¿Seremos obligados a tener “bebés a la carta”?

La técnica conocida como "cortar y pegar de la genética" está generando un intenso debate ético entre académicos y científicos. Varios se están preguntando si está bien modificar los genes para crear "superhumanos" en el futuro.

La técnica Crisp/Cas9 les ha permitido a los científicos cortar segmentos específicos de ADN y reemplazarlos por nuevos fragmentos. / iStock

Para responder esta pregunta tenemos que viajar al futuro. Unos diez, veinte o cien años. Si lo deja más tranquilo, entonces piense que es una pregunta para la ciencia ficción, pero lo importante es que lo imagine. A la hora de tener hijos, usted podría decidir con su pareja qué cambios quiere hacerle al feto: evitar que nazca con ciertas enfermedades, asegurar que sea 100 % saludable, pero también cumplir algunos caprichos, como que tenga ojos azules o que sea más inteligente que el promedio.

La cuestión, además, sería que ir por este camino no fuera una decisión, sino una obligación. Que, como padre, tuviera el deber, moral y con la sociedad, de crear mejores bebés manipulados genéticamente. En ese futuro del que estamos hablando, el debate ya no giraría alrededor de si hay un problema con modificar los genes humanos, sino en si estamos fallando en no hacerlo para crear mejores seres humanos. “Superhumanos”.

Este panorama es el que están empezando a discutir algunos científicos alrededor del mundo. Un debate que, a pesar de ser de viaja data, se disparó en los últimos años gracias al descubrimiento de la técnica de edición Crisp/Cas9 en el 2012. Conocida coloquialmente como el “cortar y pegar de la genética”, esta técnica les ha permitido a los científicos cortar segmentos específicos de ADN y reemplazarlos por nuevos fragmentos. Algo así como editar y reemplazar las palabras cuando se está armando un texto. En el futuro, se ha dicho, en uno que podría ser lejano, esta técnica permitiría tener “bebés a la carta”.

Pero, para ese entonces, ¿estarían obligados los padres a hacer estas modificaciones? Aunque suene extraño, ya hay varias personas que le han dado respuesta a esta pregunta. Julian Sevulesco, bioético, filósofo y profesor de la Universidad de Oxford, está del lado de los que dicen que sí. Según su teoría de la “beneficencia procreativa”, las parejas deben seleccionar el hijo, entre los posibles hijos que podrían tener, que, se espera, tenga la mejor vida. Una buena genética, cree él, le garantizaría al niño crecer con mejores circunstancias.

Del otro lado, entre muchos otros, se sitúan personas como Ronald Green, fundador de la Oficina de Ética Genómica del Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano de los EE. UU. Para Green, se tendría que empezar por distinguir entre las modificaciones para curar enfermedades genéticas y las “simples mejoras” al ser humanos. Si estamos hablando de lo segundo, comenta, sería como someter a nuestros hijos a repetitivas cirugías plásticas antes de nacer. Esto sin contar con los múltiples peligros que puede significar que una innovación así caiga en las manos no adecuadas.

No en vano, Jennifer Doudna, bioquímica de la Universidad de Berkeley y cocreadora del Crispr/Cas9, tuvo un sueño repetitivo cuando su invento salió a la luz pública. En él, recuerda, un compañero la invitaba al laboratorio para que compartiera con un amigo su avance. Cuando llegaba al laboratorio se daba cuenta de que el tal amigo era nada más y nada menos que Hitler.

Por esto hoy y ahora —no dentro de 100 años— Doudna afirma que los “bebés a la carta” no están a la vuelta de la esquina: serían muchos genes los que hay que identificar. “No recomendaría el uso clínico de esta técnica en embriones aún, porque como sociedad no hemos tenido el tiempo de analizar las implicaciones. Pero, de nuevo, no todo el mundo comparte este punto de vista”, responde cuando le preguntan sobre el debate ético de su descubrimiento.

Lo cierto es que el debate sobre “bebés a la carta” ya está servido, aunque a muchos nos deje más tranquilos seguir pensando que es una pregunta que sólo se hace en la ciencia ficción.

* Travel Fellow de la World Conference of Science Journalism 2017, San Francisco, California.

 

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