y Valentin Glushko.

Antes de que los cohetes atravesaran la atmósfera de la Tierra, antes de que los humanos abandonaran el planeta que ha sido su hogar, los viajes espaciales existían solamente en la mente de excéntricos personajes que ahora parecen visionarios. ¿Fueron solamente sus visiones las que se materializaron o fue la llama que encendieron en quienes pusieron su talento y lo mejor de la ciencia de su tiempo para hacerlas realidad? ¿Dónde están las visiones que nunca se realizaron? ¿Dónde estaría la memoria de Tsiolkovsky, Goddard, Oberth y tantos otros que forjaron el camino a una sociedad que depende de los viajes espaciales si hoy no recordamos los primeros pasos de los hombres en la Luna?

*Astrofísico colombiano. Investigador del Instituto Max Planck de Astronomía en Heidelberg, Alemania.

 

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