La neurocientífica que estudia el optimismo

Tali Sharot se ha dedicado a estudiar una rama de la psicología social llamada "la predisposición al optimismo" que explica cómo operan nuestras conexiones cerebrales para creer que el futuro será mejor que el presente y el pasado.

Tali Sharot es profesora de neurociencia cognitiva del Departamento de Psicología Experimental del University College de Londres.
Tali Sharot es profesora de neurociencia cognitiva del Departamento de Psicología Experimental del University College de Londres.Cristian Garavito

Tali Sharot habla del optimismo desde los mecanismos cerebrales. Sus hallazgos han sido observados en muchos países, en culturas occidentales y no occidentales, en mujeres, hombres, niños y ancianos y, según sus experimentos, “la predisposición al optimismo” está en el 80 % de los seres humanos.

No se trata de cuentos mágicos que prometen, en mayúsculas, La Felicidad, El Amor, La Paz. Sharot se desmarca de estos discursos facilistas y los explica desde la neurociencia. Desmiente, por ejemplo, a aquellos que creen que el secreto de la felicidad radica en tener bajas expectativas.

“Si no tenemos expectativas de grandeza, si no esperamos encontrar el amor y estar sanos y tener éxito, entonces no vamos a decepcionarnos si estas cosas no suceden. Y si no nos decepcionamos cuando no lleguen las cosas buenas, y estamos agradablemente sorprendidos cuando suceden, seremos felices (…) Es una muy buena teoría, pero resulta ser incorrecta”, dijo en una conferencia de Ted en el 2012.

Una de las razones más seductoras para entender por qué es incorrecto tener bajas expectativas la explicó con el experimento hecho por el economista de comportamiento George Lowenstein, quien les pidió a sus alumnos de la universidad que se imaginaran recibiendo un beso de una celebridad. Les dijo: “¿Cuánto están dispuestos a pagar para recibir un beso de una celebridad si el beso fuera dado inmediatamente, dentro de tres horas, de 24 horas, de tres días, en un año o en diez años?”.

Descubrió que los estudiantes estaban dispuestos a pagar lo máximo para recibir el beso tres días después. Es decir, estaban dispuestos a pagar extra por esperar. ¿Por qué? Si recibían el beso dentro de tres días esa anticipación los haría felices. Al optimista, por ende, lo contentaba esperar.

El Espectador habló con esta profesora de neurociencia cognitiva del Departamento de Psicología Experimental del University College de Londres que fue invitada por la Universidad Javeriana durante este mes.

¿Hubo un hecho que la llevara a estudiar el optimismo científicamente?

Hice mi PhD en la Universidad de Nueva York (NYU) en recuerdos emocionales, especialmente en recuerdos dramáticos, y justo vivía allá cuando sucedió la tragedia del 9-11. Después me fui a Harvard a hacer un posdoctorado y cuando llegué adelantaban un estudio de los hechos pasados en nuestros cerebros que sirven para imaginar el futuro. Entonces, por ejemplo, para imaginar las próximas vacaciones de Navidad tenemos que traer recuerdos del pasado y juntarlos para crear algo nuevo.

¿Cómo pasa del estudio de los recuerdos al del optimismo?

Decidí estudiar cómo la gente recuerda eventos dramáticos en el futuro y mirar si es el mismo sistema que opera para recordar eventos dramáticos en el pasado. Hice mi primer estudio y cuando le daba a la gente eventos negativos para que recordaran en el futuro, los convertían en algo positivo. Por ejemplo, al imaginar que se acababa una relación de pareja, alguien decía que conseguiría una novia mejor. Estaba muy decepcionada porque se estaba arruinando mi experimento y me tomó dos meses darme cuenta de que esto era, en efecto, muy interesante, y de que en el campo de la psicología social había uno que se llamaba “La predisposición al optimismo” (“Optimism bias”). Empecé a estudiarlo por accidente. No se sabía nada acerca de la neurociencia del optimismo, ni tampoco de los mecanismos cognitivos, y parecía un tema que estaba relacionado con la cotidianidad de las personas.

¿Qué es la “predisposición al optimismo”?

Que la gente espera que el futuro sea mejor que el pasado y que el presente. Es una ilusión cognitiva que hemos estado estudiando en mi laboratorio en los últimos años y que el 80 % de nosotros tenemos. Se trata de nuestra tendencia a sobreestimar la probabilidad de experimentar situaciones positivas y subestimar las posibilidades de experimentar situaciones negativas.

Como por ejemplo…

Subestimamos la posibilidad de sufrir cáncer o de tener un accidente automovilístico, pero sobreestimamos nuestra longevidad, nuestras posibilidades laborales. En resumen, somos más optimistas que realistas.

Usted es profesora en la Universidad College London y dirige el “Affective Brain Lab”. ¿Qué hacen en su laboratorio?

Estudiamos el rol de las emociones en todo lo que nos rodea: en la toma de decisiones, en la memoria, en el aprendizaje, en la interacción social. Queremos entender cómo las emociones se comportan en el cerebro y nos hacen ser individuos saludables o no porque, de hecho, la depresión y la ansiedad son desórdenes afectivos y emocionales.

Dice que solemos ser optimistas sobre nosotros mismos, sobre nuestras familias o hijos, pero no lo somos de las personas de al lado y mucho menos sobre el destino de nuestro país o de nuestros políticos. ¿A que se debe esa brecha?

Es un tema de control. Tenemos más control sobre nuestras vidas, en cambio no tenemos control del mercado financiero o de los políticos y, por eso, creemos que esto no va a ir en la dirección correcta. El optimismo personal acerca de nuestro propio futuro permanece con insistencia. Y esto no quiere decir que pensemos que las cosas saldrán bien por arte de magia, sino que tenemos la habilidad única de hacer que así suceda.

Ser pesimista resulta ser muy útil, porque la vida se vive sin grandes expectativas y sin frustraciones cuando las cosas no suceden. ¿Por qué defraudarse siendo optimista?

Algunas personas dicen que el secreto de la felicidad es tener bajas expectativas. Si no tenemos expectativas de grandeza, si no esperamos encontrar el amor y estar sanos y tener éxito, entonces no vamos a decepcionarnos si estas cosas no suceden. Y si no nos decepcionamos cuando no lleguen las cosas buenas, y estamos agradablemente sorprendidos cuando suceden, seremos felices. Es una muy buena teoría, pero resulta ser incorrecta.

¿Por qué?

Los estudios muestran que los optimistas son más felices y que cuando las cosas no salen como esperaban, encuentran una razón y siguen teniendo expectativas positivas. Por ejemplo, los emprendedores suelen ser más optimistas que el resto de la población y fracasan un montón. Alguien dijo que el 78 % de los primeros emprendimientos fracasan. Entonces estas personas tienen grandes expectativas y fracasan, pero aprenden en qué fallaron, lo corrigen y saben que tendrán éxito la próxima vez.

¿Tiene algo que ver el optimismo con la religión?

El optimismo está relacionado con la religión, pero una persona optimista no tiene que ser religiosa. La religión es optimista en cierta forma porque, algunas, ofrecen una vida después de la muerte y eso es bastante optimista. Una de las razones por las que las religiones son tan exitosas es porque se conectan con la necesidad humana por el optimismo.

¿El optimismo va en los genes?

En estudios con gemelos que comparaba a gemelos idénticos con gemelos no idénticos se ha demostrado que en los gemelos idénticos, si uno es optimista, el otro puede serlo también. Esa es la manera de averiguar el porcentaje genético del optimismo y se estima que es del 30 %. Lo demás está relacionado con la experiencia y la cultura.

¿Se puede, entonces, aprender a ser optimista?

Hay algunos estudios, como el de Martin Seligman, por ejemplo, que muestran que sí. Él entrena a las personas a interpretar eventos de una forma optimista. Entonces cuando algo bueno les sucede, por ejemplo, que escribieron un artículo para un periódico y este tuvo éxito, eso lo atribuyen a tener muy buenas habilidades que se generalizan en otros campos de la vida, no sólo en el periodismo. Y cuando algo malo les pasa, los optimistas lo interpretan como algo temporal que no está relacionado con ellos, entonces si el artículo sale mal, dicen que era un día lluvioso, que no tuvo la interacción suficiente y que la próxima vez será mejor.

Usted habla del “optimismo irrealista” y de lo crucial que es protegernos de los peligros del optimismo, pero al mismo tiempo habla de mantener la esperanza y beneficiarnos de este. ¿Cómo hallar ese equilibrio?

El optimismo, en términos generales, es bueno. No ser optimista está relacionado con depresión ligera y por eso no queremos reducir el optimismo. Lo que sí queremos hacer es encontrar las consecuencias negativas del “sobreoptimismo” y después corregir los resultados sin cambiar la percepción. Por ejemplo, soy optimista y por eso no uso casco cuando monto bicicleta. Ahí está el error, porque creo que todo saldrá bien. La idea no es cambiar la percepción y decir “uso casco porque podré sufrir un accidente”. Más bien podría decirme “si no uso un casco tendré que pagar 5 dólares de multa” o “si uso un casco reclamaré una chocolatina al llegar a mi oficina”. Entonces se deben utilizar otras cosas para corregir las consecuencias dañinas del optimismo sin alterar la percepción del optimismo.

Usted es científica y está constantemente haciendo experimentos. ¿Cuál es el que más recuerda?

Del que me siento más orgullosa es el de aprendizaje asimétrico. Esto quiere decir que aprendemos más de la información que es mejor de lo esperada que de información que es peor de lo esperada. Entonces en el experimento le decimos a las personas cuál es la probabilidad de sufrir de cáncer, o de un accidente de tránsito, o de divorcio y después le damos información real de la probabilidad de que esos eventos negativos les pasen a alguien como ellos.

¿En qué consiste?

Les pedimos que calcularan sus posibilidades de experimentar en sus vidas una serie de situaciones terribles. Lo que queríamos saber era si la gente tomaría la información que les dimos para cambiar lo que creen. Y creo que lo hicieron. Pero principalmente cuando la información que les dimos era mejor de lo que esperaban. Por ejemplo, si alguien decía, “mi probabilidad de padecer cáncer está alrededor del 50 %”, y nosotros le decíamos, “¡buenas noticias!, la posibilidad media es de sólo el 30 %”. La próxima vez ellos dirían, “bueno quizás mi probabilidad está en 35 %”. Así que aprendieron rápida y eficientemente. Pero si alguien empezaba diciendo, “la probabilidad que tengo de padecer cáncer es alrededor de un 10 %”, y le decíamos, “¡malas noticia!, la probabilidad media es de alrededor del 30 %”, la siguiente vez decían, “sí, aún pienso que está alrededor del 11 %”. Y no es que no hayan aprendido en absoluto; lo hicieron, pero mucho menos que cuando les dimos información positiva acerca de su futuro. Y no se trata de que no recordaran las cifras que les dimos: todos recordaban que la probabilidad media de tener cáncer es de un 30% y que la probabilidad media de divorcio es de un 40%, pero no creían que esos números tuvieran relación con ellos.

¿En qué han sido aplicadas sus investigaciones?

Por ejemplo, el estudio anterior fue probado por un grupo del Instituto Técnico de Massachusetts (MIT) en pacientes que hicieron un examen genético. A ellos se les advirtió la probabilidad de sufrir de diferentes enfermedades basados en su actual genoma y encontraron que cuando les daban información que era mejor de lo esperada cambiaban su percepción, pero cuando tenían más posibilidad de sufrir de alzhéimer por sus genes, por ejemplo, las personas no cambiaban su creencia de a mucho. Esto es un problema porque la información médica que alguien tiene de un doctor o de un examen no cambia sus creencias como deberían y, por eso, no van a consulta médica como deberían. Lo que significa que un tipo de intervención tiene que hacerse. Hemos hecho experimentos en cambio climático también, muchos en política o en derecho de cómo un juez reacciona ante la evidencia.

Temas relacionados