Los pecados de dos grandes físicos: Newton y Einstein

La percepción de científicos heroicos sigue presente en nuestro imaginario. Cuestionar sus visiones es el objetivo de Los pecados de dos grandes físicos: Newton y Einstein, una obra de Eduardo Battaner.

El libro de Battaner sobre Newton y Einstein sirve de antídoto contra la idea de la ciencia como un saber para elegidos.Wikipedia

Cuando Auguste Comte, el padre del positivismo, elaboró en 1849 un calendario en donde, en lugar de los santos cristianos, figuraban eminencias del pensamiento y de las artes como Arquímedes, Volta o Cervantes, dio un impulso decisivo a la transformación del científico en un santo laico.

Coherentes con ese estatuto sacro, las biografías de científicos se inspiraron en las vidas de los santos. Las hagiografías –historias de la vidas de los santos– repetían la trayectoria de Jesús: conocer su vocación a temprana edad, tomar conciencia de su misión salvadora, ejecutar milagros, tener reconocimiento público de su santidad y un final trágico en el martirio.

De modo similar, en las biografías de sabios el protagonista manifestaba precozmente su deseo por el saber; conforme crecía demostraba dotes intelectuales fuera de lo común; ya de adulto, sorprendía al mundo con invenciones o hallazgos excepcionales.

Al igual que el santo, era intachable y desinteresado, con una enorme disposición al sacrificio en busca del conocimiento: en suma, un ejemplar benefactor de la humanidad. Si acaso, se diferenciaba de las hagiografías en el desenlace, pues la mayoría de los biografiados moría pacíficamente. A esa mistificación, el romanticismo añadió el culto al genio heroico; el científico pasó a ser un ‘hércules’ del saber, destinado a cumplir tareas fuera del alcance de los demás mortales.

Versiones de película con héroes y villanos

Que nadie piense que nos referimos a una concepción superada. La visión del científico heroico y puro sigue muy presente en nuestro imaginario; de ahí el escándalo con el que recibimos las recurrentes noticias sobre el comportamiento censurable de algún investigador. La rehabilitación de Nikola Tesla aporta otra prueba de cómo el modelo hagiográfico aún condiciona nuestra perspectiva: a medida que Thomas Edison, el antiguo empresario e inventor estadounidense, es degradado a villano de folletín, el inventor croata va ganando la aureola de la santidad.

Cuestionar esas versiones, infieles a la realidad, es el cometido de Los pecados de dos grandes físicos: Newton y Einstein, obra de Eduardo Battaner. Con ella, el astrofísico no se ha fijado un objetivo de “desacreditación sino de todo lo contrario, de humanización”, pues “el sabio imperfecto puede hacer una ciencia perfecta”, afirma el profesor emérito de la Universidad de Granada. En su haber registra dos incursiones previas en el género biográfico dedicadas a Kepler y Hubble, además de un libro sobre astrofísica.

Entremos pues a hablar de los ‘pecados’, un término que, advertimos de pasada, remite inevitablemente al modelo hagiográfico. Los de Newton, en particular. En muchos aspectos era un tipo bastante siniestro. Demostró su crueldad al frente de la Casa de la Moneda británica: cuesta pensar que el científico de la anécdota de la manzana organizara una red de confidentes en los bajos fondos londinenses para capturar a los falsificadores de moneda y, previa tortura, ahorcarlos y descuartizarlos.

La humildad no era su fuerte. A lo largo de su carrera, este hombre irascible no le costó establecer su primacía en los hallazgos y humillar a sus rivales. Quizás su niñez infeliz explique la amargura que formó el carácter del mayor hombre de ciencia que Inglaterra dio al mundo; aunque, como bien sabemos, no todas las infancias desdichadas producen adultos atormentados ni mucho menos torturadores.

Pasiones nada loables

Otro pecado: su pasión por la alquimia. Tanto tiempo perdió experimentando con redomas –vasija de vidrio–, que su actividad como físico parecía un hobby con respecto a su ocupación principal: encontrar la piedra filosofal y el elixir de la vida.

En su repaso por la vida íntima de Newton, Battaner entra en el tema de su presunta homosexualidad. Pero al limitarse a los datos conocidos, no arroja nueva luz sobre su celibato y su intenso afecto por el joven matemático Fatio de Duillier.

Comparados con los ‘defectos’ del inglés, los de Einstein son faltas leves. Lejos de mandar gente a la horca, el físico alemán se significó como un vehemente pacifista; lejos de reprimir su sexualidad, le dio rienda suelta con sus esposas y con algunas otras; lejos de disimular su heterodoxia religiosa, la proclamó a los cuatro vientos.

Lo más reprochable es su rol de marido y de padre. Su relación con su primera mujer roza el maltrato psicológico. El abandono de su hija recién nacida es una fea mancha que su frialdad hacia sus otros dos hijos no ayuda a limpiar. En cambio, su desaliño y su despiste, parecen rasgos de personalidad entrañables.

En resumen, ni Newton ni Einstein fueron destacados cuando niños; de inmaculados no tenían un pelo; y solo el inglés se ajusta al perfil casto exigido por las biografías tradicionales. Sí coinciden en su tendencia a la concentración total, al punto de aislarse de sus seres queridos y del amor. Un pecado que Battaner perdona, pues gracias a él “la humanidad progresa y se abre paso a la verdad”.

El autor contextualiza sus flaquezas a través de un adecuado resumen de los logros de los dos físicos y sus circunstancias. Sacando los errores cronológicos –fallos tipográficos– y la ausencia de la bibliografía consultada, el libro resulta de lectura amena e instructiva; un antídoto contra la idea de la ciencia como una actividad reservada a elegidos sobrehumanos.
 

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